Pablo Neruda

(Seudónimo de Ricardo Eliecer Neftalí Reyes). Nació el 12 de julio de 1904 en Parral (Chile). Estudió en el Liceo de Temuco y en el diario La Mañana apareció su primer escrito firmado Pablo Neruda por primera vez. Tenía catorce años. Su padre era ferroviario y no aceptaba sus veleidades literarias a las que culpaba de sus malas notas en Matemáticas. Por esto ocultó su nombre bajo el apellido del poeta y narrador checo muerto en 1891. El chileno desciende de una familia de viticultores em­pobrecidos. Cuando él estudiaba y tiritaba de frío en el Lice, llegó a Temuco Gabriela Mistral, «vestida de color de arena». La gran poetisa facilitó libros a Neruda, que, como los demás muchachos, leía a Julio Verne, Salgari y Rocambole. En 1919 es poeta pre­miado en los Juegos Florales del Maulé. Un año después llega a Santiago. Estudia en el Instituto Pedagógico. En 1921 publica su primer poemario, La canción de la fiesta, editado por la Federación de Estudiantes de Chile. Neruda pertenecía a la generación del 20 que llegaba al pueblo en revistas juveniles como Claridad que había fundado Alberto Rojas Jiménez.

Dos años después aparece Crepusculario, «con su verso — se­gún Mario Jorge de Lellis — vibrador de melancolías, de soledades, de muerte, pi­sando directamente la sugerencia, rehuyen­do lo fácil y narrativo, combatiendo la novelería de los poetas de su tiempo». Amó los viajes tanto como a la poesía. Ha sido representante diplomático o consular de su país en Birmania, Java, España, Francia y México. Como político es comunista y ha sido senador (1944). En 1948 huye de Chile; y en 1950 Rusia le concedió el Premio Stalin de la Paz por su obra poética Que despierte el leñador, que trata de ser un poema de amor a Norteamérica por la paz, en el que hay temor: «Has encontrado que Carlos Chaplin, el último — padre de la ternura en el mundo—, debe huir…». En estos primeros libros su poesía mantenía aún resabios postmodernistas. Pero hay una presentación magnífica de ella en Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), que se consideran los poemas hispanoamericanos que más rápida y profusamente se han universalizado.

Son de un patetismo primario y popular, cuya mejor expresión se halla en su popularísimo poema Farewell, que tan bien sabían de memoria los estudiantes de cualquier país hispanoamericano: «Desde el fondo de ti y arrodillado, / un niño triste como yo, nos mira…/Por esa vida que arderá en sus venas / tendrían que amarrar­se nuestras vidas./Por esas manos, hijas de tus manos, / tendrían que matar las manos mías. / Por sus ojos abiertos en la tierra / veré en los tuyos lágrimas un día». En esta primera época el poeta ya afirma su recia personalidad. En Tentativa del hombre infi­nito (1926) aparecen sus surrealismos en un desbordamiento de la imagen y en un de­sarrollo ilógico de la sintaxis. Pero su hermetismo no impide lo patético en cuanto se refiere a la consideración del hombre y de sus problemas.

El mismo año que este poemario apareció Anillos, en colaboración con Tomás Lago, prosa poética; y El habi­tante y su esperanza, «novela más por el nombre que por su forma y fondo» y con sus preferencias: «me gusta la vida de la gente intranquila e insatisfecha, sean estos artistas o criminales». En 1933 apareció El hondero entusiasta, con una poesía dinámica a la manera del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty pero más patética. Con su Residencia en la tierra (1933) a la incohe­rencia sintáctica y a la acumulación de sím­bolos e imágenes en el verso libre, se unen la presión de su angustia humana y alguna salpicadura modernista que todavía sorpren­de. En los motivos mezcla los más literarios y los más prosaicos y hasta repelentes. Lo romántico — lo más noble de su esencia poética — se combina con elementos del feísmo y se oculta entre lo que podríamos llamar su imaginorrea.

Tanto en esta Resi­dencia como en la Segunda (1935) y en la Tercera Residencia (1947), Neruda se entre­ga de lleno a una modalidad poética propia, alcanzando una excepcional intensidad en el decir y el sentir, si bien ello acentúa su estilo personal, que a veces resulta de difí­cil interpretación para quien no está muy familiarizado con su obra. Amado Alonso, que ha estudiado su poesía y estilo, califica a aquélla de «escapada tumultuosamente de su corazón» y de «personalísima por la ca­rrera desbocada de la fantasía y por la visión de apocalipsis perpetuo que la in­forma». Neruda, como él mismo dice, quiso transmitir en su poesía ese mundo confuso de emociones y sensaciones que trae la vida sin imponer a su caudal poético el rigor de una forma clásica y una sintaxis lógica que deformara esa intuición. Los poemas de estos libros como «Tango del viudo» o «Tres cantos materiales» o «Alberto Rojas Jiménez viene volando» son significativos ejemplos.

