[Les Roquevillard). Novela del escritor francés Henry Bordeaux (n. en 1870), publicada en 1906. El libro nos sumerge, en los momentos más dramáticos de su historia, en el seno de una familia burguesa de Saboya — gente de Leyes de padres a hijos — cuyo jefe, el abogado Roquevillard, se alza como modelo de honradez y de apego a las tradiciones. El autor, abogado a su vez, introduce como resorte del drama un artículo del Código que terminará por desencadenar calamidades sin cuento sobre toda la familia. Francisco Roquevillard conoce en el otoño de su vida una terrible experiencia. Su hijo Mauricio se ha fugado con la esposa de un notario de Chambéry, en cuyo despacho se iniciaba en los procedimientos: la morena Edith Frasne, la cual se ha llevado del abandonado hogar una suma equivalente al importe de su dote, cantidad que el notario, para vengarse, declara haber sido robada por el amante.
Mauricio nada tiene en este sentido que reprocharse, pero las apariencias están contra él porque rehúsa justificarse, a fin de no comprometer a su amada. El honor de la familia está en juego y los Roquevillard sólo tienen un medio de evitar el escándalo: que el notario retire su denuncia reintegrándole la suma que le ha sido defraudada. Mas para ello se verán precisados a vender «La Atalaya», la amada heredad de donde regresa el viejo Roquevillard después de la vendimia… Cuando plantea el caso a su hija Margarita, ésta le responde: «¡Salve a Mauricio! Si cree que la venta es necesaria, no vacile. En todo caso, disponga de mi parte». La novela nos muestra las corrientes de solidaridad de la familia para detener la amenaza y la serie de involuntarias desdichas domésticas ocasionadas por Mauricio. Pero el discurso del viejo abogado que ha tomado a su cargo la defensa de su propio hijo constituye la página maestra de la novela. («¡Pido su libertad! — grita a los jurados —. Toda su casta y yo mismo respondemos de su inocencia»). Y, efectivamente, el tribunal falla a su favor por unanimidad.
El viejo Roquevillard, que sólo es para su nuera el gran personaje de una pequeña ciudad, cobra en el pensamiento del autor, según Leplay, el valor de una «autoridad social», capaz de todos los renunciamientos para asegurar la continuidad del honor familiar. La psicología es aquí familiar, colectiva («No hay grandes destinos individuales», asegura Henry Bordeaux), y el novelista nos da a entender que Edith Fras- ne jamás habría desertado de su hogar de no haberlo encontrado vacío.

