La obra poética del autor romántico más popular de España, José de Espronceda (1808-1842) está formada por las siguientes obras: un determinado número de poesías cortas; un poema épico inacabado, El Pelayo; El estudiante de Salamanca, y El Diablo Mundo (también inacabado).
Toda la vida y obra de Espronceda — dice acertadamente un crítico — es una exaltación del yo. Parece como si el poeta hubiera nacido bajo un signo de contradicción, y por esto dice de él Patricio de la Escosura: «Tal era, tal fue siempre, quizá para su desdicha, Espronceda; la senda trillada le parecía por vulgar inaceptable; y el camino ilógico, por acontecido y peligroso que fuera, llamábale a sí en virtud de esa especie de atracción fascinadora que los. abismos ejercen sobre ciertas organizaciones eminentemente nerviosas». Estas palabras pueden definir el carácter del romántico, y romántico por excelencia fue el poeta Espronceda, tanto en su vida como en su obra.
Por esta razón, no se pueden separar ambas (es frecuente en los románticos esta interdependencia de «vida y poesía»). Acerca del nacimiento del poeta existe una anécdota — cuya veracidad ha sido recientemente discutida — según la cual nació durante la huida de sus padres con motivo de los acontecimientos de la inminente guerra de la Independencia. Los biógrafos han fantaseado sobre este nacimiento en pleno campo como un presagio del ansia de libertad que había de caracterizar toda la vida de nuestro autor. Estudió Espronceda en el Colegio de San Mateo, donde recibió clases de Alberto Lista y de Hermosilla. Más tarde, frecuenta la «Academia del Mirto», dirigida por Lista, donde da a conocer algunas composiciones como «Al 7 de julio» — de intención seguramente liberal —, «La tormenta en la noche» y «Romance a la mañana».
Pasa después a formar parte ele un grupo de jóvenes conspiradores que se denominaban «Los Numantinos». Esto le valió una reclusión de cinco años en el convento de San Francisco de Guadalajara, donde escribió El Pelayo. Marcha después a Portugal, donde conoce a Teresa Mancha, hija de un desterrado, que debía ser el amor de su vida y a quien había de dedicar el famoso «Canto a Teresa» que publicó incluido dentro de El Diablo Mundo. En pos de Teresa, encontramos a Espronceda en Londres en 1827. Siguen sus actividades revolucionarias. Aprovechando la amnistía otorgada por la reina Cristina en^ 1833, se trasladan Espronceda y Teresa — él la había raptado en París, estando ella ya casada— a Madrid, donde viven unos años juntos. Todavía ella huirá dos veces de su lado y Espronceda no la volverá a ver hasta el momento de la muerte de ella, consumida por la tuberculosis.
Espronceda es desterrado de nuevo, pero esta vez a Cuéllar y allí escribe la novela histórica Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar. Sus poesías, sus artículos en diversos periódicos y sus actividades políticas, aumentan su fama y popularidad. En 1837 publica El estudiante de Salamanca y en 1840 el primer volumen de sus poesías y El Diablo Mundo. Llega a tener algunos cargos políticos, pero muere en 1842 de una infección en la garganta. Zorrilla en sus Recuerdos del tiempo viejo lo evoca de esta manera: «Cara pálida… coronada por una cabellera negra riza y sedosa, dividida por .una raya casi en el medio… y ahuecada por ambos lado9 sobre las orejas pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos e inquietos, resguardados… por riquísimas pestañas; el perfil de su nariz no era muy correcto, y su boca desdeñosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado, estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida a la barba, que se rizaba por ambos lados de la mandíbula inferior.
Frente espaciosa… mirada franca; cuello… vigoroso, y… manos finas, nerviosas y bien cuidadas». Y añade Valbuena: «Espronceda fue siempre un niño grande, y murió de una enfermedad de niño. Vida corta, apretada, precipitada, de gestos violentos, de armas en alto, de corazones traspasados de amor y dolor, de hastío rápido, de obra atropelladamente genial». Estas palabras definen claramente su poesía y su vida. Su carácter inquieto y revolucionario se perfila ya en las composiciones de su primer período junto con la influencia de Meléndez Valdés y de Alberto Lista. De su primer período, además de las primeras poesías dadas a conocer en la «Academia del Mirto», que ya hemos citado, debemos recordar el soneto «Fresca, lozana, pura y olorosa», «El pescador». Lo más ambicioso de esta época juvenil es El Pelayo, poema cargado de retórica, pero donde se adivina el poeta futuro.
Abundan en él las visiones románticas, llenas de horror: «Y luego oyó rumor de cien cadenas, /crujir los huesos, rechinar los dientes, /y abismos contempló de eternas penas/inmensurables,* lóbregos y ardientes; /oyó voces de horror y espanto llenas, /batieron palmas las precitas gentes, /y oyó también por mofa en su agonía, /bárbaras carcajadas de alegría». El poeta se complace en la descripción de la batalla de Guadalete: «Orgullosos torrentes de guerreros, /pueblos, montañas y ciudades hunde; /tintos en sangre brillan sus aceros…/…el ímpetu, las voces, el estruendo». De vez en cuando cruzan en el poema expresiones que encontraremos en sus himnos politicopatrióticos: « ¿Tregua? ¡Jamás! ¡O vencimiento o muerte!», bajo esta forma de dilema entre la vida y la muerte tan cara a los románticos. Cierran este primer período de la lírica de Espronceda «Serenata» y «A la patria». En Londres conocerá Espronceda la poesía de Byron que marcará de una manera indeleble su obra.
