Compuestos en gran parte durante la residencia de Fryderyk Franciszek Chopin (1810-1849) en la isla de Mallorca (invierno de 1838-1839), publicados en 1839 con dedicatoria a su amigo Camille Pleyel, fabricante de pianos, los Preludios op. 28 son veinticuatro piezas breves (uno para cada tonalidad).
La música no contiene ninguna referencia formal al «Preludio» de las antiguas «Suites», instrumentales, ni se trata de «piezas destinadas a ser tocadas a manera de introducción a otras piezas» (Liszt); son «preludios poéticos», esto es, momentos de inspiración captados con la más fresca espontaneidad y trasladados a la página escrita sin ningún intermediario académico. Apuntes, nos atreveríamos a decir, pero excluyendo de este término toda idea de insuficiencia o de cosa inacabada. Según su distinto carácter expresivo, se pueden subdividir en tres categorías principales.
Un primer grupo comprende expresiones románticas de trágica desesperación, ímpetus de rebelión y de revuelta. Son éstos, especialmente, el Preludio n.° 8, en «fa sostenido menor», que combina tres elementos rítmicos en un conjunto técnico de ejecución difícil; el n.° 12, en «sol sostenido menor», obsesionante visión de pesadilla; el n.° 14, en «mi bemol menor», que recuerda el final de la Sonata op. 35; el n.° 16, en «si bemol menor», especie de trágica y desordenada «carrera hacia el abismo», no sin una buena dosis de virtuosismo; el n.° 18, en «fa menor», seguido de apasionadas imprecaciones, en un grandilocuente recitativo instrumental; el n.° 22, en «sol menor», cuyo «impulso tempestuoso y agitado produce un acento de rebelión» (Cortot); y el n.° 24, en «re menor», ardiente, dramático, y además, grandiosamente construido.
Otros Preludios se agrupan bajo el signo de una tristeza desolada y profunda, como el n.° 2, en «la menor», que con sus armonías dolorosamente disonantes había suscitado muchas discusiones; el n.° 4, en «mi menor», en que un purísimo lamento melódico se eleva sobre un pálido fondo de acordes que «nota por nota disgregan las armonías y preparan otras más sensibles, más penetrantes todavía, por medio de una perceptible caída cromática» (Cortot); el n.° 6, en «si menor», momento de elegiaca nostalgia, que es técnicamente como el reverso del Preludio n.° 4, en cuanto la patética línea melódica está confiada al bajo, y la mano derecha va marcando un lento ritmo de acordes; el n.° 13, en «fa sostenido mayor», que pasa insensiblemente de una expresión de paz serena a «aquel acento de ternura melancólica, de que Chopin ha empapado — al parecer involuntariamente— el modo mayor» (Cortot); el n.° 15, en «re bemol mayor», al que se refiere el famoso relato de George Sand, cuando nos dice que fue compuesto por Chopin en la soledad del convento abandonado que habitaban ambos en Valldemosa, bajo la obsesionante impresión del rumor producido por una monótona gota de agua; en un estado de exaltación casi morbosa, según parece, él había visto surgir y desfilar ante sí la espantosa teoría de las sombras de los antiguos monjes, que un tiempo habían habitado aquel convento; y realmente la estructura del preludio, insólitamente complicada, evoluciona de una expresión de dulce melancolía al estremecimiento de una alucinante visión de muerte;– totalmente fúnebres son los trece compases del Preludio n.° 20, en «do menor».
Imágenes de gracia serena, de fresca jocundidad evocan en cambio el Preludio n.° 3, en «sol mayor», breve y encantador arabesco sonoro; el n.° 5, en «re mayor», que recuerda un poco a Schumann; el n.° 7, en «la mayor», breve insinuación del ritmo de mazurca, recogida en dieciséis compases, como un alegre recuerdo de su patria; el n.° 10, en «do sostenido menor», fresco, ágil, caprichoso. El n.° 11, en «si mayor», lleno de púdica gracia femenina; el n.° 17, en «la bemol mayor», con aspecto de mendelssohniana romanza sin palabras; el n.° 21, en «si bemol mayor», parecen evocar, en cambio, los momentos de un delicioso y purísimo idilio de juventud; el n.° 19, en «mi bemol mayor», todo él estremecimiento e impaciencia, y el n.° 23, en «fa mayor», constituyen también dos bellas páginas de virtuosismo pianístico. No se aproxima a ninguna de estas categorías el Preludio n.° 9, en «mi mayor», solemne, grandioso y profético. El Preludio n.° 1, en «do mayor», es quizás el más artificioso y tiene carácter meramente introductivo.
M. Mila
Son obras maestras. Algunas suscitan visiones de monjes muertos y los cantos de sus funerales, por los cuales [Chopin] estaba obsesionado; otros son suaves y melancólicos; éstos los improvisó en horas de sol y de salud, entre la risa de los niños bajo sus ventanas, el lejano son de la guitarra, y el canto de los pájaros entre el húmedo follaje; o bien a la vista de pálidos olivos florecientes entre la nieve. Otros, en fin, muestran sombría tristeza y oprimen el corazón, aunque hechizan el oído. (G. Sand)
Son esbozos, principios de estudio o, si se quiere, ruinas, plumas de águila, todo ello dispuesto salvajemente y en confusión… Es y sigue siendo el genio poético más audaz y más arrogante de la época. (Schumann)
La libertad y complejidad de la tesitura armónica unidas a una admirable maestría de escritura, aseguran duradero interés a muchas páginas de Chopin fundadas en ideas insignificantes, o contaminadas de amaneramiento italiano. (Dukas)
Los veinticuatro Preludios son como las páginas de un libro de pensamientos musicales, breves a veces a modo de máximas, enunciadas en el impulso de la inspiración antes de toda ornamentación, de toda estructuración. Bocetos que superan con mucho los trozos más trabajados del maestro, ofrecen una sencillez imponente y al mismo tiempo sosegadora. (Poirée)
Unas pocas páginas de modernidad a veces asombrosa bastarían para clasificarlo entre los grandes maestros. (Combarieu)

