[De civitate Dei]. Es la apología del Cristianismo escrita por San Agustín (354-430) en los últimos lustros de su vida. Es al mismo tiempo una filosofía de la sociedad humana en su devenir histórico, una metafísica de la sociedad, una interpretación de la vida individual y social a la luz de los principios fundamentales del Cristianismo. La causa circunstancial del libro fue la acusación formulada por los paganos (410) de que el saqueo infligido por los godos de Alarico a Roma era consecuencia del abandono del culto de los dioses tradicionales, impuesto por el Cristianismo. El autor responde devolviendo la acusación; pero primero aclara, para aviso y consuelo de los cristianos, que tampoco habían quedado inmunes ni insensibles a tan gran desastre, la verdadera naturaleza de los bienes, en qué consiste propiamente el mal, y cómo éste, que tiene origen en la voluntad que se inclina a los bienes transitorios, no puede ser procurado por la violencia exterior. Las devastaciones y estragos hechos por los godos no han dañado lo que verdaderamente vale; a lo más han constituido una prueba saludable y una advertencia elocuente para los cristianos demasiado apegados a los bienes terrenales (libro I). El contraataque a la acusación consiste en esto: en demostrar a la luz de la historia de Roma que los «males morales» y los «males físicos» afligieron también cuando el culto de los dioses estaba en flor, y el Cristianismo aún no existía.
La prosperidad y el incremento del imperio romano no pueden haber sido obra de los dioses venerados por los romanos; basta con examinar la mitología para comprobar su incoherencia y puerilidad. No son los falsos dioses, sino el Dios único y verdadero quien distribuye los reinos según sus designios, que no por estar ocultos para nosotros son menos verdaderos. Es la Providencia divina, no el azar epicúreo, ni el hado estoico quien ha otorgado a Roma su imperio en premio a sus virtudes naturales y como indemnización por la felicidad eterna que nunca hubiera conseguido. El celebrado celo de los romanos por su patria terrena ha de ser aviso y ejemplo para los cristianos al aspirar a la patria celestial (libros II-IV). Esta primera sección va dirigida contra los que opinan que se debe adorar a los dioses con miras a los bienes materiales, es decir, contra el vulgo. En la segunda sección de la primera parte — consagrada a la polémica antipagana — pasa a refutar a los que afirman que se debe practicar el culto de los dioses para obtener la felicidad ultraterrena.
Éstos son filósofos y por eso la polémica va dirigida principalmente contra ellos; y sobre todo contra su tentativa de justificar en algún modo el núcleo de la religión popular. El más autorizado de estos defensores es Varrón; San Agustín piensa que basta con refutar las justificaciones de este eminente teólogo pagano para dar por demolida la pretensión pagana de asegurar con el politeísmo la felicidad ultraterrena (libros VI-VII). Pero los filósofos no se han limitado a esto; han intentado además elaborar una teoría de los dioses diversa de la de los poetas y de las instituciones públicas; una «teología natural» que San Agustín reconstruye y refuta, siguiendo el pensamiento griego, desde los milesios a Platón y los neoplatónicos (libros VIII-X). El motivo fundamental de la polémica es: para los presocráticos, la incomprensión de la materialidad de Dios y de su cualidad de Creador; para Platón, la ignorancia del hecho de la Redención y de todo el contenido de la Revelación cristiana; para los neoplatónicos, la imposibilidad de conciliar su demonología con la omnipotencia y la perfección divinas. En la segunda parte, el autor pasa de tratar el problema principalmente de modo polémico y negativo, a tratarlo, sobre todo, de modo expositivo y dogmático.
No basta demostrar la incoherencia y lo infundado del culto politeísta; es menester probar que, efectivamente, toda la Verdad se encuentra en el Cristianismo, y cómo él satisface a un mismo tiempo el corazón y la inteligencia, y es verdaderamente el camino de liberación del mal y de la infelicidad. He aquí, pues, la descripción cristiana del mundo no tanto del físico como del moral, basado en la aspiración de la felicidad. Esta descripción se desarrolla en tres fases. Primero se discute el origen de la sociedad en general, de la «ciudad», principiando por examinar el comienzo absoluto de lo que no es Dios, es decir, la creación, y aclarando así que con ella ha tenido origen el tiempo, que es el surco señalado por la mutabilidad de las criaturas; de aquí «viene la consideración» del origen y de los caracteres de las dos ciudades del culto; la creación de los ángeles («Ciudad de Dios») y el origen de la de los malvados con la rebelión de los ángeles soberbios, y las consecuencias de ella en la vida humana y su destino (libro XI), ya que la historia de las dos ciudades entre los hombres tiene como preámbulo necesario la de las dos ciudades ultraterrenas: de los Ángeles felices sujetos a Dios con sumisión y amor y de los demonios infelices y rebeldes. En la caracterización de la ciudad terrena tienen extensa parte tres cuestiones: la del «mal», que se explica como una deficiencia de perfección y cuya causa se achaca a un desvío de la voluntad respecto al bien supremo, que es Dios, hacia el individuo; la cuestión de la «muerte» en su sentido relativo (separación del alma del cuerpo: «primera» muerte) y en su sentido absoluto (muerte del alma: «segunda» muerte), con su separación sin remedio de Dios (libro XII); y la cuestión del «pecado original», de su naturaleza (desobediencia y orgullo), de sus manifestaciones (rebelión de la carne, concupiscencia, debilitación de la voluntad), y de sus efectos principales (libro XIII).