Con razón ha advertido Menéndez Pelayo que si el romanticismo del Duque de Rivas y de Zorrilla se acerca al romanticismo histórico de un Walter Scott, Espronceda se acerca a Byron, por lo que tiene de moderno y de revolucionario, tanto en el contenido como en la forma. Espronceda experimentará la influencia del romanticismo subjetivo de lord Byron, influencia que nunca llega a ser servil y en pro de cuya originalidad abogó Menéndez Pelayo. Dentro de este período debemos colocar el «Himno al Sol», de extraña perfección, poema que participa de un encendido empuje y de una contención maravillosa; «las imágenes inflamadas, el tono grandioso y arrebatado, las exclamaciones, y el contraste entre la claridad y brillo del tema con el anuncio de fracaso y oscuridad, revelan las condiciones típicas de los grandes poemas del romántico». He aquí unos versos, de contundente sonoridad: «Bramó la tempestad; retumbó en torno/el ronco trueno, y con temblor crujieron/los ejes de diamante de la tierra».
Y junto al «Himno al Sol», debemos situar el «Canto del cosaco» y la «Canción del pirata», himnos a la anarquía, a la libertad, al individualismo, que llega hasta el egoísmo, el cinismo y la idolatría. El capitán pirata de la «Canción del pirata», repite el estribillo que es la insistencia en su condición de libre: « ¡Que es mi barco mi tesoro, /que es mi Dios la libertad!», y prefiere la muerte antes que perder un ápice de aquélla: o la libertad total, sin límite, simbolizada en el mar (« ¡Que yo tengo aquí por mío/cuanto abarca el mar bravío/a quien nadie puso leyes!»), o la muerte. De la misma manera exalta el poeta el ímpetu de los cosacos. en el desierto, su afán de guerra, su libertad para destruir. Para Espronceda, la poesía es el don de la libertad que le permite levantarse por encima de los prejuicios y de la ley moral. Y todo esto el poete nos lo dice a gritos, vociferando interjecciones y exclamaciones, con versos sonoros y arrebatados.
Y a pesar de toda esta palabrería, una auténtica poesía transcurre por sus estrofas. Espronceda es un poeta fatalista. Entre estos poemas debemos destacar «A Jarifa en una orgía», donde canta con versos amargos la desilusión que sigue al placer. En el poema El estudiante de Salamanca, la obra maestra del poeta, y extraída de la leyenda El estudiante Lisardo, nos presenta a don Félix de Montemar, mezcla de Don Juan y de héroe byroniano, como los tipos de sus canciones. En su figura quiere el autor representar fielmente el personaje romántico, símbolo de una especie de satanismo, característico del tiempo. Don Félix es un rebelde, mientras que la protagonista doña Elvira es una víctima. Él lo desafía todo: el honor, Dios, las fuerzas sobrenaturales, el diablo, etc. Pero en su conducta pone don Félix un sello de grandeza: «…que su arrogancia y sus vicios, /caballeresca apostura, /agilidad y bravura/ninguno alcanza a igualar; /que hasta en sus crímenes mismos, /en su impiedad y altiveza/ pone un sello de grandeza/don Félix de Montemar». Ella, en cambio, es el prototipo de la mujer romántica («Bella y más pura que el azul del cielo»).
Delicadamente el poeta la evoca de noche en el jardín deshojando flores a la luz de la luna; y cuando muere nos dice que sobre su tumba: «Sobre ella un sauce su ramaje inclina, / sombra le presta en lánguido desmayo; /y allá en la tarde cuando el sol declina,/baña su tumba en paz su último rayo». En este poema Espronceda da entrada a los temas de la visión del propio entierro y de los desposorios con la muerte. El estudiante de Salamanca está escrito en doce metros diferentes, sin que esta variedad y juego métrico hagan perder la inspiración a lo largo del poema, sino que más bien se adecúan a las situaciones, con lo cual consigue efectos sorprendentes, ya los pretenda melodiosos, dramáticos, estridentes o arrolladores.
Pero la obra más curiosa de Espronceda es el poema El Diablo Mundo, obra compleja e incompleta, que contiene trozos brillantes, donde la imaginación romántica se desborda por encima de todos los límites; obra que pretende estar llena de simbolismos y cuya idea central es parecida a la del Fausto de Goethe. Menéndez Pelayo afirma que es un poema «incoherente». En síntesis, quiere ser una alegoría de la inquietud humana, de su origen y destino. En él se pregunta por Dios, por el mundo, por las actitudes del hombre frente a estos problemas. Dentro del Diablo Mundo están incluidos el himno de Inmortalidad («Salve, llama creadora del mundo»), el himno a la Muerte, sin horrores ni estridencias, y también el famoso «Canto a Teresa», que no hay «canto amoroso en castellano que lo iguale», al decir de Menéndez Pelayo.