Y como una cumbre su «Oda a Federico García Lorca» («Si pudiera llorar de miedo en una casa sola / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos»). En España en el co­razón (1937) recoge, con sus furias y penas, la posición republicana del autor. Al llegar a la Tercera Residencia su poesía ha reco­rrido un camino político, intenso y comba­tivo, que ahora concreta. Su patetismo se ha agriado y el acicate comunista que restalla en sus versos, vibra en su obra cumbre Canto general (1950), pasando por el Canto a Stalingrado, aparecido en México, en 1942. Canto general representa un grandioso es­fuerzo: plasmar la historia antigua y moderna y las ansias de toda América en un intento justicialista en el que llega a con­seguir una gran calidad poética. Contiene las ansias generales americanas aunque con enfoque partidista. Esta preocupación le hace llegar a desgraciadas apreciaciones e injusticias de incomprención ante los he­chos históricos y las personas con ellos relacionados, llegando a veces al insulto. Como tantos poemas extensos y enciclopé­dicos contiene sublimidades y ridiculeces.

La potencialidad poética de Neruda ha lle­gado al clímax de su técnica de poeta y de su fama mundial. El contenido del poemario puede ilustrarlo Alturas de Macchu Picchu como ejemplo de la fundamental y formal hermosura a que alcanza en la expresión así como de la levadura social de todo su fondo poético. El sombrío sentir del gran poeta a veces se combina con la gracia criolla, popular y retozona, de A Emiliano Zapata con música de Tata Nacho. En su canto final — Aquí termino — nos explica que su obra nació «de la ira como una brasa, como los territorios de bosques incendiados» y deja constancia de su hermetismo: «Soy libre adentro de los seres». El poeta español Leopoldo Panero opuso a este Canto gene­ral su Canto personal (Carta perdida a Pablo Neruda, Madrid, 1953). Después Neruda parece algo dis­tanciado de sus predilecciones políticas.

Desde Todo el amor (1953), poema pura­mente amoroso, pasando por Las uvas y el viento (1954), que ha levantado polémicas (lo escribió en Capri y canta «la libertad del viento, la paz entre las uvas», con absoluta sencillez y sin olvidarse de sus ardientes alusiones políticas), parece encontrar un nuevo tono que se ha afirmado en las Odas elementales (1954) y en Nuevas odas ele­mentales (1955) que continuaban una espe­cie de tercera época en la poesía nerudiana que ahora canta, en un lenguaje perfecta­mente accesible, los seres humildes y las cosas cotidianas a las que parece echar en cara su inutilidad ante la obra creadora y la vanidad de su hermosura: «Ahora / qué uso, / de qué manera, / cómo y cuándo / ser­viréis para algo?/Estoy cansado, / esta­mos, /de tanta / inútil / y magnánima… / hermosura.» Han seguido Nueva residencia en la tierra (1956), Extravacurio (1959), etc. Neruda, cualesquiera que sean las objeciones que pueda suscitar su posición política y su influencia sobre su obra es, sin duda, el poeta de mayor prestigio de Hispanoaméri­ca y uno de los valores excepcionales de la poesía continental americana.

Tiende últi­mamente a superar el hermetismo de sus primeros libros y se inclina a la simplifica­ción, aunque a veces cae en el prosaísmo. Se ha transformado en el cantor de los elemen­tos, pero pocas veces llega su canto a ele­varse de la materialidad hacia el espíritu, limitación que parece observarse en la poe­sía nerudiana, especialmente en la amorosa. Neruda ha sido estudiado y comentado por A. Cardona Peña (P. Neruda y otros ensayos, México, 1955) y en un libro de ardiente devoción por Mario Jorge de Lellis (Pablo Neruda, Buenos Aires, 1957), etc. En 1957 se publicaron en Santiago de Chile sus Obras completas en un lujoso tomo de 1265 páginas que, según Homero Castillo, se ha considerado «el acontecimiento editorial del año». La influencia de Neruda en Hispanoamé­rica ha sido muy fuerte, principalmente en la poesía chilena moderna, ya en su aspecto social (Efraín Barquero, Gonzalo Rojas, etc.) ya por profundizar en los parajes poéticos descubiertos por Neruda (Juvencio Valle, Miguel Arteche, etc.). Pablo Neruda es un poeta de hondas y constantes resonancias.

A. del Saz