Poesías, Cayo Valerio

[Líber Catulli Veronensis]. Es una colección, quizás antológica, de los poemas de Cayo Valerio, Ca­tulo (87?-57? a. de C.), en número de ciento dieciséis, no ordenados cronológicamente, sino según un criterio métrico y estilístico: al principio y al final los poemas más bre­ves y humorísticos, en el centro los más eruditos y de mayor amplitud.

El libro se abre con la dedicatoria a Cornelio Nepote, autor de las Vidas de los excelentes capita­nes (v.), pero recordado por el poeta por una obra más ambiciosa de carácter histórico, hoy perdida: una crónica universal en tres libros. Siguen poesías semiserias sobre la vida y la muerte del famoso pájaro de Lesbia (1-3) y sobre una barca en minia­tura (4), que, simbolizando la vida del poe­ta, ha llegado finalmente a un puerto se­guro. Son varias las ocasiones de escribir que le brindan amigos y enemigos, gente de Roma o de su provincia cisalpina natal; pero sobre todo le inspira Lesbia (v.), su amada, la mujer de quien se enamoró ape­nas llegado desde su Verona nativa a Roma.

El verdadero nombre de Lesbia era Clodia, y era hermana del tribuno Clodio; pero Catulo le da aquel otro nombre en home­naje quizás a la lesbia Safo, porque era como ella mujer intelectual, amante de la poesía y del amor. Las horas felices se alternaban con las de gran amargura; varias veces ocurrieron rupturas y reconciliacio­nes. Las poesías que parecen seguir pun­tualmente esta alternancia de gozo y dolor, de amor y odio, son a veces himnos a la belleza y a la pasión morbosa, otras veces tristes y elegiacas consideraciones sobre la infidelidad de la mujer. Pero no siempre el erotismo y la sátira son los temas del canto. La parte central del libro está cons­tituida por poemas de mayor aliento, imi­taciones de los poetas alejandrinos y epita­lamios.

Éstos son dos, gozosos poemas nup­ciales que, aunque de esquema griego, es­tán cuajados de detalles materiales de la vida romana. En el primero (61), a la caída de la tarde el cortejo acompaña a la es­posa a casa de su marido; a la luz de las antorchas doncellas y muchachos cantan para obtener la gracia de Himeneo, el dios que da a la tierna virgen la robusta fecun­didad de la madre. He aquí a la novia, envuelta en su velo de púrpura; algunas lágrimas resbalan de sus párpados, cierta vacilación detiene su paso. Ahora el cor­tejo se pone en movimiento y llega al umbral de la morada conyugal; levantada en brazos, la novia es entregada a su marido. Se les deja solos: el augurio de la felicidad y de la ternura doméstica se apaga en los labios de los cantores.

Si el primer epitalamio está representado desde el punto de vista del cortejo de la novia, el se­gundo (62) expresa la viva oposición entre la gozosa alegría de los acompañantes del novio y las lamentaciones de las doncellas, que toman partido por la novia. Héspero es la primera estrella que al atardecer ocu­pa el cielo; sobre ella gira toda la oposi­ción entre doncellas y mozos: éstos la ala­ban, aquéllas la deploran, los unos porque les trae la viril alegría de la posesión, las otras porque les arrebata la casta flor de la virginidad. Pero de la contienda salen ven­cedores los muchachos; llega la esposa y las nupcias se celebran. Al ciclo de los epi­talamios sigue el de los breves poemas mitológicos o «epilios». Attis (v.) es el prota­gonista del primero (63). El segundo son las Bodas de Tetis y Peleo (64): Tetis, aun­que ninfa nereida, no desdeñó casar con Peleo, héroe mortal.

Solemnes y gozosas son las bodas en el palacio de Peleo en Tesalia; espléndidos los dones nupciales, en­tre los cuales destaca el purpúreo cobertor del tálamo, donde se ve bordado el mito de Ariadna (v.), la mujer que abandonada por Teseo (v.), deshecha en lágrimas en la isla de Naxos, fue salvada por Baco (v.), que se casó con ella. Después de marcharse los mortales, bajan al palacio de Peleo los dio­ses, que hablan del glorioso retoño que ha de nacer de esta boda: Aquiles (v.), su vida, sus hazañas y su muerte. El tercer poema mitológico es la Cabellera de Berenice (66), precedido por una carta dedicatoria a Hortensio Ortalo (65) y traducido de la Cabe­llera de Berenice (v.) de Calimaco. Al ciclo de los poemas mitológicos sigue la pro­ducción epigramática, dispuesta según una transición gradual, por la que las poesías van siendo cada vez más concisas y se aca­ban en la brevedad conceptuosa y salaz de algunos dísticos, alejándose de la amplitud narrativa de las elegías mayores.