Se trata de un canto de recuerdo: «¡Pobre Teresa, al recordarte siento/un pesar tan intenso!… Embarga impío/mi quebrantada voz mi sentimiento/ y suspira tu nombre el labio mío./…¡Y tan joven y ya tan desgraciada!» El sentimiento de la muerte y de la pérdida de la amada le hace prorrumpir en lamentos típicos de aquel «romanticismo de lamentación» propio del poeta: «¡Oh, cruel! ¡Muy cruel!… ¡Ah! Yo entretanto/dentro del pecho mi dolor oculto,/enjugo de mis párpados el llanto,/y doy al mundo el exigido culto;/ yo escondo con vergüenza mi quebranto,/ mi propia pena con mi risa insulto/y me divierto en arrancar del pecho/mi mismo corazón pedazos hecho». Aquí el poeta nos plantea claramente un dilema tópico del romanticismo: la oposición entre el individuo— con toda su carga sentimental y afectiva — y el mundo que no comprende.
El final del «Canto a Teresa» acentúa este dilema y pone de manifiesto el íntimo desgarro: «Gocemos, sí; la cristalina esfera/ gira bañada en luz: ¡bella es la vida!/ ¿Quién a parar alcanza la carrera/del mundo hermoso que al placer convida?/Brilla radiante el sol, la primavera/los campos pinta en la estación florida ;/truéquese en risa mi dolor profundo…/¡Que haya un cadáver más, qué importa al mundo!» El Diablo Mundo, que se abre con una introducción que es una obra maestra de la poesía romántica, ha despistado constantemente a los críticos, por su incoherencia y falta de sentido. Menéndez Pelayo, reconociendo las bellezas aisladas que contiene, afirma que una obra de alcance filosófico no era propia de un autor como Espronceda, que al fin y al cabo era un improvisador, y que para llegar a realizar lo que se propuso apenas hubiera bastado el talento de Goethe.
Afirma el gran historiador de las letras españolas que la trama languidece y que los últimos cantos quedan muy por debajo de la calidad literaria del comienzo. «Puede decirse — concluye — que si en El Diablo Mundo la cabeza es de oro, los pies son de barro o de otra materia más ínfima. Lo que empezó con dejos de Fausto o de Manfredo acaba míseramente en vulgar novela patibularia». Precisamente uno de los problemas que ha extrañado más a los críticos ha sido la inclusión del «Canto a Teresa» dentro de este extraño poema. Recientemente, en 1955, el profesor Joaquín Casalduero (Forma y visión de «El Diablo Mundo») ha intentado explicar este poema. Estudia primero su estructura, su metro, sus rimas, sus epítetos, etc. Casalduero afirma que El Diablo Mundo es un «fragmento», como lo es la vida del hombre romántico, que no tiene destino; y como la vida, el poema no tiene orden lógico, pero esto precisamente no significa que no tenga unidad.
Dentro de esta visión del mundo que quiere ofrecernos, el canto II, o sea el «Canto a Teresa», es la poesía dedicada a la experiencia personal, y el lector debe sustituirlo por la suya propia, puesto que el poema — afirma — es una captación de la vida; así por el dolor personal llegará al conocimiento del mundo. Espronceda nos comunica su experiencia, la de un romántico de mediados del siglo XIX, y por esta razón El Diablo Mundo empieza evocando el recuerdo del dolor: «¿Por qué volvéis a la memoria mía,/tristes recuerdos del placer perdido,/a aumentar la ansiedad y la agonía /de este desierto corazón herido?». Como la vida, pues — según la conclusión de Casalduero —, el poema no tiene desenlace, porque para el romántico la muerte es uno de tantos episodios.
Por otra parte, afirma este investigador que Adán, el protagonista del poema, no tiene nada que ver con el Fausto de Goethe ni con el Ingenuo de Yol- taire. Junto al estudio de Casalduero han aparecido otros recientemente, dedicados ya a la vida, ya a la obra de Espronceda. Todos ellos son indicio de un interés que empieza a despertarse por este poeta después de un tiempo de olvido, por no decir de desprecio. A. Comas
[Espronceda] pertenecía, sin duda, a la esfera de los ingenios soberanos, y quizá no había en él menos virtudes poéticas que en su modelo (Byron), para acercarse al cual sólo le faltaba una cultura más varia y mayor respeto al arte y a sí mismo, (Menéndez Pelayo)
Sólo conozco a un rimador con menos espíritu poético que don José de Espronceda, y es don Joaquín María Bartrina. Recíprocamente, sólo conozco a un pedante con menos espíritu filosófico que don Joaquín María Bartrina, y es don José Espronceda. (Eugenio d’Ors)
Si Rivas es nuestro gran poeta cíclico, Espronceda es el lírico revolucionario, pujante, contradictorio, enérgico y tierno a la vez del romanticismo español. (Valbuena Prat)
Poeta declamador, fatal y verdadero. (Vicente Aleixandre)

