La Máquina del Tiempo, Herbert George Wells

[The Time Machine]. Novela del autor inglés Herbert George Wells (1866-1947), publicada en 1895 y traducida a todas las lenguas.

El prota­gonista, el «Viajero en el tiempo» ha in­ventado una máquina que le permite tras­ladarse no en el espacio, sino en el tiem­po. Con ella se traslada en pocas horas al año 802.701. A través de los milenios, el clima de la región londinense se ha vuelto templado, casi meridional, la vegetación es bellísima y abundante, no hay ni rastro de animales, y los edificios, en lugar de estar todos reunidos en ciudades, surgen gran­diosos, pero esparcidos por todo el país. Los primeros habitantes que salen al encuentro del «Viajero» son graciosas criaturas hu­manas, bastante más pequeñas que la esta­tura media actual, pero muy bellas y cu­biertas de trajes de una única tela de va­rios colores. El «Viajero», curioso, deja su aparato y se va con sus nuevos amigos. Éstos, que se dan a sí mismos el nombre de «Eloes», viven en grupos de los que ha desaparecido el núcleo familiar: el ham­bre y el sueño los reúnen a centenares en los grandes palacios que, vistos de cer­ca, resultan estar medio derruidos; hom­bres, mujeres y niños pasan el día holga­zaneando puesto que no tienen ninguna aparente necesidad de trabajar, del mismo modo que parece que sus pequeñas menta­lidades no sean capaces de alimentar nin­gún sentimiento salvo el del terror a la obscuridad, que es vivísimo y común a todos ellos.

Muy pronto el «Viajero», a quien mientras tanto ha sido robada su máquina, descubre el motivo de este te­rror : en el subsuelo vive una población de diminutos monstruos, asquerosos a la vista por su extraordinaria semejanza con el hombre, incapaces de sostener la luz del día, pero activos y astutos : son los «Morlocos», los proletarios, que se han con­vertido en los verdaderos dueños de aquel mundo en ruinas. El progreso científico y técnico llegado al máximo ha efectivamen­te liberado a las clases dirigentes de la ne­cesidad de la lucha, de tal modo que, poco a poco, todas sus facultades se han ido atenuando : en compensación, los proleta­rios, mantenidos lejos del mundo de los ricos ociosos, se han adaptado incluso fí­sicamente a las nuevas condiciones de vida hasta que, a través de los milenios, han readquirido la conciencia de su efectiva su­perioridad, y, despertados los instintos carnívoros dormidos durante tanto tiempo, han aprendido a alimentarse de sus amos, ahora ya incapaces de defenderse. En com­pensación, por secular costumbre de es­clavitud, les facilitan todo cuanto necesi­tan. Después de una lucha desesperada contra los feroces y asquerosos «Morlocos», para defenderse de los cuales el «Viajero» incendia adrede un bosque, éste logra recuperar su máquina y huir.

La curiosidad lo empuja a avanzar algunos milenios más, hasta que se encuentra en una playa glacial donde toda apariencia de vida está des­truida. Vuelve a montar en su aparato y refiere a sus amigos su increíble aventura, llevando, en prueba de ella, dos extrañas flores, que le ha dado, según afirma, una diminuta mujer de los «Eloes» que le había cobrado afecto, cuando él le había salvado la vida. Estas flores, mudos testigos de que «incluso cuando la fuerza y la inteligencia llegan a faltar, la gratitud y el afecto re­cíproco siguen viviendo en el corazón del hombre», son lo único que queda del «Via­jero del tiempo» y de su máquina, pues, vuelto a salir de viaje, no reaparece jamás. En la Máquina del Tiempo (como en otras novelas suyas del mismo género, v. El hom­bre invisible),

Wells dio más de lo que semejante clase de relatos solía contener: una profética sátira de la sociedad capita­lista, una lección de vida (sólo la lucha y el peligro mantienen despiertas y fecun­das las mejores actividades del hombre) y finalmente una paradójica teoría científica que debía encontrar impensadas aplicacio­nes en el campo de la filosofía y de las le­tras. Después de las pruebas de Marcel Proust y de los numerosos escritores de la escuela del «fluir de la conciencia», des­pués de los experimentos de James Joyce, es interesante recordar la premisa de la novela juvenil de Wells: «¿Puede acaso existir un cubo instantáneo?… Es evidente que cualquier sólido debe extenderse en cuatro dimensiones : debe tener longitud, anchura, profundidad y duración… Hay, sin embargo, una tendencia a trazar una inexistente distinción entre las tres prime­ras dimensiones y la última, porque re­sulta que nuestra conciencia se mueve de un modo intermitente en una sola direc­ción a lo largo de esta última desde el principio hasta el fin de nuestra vida». La novela de Wells inspiró en 1896 al inglés Robert W. Paul un aparato llamado teatro- grafo, que proyectaba una película colo­reada a mano. [Trad. de E. G. S. con el título La máquina exploradora del tiempo (Barcelona, 1926) y de N. de M. de Zúñiga en Obras completas, t. I (Barcelona, 1953)].

L. Krasnik