De Raimon de Miraval (n. seguramente hacia 1135, en Languedoc; m. seguramente hacia 1216, desterrado en España) los cancioneros nos han conservado 38 canciones, cinco «sirventés», dos «tensos» y una epístola. Por tanto, una producción amplia, pero de valor, en conjunto, bastante modesta. Se cree que su mayor actividad se desarrolló después de 1190, cuando el trovador era ya viejo y la Francia meridional estaba devastada y ensangrentada a consecuencia de la trágica herejía de los albigenses.
En estas condiciones, Raimon, ya viejo, canta con fría elegancia los lugares comunes de la poesía de amor; ni un atisbo siquiera se halla en sus cantos de la tragedia albigense de la que fue testigo y víctima. Es, en suma, la de Raimon, una poesía que parece hecha de elaborados ejercicios, remota y aislada de toda experiencia humana profunda. En ninguna parte aparece el tormento de la perfección formal, característico de los grandes trovadores. Se declara adversario decidido del «trobar clus» («Al trovar oscuro y duro no debe dársele igual mérito que a las cancioncillas suaves y graciosas, como las que yo hago», son sencillas «de aprender, con hermosas y claras palabras bien ligadas entre sí…»); a veces condena el mal gusto de su tiempo; busca siempre una forma fácil y llana, y nunca recurre a los artificios de una técnica complicada y sabia; proclama que él canta sólo cuando le place; por otra parte, hace alusiones frecuentes a su ingenio y a sus éxitos, adoptando, en esto, la actitud de los trovadores que se jactan con complacencia de su valer como artífices.
Pero no conoce el deseo de la forma perfecta, la voluntad heroica de la conquista de la expresión única y verdadera, la sola capaz de traducir la imagen. La obra de Raimon está llena de lugares comunes, no sólo en lo que respecta a los temas, sino también a las formas; se muestra, pues, como literato hábil y fecundo, no como poeta. Nada tiene que decir que sea verdaderamente suyo, y sólo refleja la herencia de una tradición literaria ya entonces seca y descolorida, próxima a extinguirse. Parece, algunas veces, advertirse en el verso una agitación apasionada y conmovida, una expresión de desdén o de disgusto que sale de los límites del formulario consagrado y aceptado. Pero, si miramos detenidamente, en seguida vemos que la agitación es puramente verbal.
Es difícil, pues, indicar un acento, una nota, una imagen, en las que verdaderamente se refleje la personalidad del poeta, que no se sale nunca de lo genérico, de lo abstracto, de lo convencional. También Raimon, como tantos otros de sus predecesores, se pregunta si las mujeres no sienten una instintiva preferencia por los malvados; y también él proclama que quiere, de todos modos, ser fiel a su dama; que un amante juicioso no debe pretender conocer todos los pensamientos de su dama; que la crueldad de la dama puede a veces ser debida al deseo de probar las virtudes del amante; cuando ya toda ilusión es imposible y el poeta se siente abandonado y traicionado, renuncia, sin embargo, a vilipendiar a la pérfida dama publicando la verdad, porque le -repugna el papel de villano quisquilloso.
Pero al fin, renuncia a su dama, y con ella a todas las damas y al amor; se encierra por fin en una actitud cínica, que por primera vez nos parece sincera, no en un lugar común o en una fórmula literaria. «Junto a mi dama, que voluntariamente he amado durante mucho tiempo, nada me ha valido: ni homenajes, ni adulaciones, ni ruegos, ni cantos. ¿Tan pérfida es? Pero yo he sabido resignarme con mi suerte; y de engañado convertido en engañador, he sabido hacer las paces con ella. No habría sido conveniente que, seguro de su culpa, hubiese yo continuado buscando sólo su provecho. Más vale que cada uno se conceda la misma libertad; que yo, obedeciendo como ella, a mis caprichos, piense en mi mismo.
¿No ha sido mejor terminar así, que separarnos furiosos? Gracias sean dadas a mi sabiduría cortes con la que siempre, tanto alegre como triste, sé igualmente reír o cantar» Esta resignada aquiescencia, esta casi complacida aceptación de una condición amarga y mortificante, está expresada en tono calmoso y reposado, casi sereno; y parece ser el único rasgo que emerge claro del mundo gris y anónimo de la poesía de Raimon. A. Viscardi

