De Richard de Berbezilh, cuya actividad se sitúa entre fines del siglo XII y los primeros decenios del XIII, han conservado los cancioneros diez poesías, algunas de las cuales son de atribución dudosa. Se trata, por lo demás, de composiciones que no se apartan de los modelos consagrados por la tradición. Richart es, en realidad, un poeta mediocre que versifica con estudiada elegancia, a veces con rebuscado preciosismo, y también con desenvuelta ligereza; pero la verdad es que nunca tiene nada suyo que decir.
Surge, de vez en cuando, alguna imagen, iluminando, especialmente, el principio del canto; pero es un relámpago fugitivo, y el tono se hace en seguida discursivo y a menudo fastidioso y complicado. La falta de un mundo interior que tienda a expresarse y la conciencia de que su poesía consiste en un tejido de fórmulas manidas, agotadas e insignificantes, empujan al poeta a la busca de novedades, que son completamente exteriores, y que en todo caso son sacadas del acervo de la cultura escolástica tradicional. Las fuentes de que Richart deriva preferentemente sus módulos expresivos, son los Bestiarios, es decir, los manuales escolásticos de zoología, que recogían nombres de animales reales y fantásticos, de los que ofrecían laboriosas interpretaciones alegóricas.
De los Bestiarios toma Richart la materia para sus comparaciones, algunas de las cuales tienen viveza y color: «Autressi com lo leos… Autressi com l’olifanz…»; el amor es semejante al halcón que cae sobre su presa; y así como el tigre mirando al espejo su gracioso cuerpo olvida su cólera y su tormento, así el poeta, cuando mira a la que adora, olvida sus males y se hace más pequeño su dolor; y así como el elefante, cuando cae, no puede ya levantarse si otros no le levantan, tampoco podrá resurgir el poeta si los leales amantes no invocan piedad para él; y así como el león se hace feroz cuando se irrita por su leoncillo, nacido muerto sin aliento de vida, y con su voz, a la vez que lo llama, lo hace revivir y andar, así puede hacer con el poeta su dama gentil, y Amor curarlo de dolores; y no es el poeta como el oso que, si se le pega fuerte y se le trata sin piedad, engorda y mejora y prospera…
Se trata, en suma, de «hallazgos» un poco caprichosos, a veces sugestivos; pero nunca realizados en imágenes, salvo, quizás, la figura del león que llama a la vida al leoncillo nacido muerto; figura trazada con gran intensidad. De todos modos, los hallazgos de Richart fueron muy del gusto de su época, gozaron de gran difusión y fueron ampliamente imitados por algunos poetas italianos provenzalizantes de la primera escuela y del siglo XIV, especialmente por Davanzati.
A. Viscardi

