Están coleccionadas en su mayoría en Asmus omnia sua secum portans, o bien Obras completas del Mensajero de Wandsbeck [Asmits… oder sammtliche Werke des Wandsbecker Boten].
Bajo el pseudónimo de Asmus, el propio Matthias Claudius (1740-1815) publicó esta edición de sus obras en ocho partes, en Hamburgo, desde 1775 a 1812, coleccionando los escritos con que había colaborado en el «Mensajero de Wandsbeck» (que más tarde se convirtió en «Mensajero alemán»), y en otras revistas, como las «Adress-Comptoir-Nachrichten», la «Hamburger neue Zeitung» y el «Hamburgischer Correspondent». En esta miscelánea de varia literatura, las composiciones en verso constituyen una mínima parte.
Con estas poesías deben recordarse las contenidas en Entretenimientos y cuentos [Tändeleien und Erzählungen], publicadas por Claudius en Jena desde 1763. En los versos de Entretenimientos y relatos, Claudius imitó «servilmente», según el reproche formulado por Lessing en las Cartas sobre la literatura, a Gestenberg y Geliert, sin que aportara ninguna nota personal (el propio autor lo comprendió así, hasta el punto de que sólo acogió un único y breve ensayo en sus Sämmtliche Werke). Pero de la poesía de Claudius en general, incluso en la que es más personal, se puede decir que enlaza, de modo manifiesto, con diversas actitudes adoptadas por la literatura de la época.
Se pueden reconocer en ella, de cuando en cuando, el tono fácil y jocoso que los «anacreónticos» adoptaron con deliberada oposición a la manera grave, patética y enfática de los klopstockianos; el aire popular no siempre muy espontáneo de la balada de Bürger; la complacencia de las notas idílicas, de los silencios vespertinos, de las sosegadas luces lunares, y la efusión lírica del sentimiento de amistad propios de los poetas afiliados al «Göttinger Hainbund», al que no pertenece Claudius, pero con el que simpatizó; la melancólica nota elegiaca que vibra en la poesía de uno de los de Gotinga, L. H. C. Hölty; la tendencia a la fábula (Geliert, Lessing, Lichtwer, Gleim, Pfeffel, etc.) y a la composición de carácter gnómico y de intención didascálica (Geliert, Uz, Gleim, etc.); el amor a los ritmos guerreros (Gleim, E. Ch. Kleist, Karschin, etcétera) y a los acentos patrióticos, pero que no tuviesen grandes resonancias, de la llamada poesía bárdica.
Consideradas en sí, estas poesías se pueden clasificar, de modo aproximado y empírico, en cuatro grupos: las fábulas («La zorra y el oso», «La gallina», «El hombre en la butaca», etc.); las pequeñas poesías de tipo gnómico y epigramático o de acento humorístico y juguetón («Dichos de sabios antiguos con mis apostillas», «Voltaire y Klopstock», «Tiempos antiguos y nuevos», «La historia de Goliat y David», «El viaje de Urian alrededor del mundo», «El campesino a puerta cerrada», etc.); las poesías que podemos vagamente denominar civiles, cuya nota predominante es dada por la viva aspiración a la paz («Canto de guerra», «Canción después de la paz de 1779», «Nosotros los de Wandsbeck al príncipe heredero», «Canción de cuna para la recién nacida princesa de Dinamarca con un apostrofe final a S. A. R. el príncipe heredero», etc.); finalmente los «lieder propiamente líricos» («Canción de cuna para ser cantada al claro de luna», «Junto a la tumba de mi padre», «La muerte y la muchacha», «El campesino», «En la consagración de nuestra iglesia nueva», «Canto sagrado», etc.).
En la mayor parte de sus poesías predomina un tono familiar-discursivo, de acuerdo, podríamos decir, con las formas y los caracteres de la rica literatura de los periódicos provincianos de la época : de esta «nonchalance» tiene plena conciencia el escritor, como se deduce de las declaraciones que hace en la carta-dedicatoria al emperador del Japón, que precede a la poesía «Wandsbeck»: «Si eventualmente, por medio del mariscal o de otro docto de nuestra Corte, hubiese de llegar a los oídos de Vuestra Majestad que mis versos están pergeñados al descuido, os ruego que penséis benévolamente que están pergeñados adrede con descuido». Ahora bien, este aspecto sencillo y humilde, y este humorismo bonachón y tranquilo, dentro de sus límites tienen una elegancia que se refina donde el lirismo se intensifica. Esto sucede especialmente en sus cuadritos idílicos, en cuya pincelada leve y delicada palpita una gracia que sin exageración podemos llamar goethiana.
Véase, por ejemplo, «Ex tempore»: «Escondido entre la espesa fronda/ un ruiseñor se posó a cantar una mañana de primavera./Muy pronto resonaron cantos por todas partes;/voces desatadas le cantaron himnos/y los valles y las colinas repitieron sus ecos : entonces el ruiseñor calló». De la graciosa suavidad de estos breves «idilios» se pasa a la emoción estética más profunda de las poesías en que la fantasía no solamente contempla y transfigura los datos del mundo exterior, sino que representa el mundo interior o idealiza la naturaleza por medio de un estado de alma. Se originan entonces cantos sosegados y con todo absortos, sin «pathos» klopstockiano aunque férvidos, casi prosaicos en su tono y en su movimiento sintáctico, y con todo íntimamente vibrantes. Así en la poesía «Junto. a la tumba de mi padre», en cuyo acento elegiaco se advierte el pesar angustiado y la viril firmeza de la resignación cristiana; así el «Canto nocturno», en que, a pesar de repetir algunos motivos de un célebre «Abendlied» de Paul Gerhardt —«Nun ruhen alie Walder» —, Claudius llega a la cima de su propio lirismo, expresando los íntimos sentimientos de una religiosidad pietista y el idílico abandono al suave encanto de una noche estrellada en sugestivas notas de suave pero intensa musicalidad.
G. Ferro

