Poesías, Arturo Capdevila

Fecundo polígra­fo argentino, historiador, novelista, ensayis­ta, dramaturgo, Arturo Capdevila (1889- 1967) es antes que nada poeta. Desde su pri­mer libro, Jardines solos, de 1911, hasta los Romances de la santa federación, de 1952, quince colecciones de versos jalonan una producción poética nunca interrumpida en medio de sus demás quehaceres literarios.

Melpòmene (1912) fue la revelación del poeta; le siguieron El poema de Nenúfar (1915), El libro de la noche (1917), La fiesta del mundo (1922), El tiempo que se fué (1926), Simbad (1929), El apocalipsis de San Lenin (1929), Romances argentinos (1938), Córdoba azul (1940), Canciones de la tarde (1941), El libro del bosque (1948), Musa cívica (1951), Romances de ¿Quién vive? ¡La Patria! (1952) y el último ante­riormente citado. Resulta difícil aprisionar en pocos rasgos definidores una poesía que se derrama por tantas vertientes y adopta suma diversidad de formas y ritmos. Pro­teico, Capdevila pasa de la meditación filo­sófica a la cancioncilla leve, de la decla­mación sonora al concentrado lirismo, de éste, elegiaco o amoroso, al romance his­tórico o anecdótico, pintoresco y evocador. En Melpòmene la nota trágica era la domi­nante del libro con lancinante intensidad.

Era la nota patética de un órgano polifó­nico al cual el poeta fue arrancando año tras año los acordes que quiso, con facili­dad y destreza peligrosas cuando el «oficio» amenaza la concentración lírica y arrastra a la retórica. Pero siempre guarda el poeta el señorío de la forma y del idioma, castizo, lujoso y flexible. Aquellos acordes expresan con frecuencia inquietudes metafísicas que rebasan la existencia individual del escri­tor y elevan su poesía a una jerarquía nobilísima. El espectáculo del mundo y el misterio y destino del hombre, la realidad y la quimera, lo histórico, lo legendario y lo mítico, el pasado y el futuro, el uni­verso, la patria y su Córdoba natal, todo lo convierte en canto.

Federico de Onís, en la Antología de la poesía española e hispano­americana, lo ha agrupado entre los poetas que en el postmodernismo señalan una reacción hacia el romanticismo. Sin desar­mar su inquietud ante el enigma de la existencia humana y sus amarguras, la filo­sofía de Capdevila está impregnada de re­signación, y con respecto a sus hermanos los hombres, de cordiales sentimientos evan­gélicos.

R. F. Giusti