Estos efectos se pueden advertir en toda la vida psíquica que se muestra trastornada y perturbada por el predominio de las pasiones; es significativo a este respecto el sentimiento del pudor (libro XIV). La segunda fase es la que considera los desarrollos de las dos ciudades: de la carnal, fundada en el amor de sí mismo, y de la espiritual, fundada en el amor de Dios. Cada una tiene su propia manera de vivir y de gozar; la ciudad terrena, tiene su residencia y su felicidad relativa aquí abajo; la ciudad de Dios está sobre la tierra meramente de paso, en espera de la felicidad celeste. La ciudad terrena, procede del fratricidio de Caín, mientras la de Dios tiene sus comienzos en Abel. Cada una continúa en la serie de las generaciones que la Biblia enumera desde el diluvio (libro XV) y más arriba, desde Noé, pasando por Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los Jueces (libro XVI), mientras se afirman las grandes monarquías de Babilonia y de Asiría. Y ello con un permanente significado simbólico, ya que las vicisitudes de Noé, de los Patriarcas, de Moisés y otros semejantes, prefiguran místicamente la ciudad de Dios en su peregrinación. Lo mismo vale para la época de los profetas que señala el momento culminante y la crisis irreparable de Israel, realidad y símbolo al mismo tiempo de la ciudad de Dios; también aquí el significado simbólico profético predomina precisamente sobre el histórico (libro XVII). La ciudad terrena se desenvuelve después de Noé y la dispersión de los pueblos, en las grandes monarquías orientales, de las cuales el autor da noticia por medio de la crónica de Eusebio de Cesarea, en los reinados helénicos y en la Roma antigua; para ésta se sirve prudentemente de Varrón.
Aquí queda subrayado el carácter mixto de la historia humana, la imposibilidad de distinguir en ella la ciudad terrena y la ciudad celeste, que siguen siendo dos realidades metafísicas cuya separación empírica, sensible, queda reservada al juicio final de Dios. Esto vale particularmente para los primeros siglos de la era cristiana, en que la Iglesia (la «ciudad de Dios») vive mezclada con la ciudad del mundo, hasta el punto de albergar en ella también hombres carnales, aunque tal vez deseosos de redención. De ahí las persecuciones, las herejías, los escándalos, que, con todo, tienen su función beneficiosa sobre la ciudad de Dios metafísica; sus «santos» (libro XVIII). La tercera fase se refiere al resultado final de las dos ciudades; felicidad eterna para la una, infelicidad eterna para la otra. Aquí (libro XIX) se vuelve a tratar extensamente la cuestión de la verdadera naturaleza de la felicidad y de su carácter necesariamente trascendente, divino. De aquí la confutación de los estoicos que presumían llegar a ella por sus propios medios: la vida humana, vista con ojos realistas, es desorden, pasionalidad, violencia; la racionalidad y la paz no son de este mundo, ni es aquí donde las cosas reciben su valoración definitiva. Ésta depende del juicio futuro de Dios (libro XX); a su luz, el vicio se revelará como tal, aunque aquí abajo se presenta con el aspecto fascinador de la virtud y de la felicidad. Nada seguro se sabe acerca de cuándo vendrá ni cómo se desarrollará. Desde luego, el Juez será el Cristo glorioso, y la última fase de la historia humana estará muy agitada por luchas espirituales y acontecimientos físicos gigantescos: y ciertamente el fin y el juicio representarán una regeneración, una palingenesia del mundo. Entonces tendrá lugar la distinción también real de las dos ciudades.
