Aleksandr Aleksandrovič Blok (1880-1921), el más eminente poeta ruso del período revolucionario, ha reunido su obra poética en tres volúmenes, publicados en 1912, a los que siguió en 1916 un cuarto conteniendo su obra teatral, compuesta de dramas líricos. El primero agrupa los poemas escritos entre 1898 y 1904, y aparece dominado por la noble y bella figura de la «Bella Dama», personificación de la pureza oriental.
Se ha reconocido justamente en este tema central la influencia del poeta espiritualista Soloviev. Apuntemos, rio obstante, que el conjunto Ante Lucem (1898-1900) y las diez primeras composiciones de los Poemas de la Bella Dama [Stichi o prekrasnojdame] fueron escritas antes de que Blok hubiera descubierto la obra de Soloviev, siendo más lógico, pues, relacionar estas producciones con Jukovski y los románticos alemanes que fueron los inspiradores de la juventud del poeta. Soloviev, en definitiva, sólo contribuyó a infundir forma a la genuina creación de Blok. Pensemos que la figura de la Bella Dama, silueta femenina pura y virginal tan cara a las almas juveniles, suele ser motivo típico de los ensueños de la adolescencia. Pronto, sin duda, la religión se infiltrará en el sueño de Blok, y la Bella Dama se convertirá en un difuso símbolo en torno del cual se instaurará un culto, sin que por ello quepa equipararla a la Beatriz de Dante.
Aquí la religión sólo persigue el objetivo de preservar la imagen de su real condición humana, como posiblemente también el de retardar la irrupción del poeta en la vida, exorcisando los terribles demonios que más adelante devastarán su alma. El fervor del poeta no se encauza en modo alguno por rutas teológicas, nutriéndose más bien de la presencia real de alguna joven, en su impaciente espera de nuevos encuentros. Nada que sea estrictamente espiritual sorprendemos aquí, porque la mística no podía satisfacer a Blok a menos de encarnar en alguna figura sensible, lo que facilitaría su pesimismo ulterior y ese sentimiento de frustración que ya se revela con claridad al final de su primer volumen de versos. Blok se percata de que la Bella Dama, lejos de representar el papel de mediadora que solicitaba de ella, le aparta del mundo, haciéndole menos apto para la vida.
El poeta parece presentir que su obstinación en buscar la encarnación de lo absoluto (obstinación típicamente rusa) podía conducirle a la esterilidad, como ya había ocurrido un siglo antes con los maestros del romanticismo alemán. Signos reveladores de estas inquietudes se registran ya en su obra: «Un cielo triste y bajo/Ha envuelto a la iglesia…/Próximo está mi fin predestinado/Ante mí, la guerra y el incendio». Su demonio interior despierte, mientras el poeta trata todavía por algún tiempo de cobijarse a la sombra de su hermoso mito. Reemplazando a la Bella Dama, de la que el poeta comienza a «dudar insolentemente», se perfilan ya las siluetas de mujeres reales de la calle, que no sugieren ya a la eterna Sofía, sino la eterna presencia del pecado. Al trovador, al caballero de las cortes amorosas, sucederá el hombre maduro, atormentado, cínico y lleno de desesperanza.
El segundo volumen de versos, en el que destacan las recopilaciones tituladas Las burbujas de la tierra (1904-1905), Las violetas de la noche (1905- 1906), La ciudad (1904-1911), La máscara de nieve (1906-1907) y Libres pensamientos, nos presentan ya a un Blok muy diferente del poeta de la Bella Dama. Al romántico ha sucedido un feroz sarcástico, un desesperado burlón. Blok ha descendido de las cimas espirituales y se enfrenta con la realidad. En los primeros momentos, el mundo se le brinda con la prístina frescura de los descubrimientos juveniles: «Comienza a dar señales/La tierra desierta…/ Todo respira la medida,/Muelle y perezosa,/ De la primavera». De todas formas, aborda estos temas sin gran originalidad; su alma lo era todo menos bucólica. Por otra parte reconoce la incompatibilidad del mundo material y del espiritual; su misticismo herido le ha lanzado a la vida moderna, y el poeta dirige sus postreros saludos al templo ahora desierto.
