La obra lírica del escritor catalán Josep Carner (n. en 1884) se publicó bajo los siguientes títulos: Llibre deis poetes [Libro de los poetas], editado en 1904; Primer llibre de sonets [Primer libro de sonetos], en 1905; Els fruits saborosos [Los frutos sabrosos], en 1906; Segon llibre de sonets [Segundo libro de sonetos], en 1907; Verger de les galanies [Vergel de los galanteos], en 1911; Les monjoies [Los mojones], en 1912; La paraula en el vent [La palabra en el viento], en 1914; Auques i ventalls [Aleluyas y abanicos], en 1914; Bella terra, bella gent [Bella tierra, bella gente], en 1918; L’oreig entre les canyes [La brisa entre las cañas], en 1920; Sons de lira i de flabiol [Sonidos de lira y flauta], en 1923; La inútil ofrena [La inútil ofrenda], en 1924; El veire encantat [El vaso hechizado], en 1933; La primavera al poblet [La primavera en la aldea], en 1935; Nabí, en 1943 (Buenos Aires); Paliers, antología con la versión francesa, en Bruselas, 1950; Llunyania [Lejanía], en Santiago de Chile, 1952; Arbres [Árboles], en 1954.
En 1957 Carner ha publicado sus Obres completes, voi. I: Poesia. Comprende poemas inéditos y los libros anteriores (revisados y seleccionados por él mismo) y ordenados temáticamente. Después de Verdaguer, que llevó a cabo la tarea cumbre de levantar y recrear un idioma y una poesía en estado de postración, ha sido Carner quien ha creado un clima de normalidad definitiva y un sentido europeo en la poesía catalana. Cincuenta años de ella llevan el cuño de fuego de Josep Carner. En múltiples aspectos su influencia y su orientación se asemejan a las que, con absoluta continuidad, venía ejerciendo Juan Ramón Jiménez en la poesía castellana. De ahí que, con justicia, se haya calificado la obra de Carner de auténtico movimiento literario.
Se inició bajo el signo triple de Verdaguer, de la escuela mallorquína (influencia ésta decisiva y poco notada hasta ahora) y de los simbolistas franceses. Luego se adhirió, aunque conservando siempre una altiva independencia, al movimiento estético-literario del «Noucentisme», cuyo pontífice fue Eugenio D’Ors («Xènius»). Entonces Carner representó una reacción contra la actitud carismática de Maragall. Carner es un contemplativo; Maragall, un visionario. Carner tiene un concepto cortesano de la poesía; por ello siempre encontramos en él un lejano eco de los trovadores, confesado por el propio poeta en el prólogo de La inútil ofrena, al decir que «provencaleja trobadorescament». En cambio, Maragall tiene un concepto casi religioso de la poesía. Carner es el hombre que trabaja y que juega, según la fórmula orsiana.
Maragall deja pasivamente que tomen forma los dones que le brinda la diosa poesía. A través de la lírica maragalliana descubriremos a casi todo el hombre. Pero «a base de los libros de Josep Carner no pensamos en la posibilidad de construir una biografía, ni siquiera sentimental, del poeta», ha escrito Caries Riba. Porque es muy tupido el velo que esconde la intimidad de Carner. Un exceso de conciencia le induce a una timidez y a un pudor extremos. Teme tanto el juicio de la ironía, que no se atreve a exagerar ninguno de sus sentimientos. Su júbilo no es romántico, sino frenado por la atenta razón; su cantar no es patético, sino suavemente elegiaco. Sobre todo a partir de Les monjoies, donde se rastrea la huella de los poetas Victorianos ingleses, la poesía de Carner toma un aire de confidencia a media voz, de sentimiento apenas adivinado y fundido en el prodigio verbal.
Los críticos no deben pedirle tonos de tragedia griega ni de meditativo a ultranza. Carner en su arte es sincero. Como hombre siente las congojas, las tragicomedias y los desastres de su época, pero como poeta se empeña en creer aún en el paraíso terrenal que pedía Maragall. Porque es muy consciente huye por unos caminos que pueden parecer insinceros. Es así un «escapista», en sentido inglés. Su alegría es más voluntaria que espontánea, porque cree, con Nietszche, que aquélla es más profunda que el dolor. Este dolor que, de vez en cuando, asoma en poemas como «De mal registrar», «Plany en la mort de Guerau de Liost» y en algunas elegías. Pero el poeta siempre renuncia a él por una música imprevista o un paisaje esplendente : «Sigui mon dol com una boira minsa/ que un cant d’ocells esquinga». Carner siente una inmensa piedad por todas las cosas que en su obra le hacen — y nos hacen — compañía: la ermita, el árbol, la fuente, el hada, el camino, la tórtola.
Todos se mueven en su reino simbólico, muy lejos de la aparente objetividad de que se tacha a la poesía carneriana. Porque Carner siempre crea, nunca copia, ni cuando parece hacerlo más elementalmente. Como el protagonista de cierto cuento de Poe, compone paisajes que parecen reales, pero que en verdad no han existido nunca. Siendo el suyo un mundo ideal, paisajes y seres son arquetipos a la manera platónica. El poeta añade un poco de belleza a todas las cosas y su talismán lo transforma todo en poesía. Y, en desacuerdo con una gran parte de la poesía contemporánea que ha dado también grandes poetas, Carner no canta nunca lo feo, lo odioso, lo estridente, ni cuando parece más justificado, sino que tiende a paliarlos. Por ello en un ruego extremo pide: «Danseu d’amor, caleu foc a les ires».
Esta sensación de felicidad, de seguridad cómoda, que da el mundo del poeta enoja a ciertos críticos, y el propio Carner lo reconoce en el citado prólogo de La inútil ofrena, donde con una irónica lucidez insinúa los puntos débiles de su poesía. Escribe entonces : «Tot palesa — i aixó irrita — que ell és felic». Pero esta actitud que, por aproximación, hemos llamado, escapista, no se encuentra en el gran poema bíblico Nabí, incomparable monumento de la lengua catalana, donde en un estilo lírico-narrativo, llamado también épica interior, se debate con una noble austeridad retórica el tema de Jonás desde un plano intelectual y quizá un poco frío.
En Nabí confluyen su don prodigioso de lenguaje, una preocupación metafísica, vivida — nótese bien — no en el drama íntimo, sino a través de un personaje bíblico, y la enorme experiencia literaria de Carner. Esta vena más oscura y dramática, que contrasta con la voluntaria alegría que irradia la obra anterior del poeta, continúa en algunos de los últimos poemas, hasta hace poco inéditos y que Carner ha dado a conocer en Llunyania y en las aludidas Obres Completes.
A. Manent
Las cualidades genéricas de la obra de Josep Carner hacen de ella el caso más puro de lírica que se ha dado entre nosotros: aquel, en suma, en que la inspiración y el arte se han equilibrado más normal y firmemente. (Carles Riba)