A la ciudad del mundo tocará una eternidad de dolor, a la vez moral y físico (libro XXI); eternidad de pena contra la cual no valen ni las objeciones físicas derivadas de la pretendida imposibilidad de un fuego que no se consume, ni las morales que dependen de la presunta desproporción entre un pecado temporal y un castigo eterno: la gravedad del cual será, sin embargo, proporcionada en su intensidad a la entidad de la culpa. En cambio a los santos quedará reservada la bienaventuranza eterna (libro XXII); no sólo para las almas en la contemplación de Dios, sino para los propios cuerpos que resucitarán a una vida real aunque diversa de la terrena. La forma de la resurrección no está clara; pero el hecho, a pesar de las objeciones de los platónicos, es cierto; como es seguro que, aun siendo la ciudad de Dios en primer lugar obra de la predestinación divina, para ella no es indiferente la orientación del libre albedrío humano. La observación de la vida psíquica podrá dar a entender cuál será la bienaventuranza eterna como satisfacción de las exigencias positivas del hombre. Ella será por lo tanto el gran sábado, la paz suprema en el reino de Dios. El De civitate Dei es, por lo tanto, por universal reconocimiento, la obra que expresa mejor que otra alguna la polifacética personalidad de San Agustín, a un mismo tiempo exegeta, metafísico, psicólogo y teólogo. En ella confluyen, emergiendo de vez en cuando, los motivos de obras precedentes, que han formado tanta parte de la vida intelectual y religiosa del Padre africano: el anti maniqueísmo y el anti platonismo del De la verdadera religión (v.) y de las Confesiones (véase); el anti donatismo y el anti pelagianismo que informan las largas digresiones acerca de los problemas interiores de la Iglesia.
En ella todo es orgánico; reanudada y abandonada muchas veces, su redacción se lleva a cabo entre el 410 y el 426, y se presenta sobrecargada por las polémicas contingentes. Es, sustancialmente, no una filosofía de la historia (de la historia San Agustín conocía muy poco; sus informaciones se limitaban a la Biblia, a Eusebio y a Varrón), sino una metafísica de la sociedad; es decir, una determinación de lo permanente en lo mudable de las conductas humanas, de las fuerzas secretas que deciden el diverso comportamiento de individuos y naciones. Lo que en las Confesiones había hecho para el individuo, reduciendo el drama de los afectos y de las inquietudes del hombre en particular al drama Dios-Hombre (de Dios que asedia el corazón del hombre con su amor; del hombre que huye de Dios yéndose tras los bienes ilusorios, que después con sus «saludables amarguras» hacen pensar con nostalgia en Dios como en el bien supremo), en el De civitate Dei, San Agustín lo hace acentuando los elementos propiamente teológicos y bíblicos. Sólo que aquí las pasiones y las ambiciones son las desencadenadas por la primera voluntad humana (de Adán) que se ha preferido a Dios; aquí la gracia redentora libera no sólo a San Agustín sino a todos los hombres, llamados a la salvación de la «masa de los pecadores» en Adán. La lucha entre las dos ciudades, que estriba respectivamente sobre el «amor sui» y el «amor Dei», es el reflejo social de la lucha entre el viejo y el nuevo Adán en cada uno de nosotros. Todo ello fundado, por una parte, en una penetrante observación de la realidad efectuada en nosotros y fuera de nosotros; por otra parte, en los grandes documentos de la Revelación cristiana penetrados con aguda exégesis, con la guía de los Padres griegos, de San Ambrosio, de San Jerónimo, y en su mayoría experimentados con su eficacia renovadora en la propia vida cristiana y en la sociedad de los cristianos, la Iglesia.
La primera idea de esta visión teológica de la historia humana, como historia de pecado y de salvación, de infelicidad y de felicidad, está tomada de San Pablo (Epístola a los Romanos, v.) y del Apocalipsis (v.) de San Juan, y más particularmente del comentario a este último por un ermitaño donatista: Ticonio. En su desenvolvimiento ha valorizado la tradición apologética de Tertuliano a Orígenes, reviviéndola con su larga experiencia de pensador y de obispo, dilatando sus perspectivas, haciendo de ella una interpretación de la historia humana. Por esto ha ejercido sugestión profunda en todas las edades y en todos los individuos inquietamente curiosos de su propio destino. Por esto en las polémicas medievales entre Papado e Imperio, los polemistas han querido beber en él (identificando erróneamente su ciudad de Dios con la Iglesia empírica, y la ciudad del mundo con el Estado concreto); por esto todos los que han vuelto a meditar el problema de la historia se han referido a él, desde Bossuet a Balbo; por esto, a pesar del desarrollo de las ciencias históricas, es todavía un libro vivo y, a pesar de sus digresiones contingentes, no cesa de tener lectores. Fue el primer libro impreso en Italia (1467, en Subiaco) y atestigua que el humanismo sintió su poderosa fascinación, como la sintieron los reformadores, Pascal, Manzoni y Kierkegaard. [La primera traducción es la versión clásica de Antonio de Roys y Rozas (Madrid, 1614), reimpresa varias veces. En el siglo XVIII es preciso mencionar la del Dr. José Cayetano Díaz de Beyral (Madrid, 1793-1797), reimpresa modernamente].
M. Bendiscioli

