Lanfranc Cigala, juez y caballero genovés (su nombre se encuentra en muchas actas entre 1245 y 1257; en un documento de septiembre de 1258 figura ya como difunto), es el jefe del grupo de trovadores genoveses que comprende entre otros a Bonifaci Calvo, Luquet Gatelus, Perceval y Simón Doria.
Cigala — del cual han llegado hasta nosotros 35 composiciones — es, entre todos los italianos que poetizaron en provenzal, el más verdaderamente poeta; y si el nombre de Sordel suena más alto, ello depende de la circunstancia de ser más rica la personalidad del trovador mantuano y haber encontrado éste un heraldo altísimo en Dante (v. Poesías de Sordel). Poeta de amor delicado y dulcísimo se nos muestra por su concepto de un amor puramente ideal y espiritual muy aproximado en esto a Guilhem Montanhagol (v. Canciones), y es probable que haya experimentado directamente la influencia de este trovador a quien estuvo unido por la amistad.
Aunque no faltan en las poesías amorosas de Cigala impetuosos acentos de pasión, su nota más característica es la representación de la mujer, si no todavía angelizada, sí etérea y espiritual, desprendida de la materia y de los sentidos, así como la representación del amor en cuanto adoración estática. Es decir, que en las poesías de Cigala se nos ofrecen los temas al modo de Guinizelli y del «stil novo». Es particularmente notable el canto a la muerte de su amada Berlenda, el cual, dice el propio poeta, es un «chant-plor», canto- lloro. Cigala compuso también algunos «sirventés» políticos, en los cuales es notable la expresión del sufrimiento intenso que en el alma del poeta se origina ante su visión de la humanidad discorde; algunos cantos de cruzada, entre los cuales se recuerda, especialmente, el dirigido a Luis IX en ocasión de la VII Cruzada; y diez «tensones» de temas diversos. Las últimas poesías de Cigala son religiosas; son cantos a la Virgen, que expresan el anhelo hacia una realidad eterna que no engaña ni defrauda, y en que la felicidad es plena y perfecta.
A. Viscardi

