Poesías de Lugones

Las poesías más representativas del argentino Leopoldo Lu­gones (1874-1938) están reunidas en el vo­lumen Antología poética, hecha por Carlos Obligado (Buenos Aires, 1941).

Es una selección de los diez libros de poesías que Lugones publicó durante su vida, desde las Montañas del Oro, 1897, hasta los Romances de Río Seco, escritos poco antes de morir, que recoge una parte relativa­mente pequeña dentro del vasto conjunto de su obra literaria, en la que entran géneros muy diversos: narraciones, biografía, historia, filosofía, etc. En rigor, su libro poé­tico más representativo sigue siendo, a nuestro parecer, Los crepúsculos del jardín (1905), afiliado por su espíritu, temática y retórica, al modernismo hispanoamericano.

Tales características pueden notarse en el Lunario sentimental (1909), algunas de cuyas poesías han pasado a todas las anto­logías, como «El solterón», aunque ya sea nuncio de ciertos excesos, tales como hi­pérbole retórica, cierta amplificación y falta de medida, que después se harán más fre­cuentes. Con las Odas seculares, publicadas en 1910, el año centenario de la independen­cia argentina, Leopoldo Lugones ascendió a una poesía de tono mayor, cargada de intenciones cívicas.

El libro fiel (1912) can­ta la poesía del amor conyugal, en tanto que en el Libro de los paisajes (1917) el poeta vuelve a la geografía patriótica de las Odas seculares. A partir de este mo­mento tiende a profundizar en los temas «vernáculos»: Romancero (1924), Poemas solariegos (1928), Poemas de Río Seco (1930), abandonando con frecuencia el es­tilo de la poesía culta y tratando de armo­nizar su propio canto con la guitarra de los «payadores». Aun reconociendo su capi­tal importancia en la literatura argentina, su multiforme obra resulta a veces contradictoria, y Lugones ha merecido juicios muy diversos.

Es cierto que en estos juicios no se alude tanto al poeta como al hombre de acción, o más bien al hombre que ambi­cionaba influir ideológicamente sobre sus contemporáneos, ambición que hizo adoptara Lugones actitudes políticas opuestas, des­de el revolucionarismo de su juventud al violento antidemocratismo de sus últimos años. Por eso, en el número homenaje que a su muerte le dedicó la revista «Nosotros», de Buenos Aires (números 26- 28, segunda época), las apologías alternan con los ataques. Con todo ello, su obra, en conjunto, es la revelación de un espíritu potente, y sin duda el tiempo la colocará en su lugar debido.

G. de Torre