Gérard de Nerval

Seudónimo de Gérard Labrunie, nació el 22 de mayo de 1808 en París y murió en la misma capital el 26 de enero de 1855. A este poeta, durante mucho tiempo poco conocido, se le concede hoy el lugar que le corresponde: el de uno de los crea­dores de la poesía contemporánea. Su vida se parece ¡a su obra; la cual, por otra parte, en aquello que tiene de mejor, no es más que una autobiografía trasladada al sueño, o mejor dicho, al símbolo. Su padre era médico militar; su madre murió cuando Gérard tenía dos años, en Silesia, donde se encontraba para acompañar a su marido. De esta primera pérdida conservó el muchacho una huella tan profunda que se la encuentra en todas sus obras, de un modo claro o por medio de alusiones: se puede decir que todo lo que escribió, todo lo que vivió representa una búsqueda de la madre perdida.

La bus­ca en las mujeres que conoce, en las divini­dades femeninas de las religiones que estu­dia; y el último viaje de este gran viajero fue el que le llevó a Goglau, a la tumba materna. Nerval inició muy pronto su actividad literaria; sin embargo, casi todo lo que ahora podemos leer de él corresponde a sus últimos años. Después de algunas poesías patrióticas, publicó a los veinte años una traducción del Fausto que le hizo célebre. Cursa estudios de Medicina que no termi­nará; vive en plena bohemia literaria, con Théophile Gautier, Amène Houssaye, Pétrus Borei; traba amistad con A. Dumas; invier­te la herencia del abuelo en fundar una revista, el Monde Dramatique, con la finali­dad sobre todo de exaltar a una actriz, Jen­ny Colon, a la que ama apasionadamente y que se convertirá en la mítica Aurelia de sus sueños. Durante muchos años, publica en diversos periódicos crónicas teatrales, re­portajes poéticos y fantasías al gusto de la época.

En colaboración con otros, Dumas y Méry entre ellos, escribe numerosas obras de teatro; la mejor y más personal es Léo Burckart, escrita en 1838, después de un pri­mer viaje a Alemania con Alexandre Dumas. Un segundo viaje le llevó en 1839-40 a Vie- na, donde pasa muchos meses; trae de allí una profunda impresión, cuyo eco se en­contrará frecuentemente en sus grandes obras. Pero en febrero de 1841, el poeta se ve atacado por una primera crisis de locura y ha de ser internado durante algunos me­ses. La segunda crisis se producirá ocho años después, seguida de recaídas cada vez más frecuentes, hasta su muerte. Después de su primera curación, sus amigos le con­siguieron una misión para Oriente, que le llevará a Egipto, Siria, Rodas, Chipre y Constantinopla durante todo el año 1843. Voyage en Orient, publicado en fragmentos y corregido constantemente, sólo aparecerá en edición definitiva en 1851.

Es una de las obras más importantes de Nerval, admirable recopilación de cosas vistas, pero también viaje interior y confesión autobiográfica; como Loréley, en el que recoge, en 1852, los recuerdos de todos sus viajes por Alemania. Bélgica, Holanda e Inglaterra. En el inter­valo entre una crisis y otra, continúa Nerval componiendo piezas teatrales y libretos de ópera y escribiendo crítica en los «feuille­tons» de los periódicos. Mientras tanto se dedica a investigaciones de ocultismo, que le suministran materia para los Illuminés, en 1852. No le quedan ahora más que tres años de vida, interrumpidos por períodos de locura. Pero en estos años escribe sus obras más notables: los sonetos de las Chimères, los cuentos (v. Silvia) reunidos en Filies du feu, los recuerdos poéticos de Petits châ­teaux de Bohême (1853) y, en fin, aquella Aurelia o El sueño y la vida (v.), en la que trata de dominar su propia locura, rastrean­do sus etapas e interpretándolas como pruebas de un itinerario místico.

Nómada en su país natal o en aquel París nocturno que evocó con un realismo de sorprendente na­turalidad en Nuits d’octobre, Nerval no parece ya el brillante «Jeune France» de otros tiem­pos. Es un hombre envejecido antes de tiempo, marcado por el sufrimiento, del que nos ha conservado la inolvidable ima­gen una patética fotografía de Nadar. El 26 de enero de 1855 — había salido de la casa de salud del doctor Blanche en octubre y había pasado un invierno difícil — se le en­contró ahorcado, al amanecer, en el callejón de la Vieille Lanterne. Dos días antes, ha­bía dejado a su tía, en cuya casa habitaba, una nota: «No me esperes esta tarde, por­que la noche será negra y blanca».

A. Béguin