Poesías, Emily Dickinson

[The Poems of E. D.]. Colección póstuma de la obra poé­tica completa de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), publicada en 1937 tomando como base anteriores edicio­nes, la primera de las cuales, parcial, es de 1890, y fue la revelación de un tempe­ramento poético excepcional.

La obra de la solitaria poetisa (Emily Dickinson, de familia acomodada, no se casó y vivió reti­rada) es copiosa, pero desigual; muchas cosas fragmentarias, pero en las cosas me­jores, todas breves, se revela una fuerza excepcional de expresión, una concisión que es la condensación del pensamiento o de la impresión en una «evocatividad» metafísica como sólo se encuentra en algunos de los mejores poetas de nuestro tiempo. A esto se une una forma nítida, segura, que logra los máximos efectos con medios muy sim­ples, y un personalísimo ritmo que tiene, usualmente, como máximo ocho versos (de ordinario dos cuartetos yámbicos o bien tres cuartetos rimados ABCB).

La parte principal de su obra se divide en cuatro partes: «La vida» [«Life»], «La naturaleza» [«Nature»], «El amor» [«Love»], «El tiempo y la eternidad» [«Time and Eternity»], y esto basta para darnos cuenta de la calidad de su inspiración. La segunda poesía de la colección «La vida» [«Our share of night to bear»] describe así la existencia humana: «Nuestra porción de noche que debemos soportar,/nuestra porción de mañana,/col­mar el vacío de contento,/colmarlo de des- precio./Aquí una estrella, y allá una estre­lla,/al ¿unas se pierden en el camino./Aquí una niebla, y allá una niebla./Y después de esto/¡el día!».

Una nota personal carga de dolorida humanidad el poema del mismo grupo: «Mi vida se realizó dos veces, antes de su término» [«My life closed twicé before its close»], con los dos versos céle­bres «La separación es todo lo que conoce­mos del cielo/y todo lo que necesitamos del infierno» [«Parting is all we know of Heaven/And all we need of Hell»], que tienen eco universal. La naturaleza, con sus des­concertantes leyes, encuentra en la Dickin­son una comentarista aguda y serena que, como en el poema «Muerte y vida» [«Death and Life»], sabe expresar, en el consabido esquema de los dos cuartetos, uno de los más tormentosos problemas que turban la mente y el corazón del hombre: «En apa­riencia sin sorpresa/para la flor feliz,/el hielo, jugando, la decapita/valiéndose de su momentáneo poder./El rubio asesino pro­sigue,/el sol avanza sin conmoverse/a me­dir otro día,/para un Dios que lo aprueba».

O bien una observadora llena de lirismo delicado: «Un sépalo, un pétalo y una es­pina» [«A sepal, petal, and a thorn»]/en una vulgar mañana de estío ./un brillo de rocío, una abeja o dos,/una brisa,/un tem­blor en los árboles/y he aquí: ¡la rosa!». En los poemas que tienen como tema el amor — todos ellos inspirados por la única e infeliz pasión de la poetisa — domina la nota personal, y la feminidad de la Dickin­son, casi siempre sofocada, a veces halla aquí un desahogo. Son, sin embargo, rarísi­mos los gritos de pasión, tales como: «¡No­ches desenfrenadas! ¡Noches desenfrena­das!» [«Wild nights! Wild nights!»]/¡si yo estuviese contigo,/noches desenfrenadas, se­ríais/nuestra riqueza ¡/Inútiles son los vien­tos,/para un corazón en el puerto,/guiado por la brújula,/guiado por el mapa./Navegar en el Edén,/¡Ah, el mar!/¡Si pudiésemos al menos echar el ancla/esta noche en ti!».

Más a menudo, la Dickinson nota, con delicada sensibilidad, las pequeñas alegrías de un casto sentimiento correspondido o el senti­miento por lo que nunca podrá ser. No es, sin embargo, en este grupo donde se hallan sus logros mejores. El tiempo y la eternidad, descubriendo más vastos y menos persona­les horizontes interiores, le dan mayor liber­tad y felicidad de expresión. Así en «Ha habido una muerte en la casa de enfrente» [«There’s been a Death in the opposite house»] hallamos la sobria y casi prosaica des­cripción de lo que, mirando por la ventana, se puede adivinar de la casa de enfrente por el aspecto externo de la misma. «Los veci­nos se mueven dentro y fuera, el coche del doctor se va.