Así, de un diálogo más bien extenso (67) entre el vian­dante y la puerta de una casa donde habían sucedido varios escándalos, se pasa, con la elegía a la muerte del hermano (68), pro­longada con la acción de gracias al amigo Alio, a los epigramas breves (96-116) que, aunque en metro distinto, recuerdan la ins­piración satírica de muchas producciones del primer grupo (1-60). La interpretación que suele darse de las poesías de Catulo es, incluso entre los críticos más doctos, biográfica. Se cree que el poeta quiso dar de sí mismo un documento autobiográfico cantando sus amores, el de Lesbia y otros, así como sus odios políticos, literarios, de escuela o de sociedad. Pero engaña el mis­mo calor. poético catuliano, que simula una verdadera vida emotiva y puede hacer creer en la confesión directa del hombre cuando en su mayor parte estos poemas no tienen otra base que un ardor procedente de una intensa concepción y recreación imagina­tiva.

El acento lírico del poema cae no ya sobre la prosa versificada de la vida coti­diana, las obscenidades sabiamente dichas en verso, los vituperios y turpiloquios de prostíbulo, sino sobre los llamados poemas eruditos (61-68) donde el poeta tiene tiempo de crearse una atmósfera y conceder a su propia fantasía el modo de aclimatarse. Sólo la estética del fragmento y la crítica empeñada en buscar actitudes historicobio- gráficas han permitido subvertir los natu­rales valores poéticos y admirar en primer lugar los billetes de visita, las invitaciones a cenar, los madrigales de ocasión y los epigramas satíricos. El tono cómico no se llevó jamás de la mano a Catulo, y toda la vida cotidiana, aunque fuera fuente de angustias y desalientos, es mirada siempre con una superioridad que no es orgullo y un desprecio que no es desprendimiento. Despiadado para los cosas pequeñas que le molestan, Catulo no reacciona ante ellas ig­norándolas, sino caricaturizándolas.

Si hay que buscar una línea autobiográfica en su obra, no es la ficticia sucesión, artificiosa y fatigosamente reconstruida con hábiles desplazamientos de los poemas, de momen­tos psicológicos diversos, de alternativas de alegría y dolor, sino que es el grande y único esfuerzo de poner fin a las leyes so­ciales que oprimen al poeta con la miseria de los otros hombres. La inanidad de su esfuerzo se dibuja como una trágica derrota en todos los frentes; la enorme pasividad de todos sus balances, el doméstico, el fa­miliar, el sentimental, impone al poeta una extrema humillación: la plegaria en el do­lor, en aquel dolor que acompaña a su amor. La traición, los celos, la enfermedad, la muerte, se aceptan con angustia, pero no sin dignidad.

Más que una novela de amor, como quiere la interpretación biográfica, el libro de Catulo, en su integridad y en la arquitectónica disposición de sus partes, es un diario íntimo, profundamente introspec­tivo, programáticamente reaccionario, for­mulado en un poético monólogo interior, de excepcional elevación y tensión lírica. [Trad. española completa de Juan Petit con el título de Poesías (Barcelona, 1950)].

F. Della Corteí

Catulo, Tibulo, Propercio, poetas epidér­micos. (Baudelaire)

Valerio Catulo, mientras en sus poemas acuñaba el hexámetro en los moldes de Homero, y no en los de Alejandría, se­guía siendo completamente romano en los endecasílabos, los epigramas y quizás los epitalamios, por la cualidad de sus bromas y escolios, lo mismo que por su estilo y versificación. (Carducci)

Catulo es un jefe de escuela tanto en sus «nugae», «ineptiae» y bromas como en los poemas elaborados con el arte de los ale­jandrinos… Pero sobre todo es grande y nuevo al expresar en formas griegas, per­fectamente imitadas, pensamientos y senti­mientos propios. (Pascoli)

Esta es la belleza de la poesía catuliana: expresar su propia vida desprendida de sí mismo, su propia subjetividad objetiván­dola. (Croce)

Aquel que frecuentaba la peligrosa com­pañía de César y Mamurra, de Clodio y de su hermana la «quadrantaria», pudo haber pactado con su época, pero debajo de la fina túnica puede sentirse el acero, y en la mano llevaba un puñal y no un ramo de lirios. (More)

El alejandrinismo en la literatura latina pudo ser en muchos poetas un hecho lite­rario; en Catulo es un hecho espiritual. (C. Marchesi)