La Bella Dama, muerta definitivamente, murmura por última vez* con su dulce voz: «Entonces, yo provocaba tormentos./Hoy provoco, más ardientes que nunca,/los sollozos de un poeta ebrio./Y la risa alocada de una perdida». Blok se da cuenta, no obstante, de que para vivir le es necesario liberarse de este fantasma, burlándose de su antigua religión, eliminando toda añoranza de la deseada. Tal será el objetivo de su obra más característica en este período, un drama lírico que titula Barraca de feria [Balaganchik, 1907] y que señala el fin del culto a la Bella Dama. Blok nos presenta una especie de guiñol grotesco, porque «el mundo es una barraca de feria, un lugar de ignominia». Con indomable rigor, el poeta se burla de sí mismo y hace mofa de los «místicos», o sea de todos aquellos que le recuerdan su imagen de antaño y que continúan soliviantándole. Un triste Pierrot se esconde en estos místicos que esperan a la Bella, a la Bien Amada: la Muerte.
Asimismo nos tropezaremos con esta obsesión de la muerte en La máscara de nieve [Sueznaja maska], aunque aquí sirva de preludio a una furiosa pasión por la vida bajo todas sus formas, siempre que ella autorice la manifestación de tales sentimientos. Con su Barraca de feria, Blok parece haberse liberado del viejo mito, y sin nada que contemplar ya a su espalda, experimenta la necesidad de concentrar su nueva pasión en un objetivo sensible, bien real esta vez: Rusia. Pero el estallido de la Revolución de 1905 ahuyenta todas sus esperanzas en la renovación social. A pesar de todo, cantará sus desdichas, su pobreza, las estériles tempestades que devastan su suelo y su alma. Surgen entonces las estampas urbanas de La ciudad, con las miserables callejuelas de los barrios, populares, los solares fangosos del extrarradio con sus perros esqueléticos y sus mujeres extenuadas, las buhardillas, cobijo de desdichados roídos por la miseria, las tabernas y los borrachos.
El poeta se apasiona y su voz cobra un tono fogoso de indudable sabor revolucionario, abominando de la existencia cotidiana y beatífica de la burguesía. En los cuartuchos llenos de humo surge de súbito una figura femenina, como un lejano recuerdo de la Bella Dama. Pero esta «Desconocida», esta «Extraña» mujer muy 1910 con su gran sombrero de velillo, perfumes penetrantes y vulgaridad satisfecha, es una criatura muy carnal. No obstante, al conjuro de su presencia, en el triste panorama de la vida moderna, se abren las prestigiosas rutas de la evasión poética: «Y la seda que modela su cuerpo,/ y su sombrero adornado de negras plumas, /Y su estrecha mano ensortijada,/Evocan antiguos presagios…» La aparición de la «Desconocida» inunda pronto al poeta de majestuosa serenidad. Y, entonces, nacen los sencillos y bellos versos de Libres pensamientos, que recuerdan a Pushkin y marcan un renacer lírico en el poeta: «Los enamorados precisan suspiros de los hombres./ Yo preciso suspiros de los pinos y los lagos./El lago, la Bella pide canciones,/Que yo, invisible, cante la aurora,/El esplendor de los pinos y la libertad del alma».
En Yambos (1907-1914), conjunto de versos que figura en el tercer volumen, Blok se esfuerza por recobrar su confianza en la vida. Por esta época escribe también su drama romántico La Rosa y la Cruz (v.), reviviendo las inquietudes de antaño. Pero sólo se trata, una vez más, de un fugaz relámpago. Nada ha cambiado en la existencia del poeta, zarandeada por tabernas y prostíbulos, saturada de hastío, sacudida a veces por el presentimiento de un cercano apocalipsis. Blok parece no resistir más la tragedia; sabe que el mundo es «terrible» (El mundo terrible, 1914-1916), que todo en él es frágil y fútil. Pero su rebeldía va del brazo de una indiferencia que sabe contentarse con algunos breves instantes de felicidad: «¡Zíngaro, dance, que dance mi vida!/ Que dure mucho tiempo la espantosa danza/Y que ante mí desfile mi vida,/Como un sueño abyecto,/Insensata, bella y sonámbula».