Una ventana se abre me­cánicamente, de golpe, de un modo súbito; alguien saca un colchón. Los niños pasan apretando el paso, se preguntan si Eso se muere allá arriba. Así hacía yo, de niña. El sacerdote entra tranquilo como si la casa fuese suya… y después la modista, y el hombre de la triste profesión, para tomar las medidas de la caja». Dickinson logra comunicar al lector el sentido trágico y con­movedor de la muerte humana, con sus pequeñas ceremonias siempre iguales, con sus exterioridades tan míseras, frente al misterio. Misterio del que la Dickinson no tiene miedo: «No he visto nunca una landa [«I never saw a moor»]/nunca he visto el mar,/y sin embargo, yo sé cómo está hecho el yermo,/y sé lo que debe ser la ola./ Nunca he hablado con Dios,/nunca he visto el Cielo,/y sin embargo, conozco el lugar/ como si tuviese un mapa de él».

Los versos comprendidos con el título «Un solo sa­bueso» [«A single Hound»] (quinta parte del volumen citado) se inspiran siempre en los mismos temas, pero tienen el semblante más vivo, menos cuidado. La variedad y la •bizarría de los ritmos se enfrentan con una incierta y menos profunda actitud mental: pocos ejemplos bastarán, tomados de los fragmentos más graciosos: «Silenciosamente alcanzó una estrella amarilla [«Lightly stepped a yellow star»]/su asiento elevado/ la luna sacude su argéntea cabellera/que cubría su rostro lustral./Toda la tarde se encendió dulcemente ./como una astral sala de fiestas./“Padre”, dije al cielo./“Sé pun­tual”». En «Hay días separados de los otros» [«Some days retired from the rest»]/Ellos están en un refinado aislamiento :/el día en que un amigo viene…/o aquel en que se vio obligado a morir».

Aún más: «¡Pienso en aquella otra mañana [«I’m thinking on that other morn»]/cuando, sueltos los sudarios,/ las criaturas revestidas de Victoria/irán len­tamente, de dos en dos!». Y, en fin, un poema en el que aparece más evidente la «evocatividad» a que nos referimos al prin­cipio y que, aunque característica de la Dickinson, no parece escrita a mediados del siglo pasado: «Sobre mi volcán crece la hierba [«On my volcano grows the grass»],/ un lugar de meditación,/un espacio bueno para un pájaro/sería el pensamiento de cada uno./Como el fuego de debajo pro­duce emanaciones rojas,/como terrones poco seguros…/se revelaría, si se poblara/de te­mor mi soledad». De cuanto hemos dicho, resulta evidente que es difícil encuadrar a la Dickinson en una época o en una escue­la.

Toda su obra expresa un tormento sutil a través de una intensa castidad estilística, y la meditada exigüidad de los medios for­males y literales llega a conclusiones que no son ajenas a la más reciente sensibilidad poética; así que, aun reuniendo el ímpetu lírico de Emily Brontë y la constancia temática de Cristina Rossetti — los únicos nombres de mujeres que escribieron versos en lengua inglesa en el siglo pasado, que podrían parangonarse al suyo —, esta poesía conquista la soledad reservada sólo a los artistas verdaderamente geniales. [Selec­ción en castellano de M. Manent con el título Poemas (Barcelona, 1957)].

L. Krasnik

Emily Dickinson es capaz de una conci­sión expresiva y una plenitud de significado casi goethianas, a la manera epigramática de Goethe. Puede enriquecer con una nueva y heroica nota la eterna letanía del amor; puede elevarse, como los más intensos mís­ticos del siglo XVII; puede unir la sobrie­dad a la visión y la exactitud al vuelo lírico; puede, como Heine, usar de la broma para mostrar el lado gastado del universo. (L. Lewisohn)

Una aurora, un crepúsculo en las colinas del septentrión, la caída de un copo de nieve, la nota lejana de un pájaro, un re­flejo del sol en el empedrado, a través de estos «hai-kai» se adivina un alma que se violenta a sí misma. Los versos de Emily saben a prisión, pero están iluminados por el pensamiento. Estamos muy lejos de las declamaciones románticas y de los artificios de un Longfellow. Una mujer ama, sufre y lo dice espontánea, directamente, en versos sobrios de palabras, de imágenes y ademanes. Toda una escuela de poetas deberá reco­nocerse en este laconismo. (R. Michaud)