De notable importancia (siempre que se admita la identificación del versificador con el monje) es la obra poética de San Colombano (o Colomba; 543 apr.-615), el austero apóstol irlandés fundador de los conventos de Annegray, Luxeuil, Fontaines, Bobbio.
Un sólo timbre predomina en sus breves composiciones, un solo tono, un solo fin moral: la exhortación a un amigo, bajo el signo de la caridad que puede unir dos almas, a desprenderse de la caducidad de la vida para refugiarse por completo en la santa eternidad del cielo, en los tesoros imperecederos de la ley divina; aquella exhortación que le dictó las severas normas de la Regla y de la Penitencia (v. Escritos religiosos) y le impulsó a huir hasta de la fervorosa intimidad de sus compañeros, en su aventurado viaje por el continente, para abandonarse por completo a los serenos coloquios de su espíritu, a la solitaria y embriagadora contemplación del verdadero Bien. No es una poesía en la cual se satisfaga y se aplaque el ímpetu del poeta dirigido a la consecución de la belleza en sí, en el mundo de la pura literatura: es una poesía que aspira esencialmente, y de propósito, a tallar en un alma que escucha, a dejar una huella fecunda siguiendo la desnuda sentencia de un monje.
Musa, por decirlo así, práctica, humilde, moralizante, alejada de toda vana locuacidad. Poesía, pues, al par de la de San Bonifacio, más acorde con la gran alma de un apóstol y de un asceta que de un poeta; verso propio de quien, tras combatir en las ásperas batallas de la vida y del espíritu, quiere ahora mitigar las tristezas de éstas en los demás. Es típica para definir la personalidad de este poeta, buen conocedor de la técnica del verso, la epístola a Hunaldo: invitación a liberarse de los numerosos atractivos de la fugitiva vida, únicamente preocupada por lo que la costumbre establece. Se trata sólo de diecisiete hexámetros, densos de preceptos para «la posesión de la vida eterna»; y con todo, el rígido asceta siente la necesidad de terminar excusándose con su amigo de haberse, tal vez, entregado a la locuacidad, y sellando su poesía con una nueva admonición a evitar siempre lo excesivo.
Esta epístola, en que un acróstico ofrece los nombres del remitente y el destinatario, está toda ella entretejida de recuerdos y máximas morales de los antiguos poetas paganos y cristianos: Horacio, Ovidio, Juvenal, Prudencio, Venancio Fortunato, Ausonio,’ Juvencio, así como de los dichos de Catón y las sentencias de Cecilio Balbo. Análogo tema desarrollan los 77 hexámetros de la epístola a Setho. En ella el poeta exhorta a su amigo a despreciar «los caducos gozos, los frágiles bienes y las vanas ganancias de la vida», ante las riquezas duraderas de la fe divina, las enseñanzas de la casta vida de los Santos Padres, y toda la literatura cristiana, y para demostrar mejor la vanidad ridícula del incesante afán del avaro, S. Columbano insiste en la representación, en extremo realista y no privada de originalidad, de los males de la vejez, de aquel inerte entumecimiento que un día había de paralizar también su multiforme actividad de apóstol, y ante la cual la meditación del sabio ve hundirse todo sueño de lisonja terrena.
Además de las reminiscencias de los autores recordados más arriba, hay que notar aquí la influencia de Virgilio, Draconcio y Sedulio. No menos interesante por sus derivaciones clásicas es la epístola a Fedolio, original por el metro usado en ella, no común en la Edad Media: 159 versos adórneos, a los que se añaden seis hexámetros finales- Y aunque tal vez S. Columbano tomó este metro de un canto de la celebradísima Consolación de la filosofía (v.) de Boecio, él se complace, sin embargo, en atribuirlo con cierta pompa de ostentada y cándida erudición «a la famosa poetisa griega, Safo de nombre», que le fue descubierta por Horacio. La poesía, compuesta a los setenta y dos años, bajo la pesadumbre de «la triste vejez», en el umbral de la muerte, reproduce el habitual motivo contra la avaricia y la avidez de oro, prodigando ahora, al mismo tiempo, conocidos ejemplos de la antigüedad a este respecto. Faltan, detalle significativo, ejemplos bíblicos, mientras se descubre también en el poema la lectura de Estacio, de la Ilíada latina (v. Ilíada) y del pseudo-Séneca.
Es discutida la atribución a S. Columbano de los Preceptos de vida [Praecepta vivendi], es decir, de aquellos doscientos versos monósticos, precedidos de otros cinco introductivos, larga recopilación de sentencias morales derivadas de fuentes cristianas y paganas que una noticia compuesta por Lupo de Ferriéres (805 apr.- 862 apr.) afirma estar compuestos por Al- cuino, contra el testimonio de los códices y el propio carácter de la recopilación. Otras poesías menores de géneros diversos son atribuidas al docto y virtuoso apóstol de Irlanda, pero sin un fundamento digno de crédito.
G. Billanovich