¿Por qué protestar, actuar y trabajar? ¿Acaso no es todo tedio y rutina? Sin embargo, hacia 1914, con el ciclo de Carmen, se revela una de esas súbitas explosiones de pasión carnal, que en Blok siempre es presagio de un cierto restablecimiento interior. Entonces, desengañado de todo, sólo Rusia permanece como compañera fiel. Y de manos de esta inspiradora recobrada, por intermedio de Rusia, Blok se reintegrará de lleno a la sana humanidad. Ahora asistimos a una transformación de su arte: el poeta hermético de la Bella Dama, el rebelde del segundo volumen de versos, alcanza en este punto una calma y una sencillez completamente clásicas. Sin duda su verso se empobrece, pero sólo para ganar en precisión y claridad. Por primera vez en su obra, Blok se evade ante lo material. Algunos de sus más grandes poemas datan de esta época: Humillaciones (1911), Los pasos del Comendador (1912) y, sobre todo, El jardín de los ruiseñores (1915).
Por otra parte, el poeta, con su nueva actitud, sólo viene a ilustrar el movimiento general que por entonces sacude a las letras rusas; por todas partes se experimenta la necesidad de reaccionar contra el simbolismo, recreando una poesía cercana a la sencilla vida corriente, y Blok acompasa sus pasos con los de los componentes del activísimo grupo de los «akmeístas» (Akhmatova, Gumilev, etc.). Durante la guerra, en la que se muestra como un fervoroso pacifista, Blok trabaja en su gran poema que jamás se vería acabado, Represalias, convencido, como su amigo Bely, de que la gran tormenta depurará el alma de Rusia. Las desesperantes experiencias de los años 1905- 1912, la devastadora monotonía de la vida burguesa, le prepararon adecuadamente para adherirse por completo al mesianismo revolucionario que sedujo a tantos escritores rusos, especialmente a Essenin.
Inundado de esta fe, escribe los dos poemas mundialmente célebres, Los escitas (v.) y Los doce (v.), donde el poeta suplica a las naciones occidentales que se unan a la nueva Rusia para evitar la ruina definitiva. Pero la exaltación revolucionaria, como todas cuantas experimentó sucesivamente. Aleksandr Blok, sólo gozaría de vigencia temporal. Tras la fiebre romántica y mesiánica de los primeros días del comunismo, la existencia cotidiana reaparece. Y Blok muere, rodeado de gloria pero roído por ese extraño mal que padeció a lo largo de toda su vida: el «mal de vivir». La personalidad de Aleksandr Blok aparece caracterizada por la presencia de bruscos estallidos pasionales seguidos de un resurgimiento de la inspiración: estos altibajos de su alma se reflejan fielmente en su obra, que, consecuentemente, adquiere el valor de una auténtica confesión. De este modo, el culto de la Bella Dama desemboca en el sarcasmo nihilista de la Barraca de feria, y la pasión social y patriótica de 1905 en ese hastío de la humanidad moderna que encierra La ciudad, del mismo modo que, tras el delirante entusiasmo de 1917, pasados apenas tres años, sobrevendrá el decaimiento.
La existencia de Blok se revela, pues, un fracaso, y su obra queda empequeñecida por esta misma carencia de voluntad ordenadora. Eso sí, nunca se dejará de admirar en Blok al orfebre virtuoso. Beneficiándose de las aportaciones lingüísticas de sus predecesores (Brussov, Annenski, Ivanov…), Blok pudo encender, en torno de los temas más diversos, los fuegos artificiales de sus imágenes y de sus rimas. Para sus contemporáneos, según expresión de Vladimir Pozner, fue «la poesía misma». A nuestros ojos, su alma fue el espejo más fiel del trastorno moral que desencadenó la Rusia prerrevolucionaria: Blok fue el pintor por excelencia de las ciudades de la decadencia, donde el intelectualismo naufragaba en la embriaguez, donde todos los hombres, no osando acogerse a la esperanza, buscaban febrilmente lenitivo en las drogas del sueño, de la indiferencia o del olvido.

