Poesías, José Manuel Quintana

La obra poética del escritor y político español José Manuel Quintana (1772-1857) se halla recogida en el vol. XIX de la «Biblioteca de Autores Españoles». Durante los últimos años de su vida, tanto el público como la crítica lo consideró como un clásico, y por esto fue incluido en la mencionada biblioteca, «este magnífico panteón literario», como dijo su editor Antonio Ferrer del Río, que se en­ternecía con los ochenta años del escritor y al que comparaba con Tirteo, Píndaro, Ho­racio, Tito Livio, Tácito y Salustio.

Tam­poco Menéndez Pelayo se quedaba corto al declarar que «para encontrar en nues­tra historia lírico igual o mayor había que remontarse al siglo XVI y no detenerse si no era ante Fray Luis de León». De todas maneras, falta aún el estudio sobre Quin­tana que nos haga ver sus cualidades y sus defectos. Fue indiscutiblemente el poeta de las ideas de su siglo, como han obser­vado los críticos, pues sus poesías se basan en el sentimiento de libertad y progreso, ideales muy del siglo de la Enciclopedia, y sin que asome el sentimiento de la natura­leza, del amor o de la religiosidad: «Quin­tana es esencialmente un retórico.

Su pom­pa, su énfasis, su majestuosidad en los temas heroicos son sus cualidades sobresalientes. Se dice que escribía primero en prosa sus poemas y que después los «pasaba» al ver­so…». Su obra poética comprende: odas historicopolíticas de asunto antiguo y con­temporáneo, odas dirigidas a escritores o de asunto literario y odas filosoficodidácticas dedicadas al progreso. Pero en su misma grandeza, como han observado los críticos, está su defecto, su falta absoluta de sensibilidad. Quintana consiguió plasmar algunos versos «rotundos, precisos y escultóricos» y sus predilecciones van por la estrofa larga y ampulosa de gran efecto oratorio.

Asoma en sus poesías algún atisbo de Romanticismo, como en la composición «El panteón de El Escorial» y en el roman­ce «La fuente de la mora encantada». Fa­mosa es su oda «A España después de la revolución de marzo» (1808), que empieza: «¿Qué era, decidme, la nación que un día/ reina del mundo proclamó el destino,/la que a todas las zonas extendía/su cetro de oro y su blasón divino?/Volábase a Occi­dente,/y el vasto mar Atlántico sembrado/ se hallaba de su gloria y su fortuna./Doquiera España; en el preciado seno/de Amé­rica, en el Asia, en los confines/del África, allí España…». La obra de Quintana — como dice Lázaro Carreter — es el resumen y culminación de todas las tendencias setecentistas.

Su obra está llena de los tópicos de su tiempo, y de Meléndez Valdés no supo aprender la lección de su poesía melódica, sino la de su poesía de tendencia filosófica. Quintana es el poeta arreligioso, «en el sentido de que ninguna concepción acerca del mundo suprasensible, ninguna teología, aun en su forma más sencilla y rudimentaria, cabían en su mente ni en su cora­zón». Sobre la ausencia del tema amoroso dice el mismo poeta, dirigiéndose a Cienfuegos: «Tengan en buena hora otros escri­tores la gloria de pintar con más halago las gratas ilusiones de la edad primera. Haga en buen hora su mano resonar con más gra­cia el laúd de Tibulo o la lira de Anacreonte.

Pero aquellos que sientan en su corazón el santo amor de la virtud y la inflexible aversión a la injustica, los que se hallan inflamados del entusiasmo puro y sublime hacia el bien y dignidad de la especie humana, esos todos harán continua­mente sus delicias de tus odas, de tus epís­tolas y de tus tragedias, y en ellas hallarán un alimento propio de sus almas sensibles y virtuosas». De esta ideología debían sur­gir las odas «A la expedición española para propagar la vacuna en América, bajo la dirección de don Francisco Balmis» (1806) y «A la invención de la imprenta» (1800). Las poesías que tienen como tema la pa­tria acusan la actitud crítica del autor fren­te a la historia de lo que fue la España del siglo XVI, de ahí su oda a Juan de Padilla y la anteriormente citada «El panteón de El Escorial».

Sus odas a la inde­pendencia, sus cantos a los amigos, etc., todo obedece al mismo esquema que ha definido perfectamente el crítico antes ci­tado: «En ellas parte siempre de una sen­tencia abstracta, sigue con una comprobación histórica, exalta con razonamientos lógicos el tema propuesto y termina con una afirmación de fe en los destinos de la humanidad». Para comprender a Quintana hay que comprender necesariamente su momento histórico y sólo así es posible com­prender también su grandeza, que hoy nos parece algo ficticia.