La Ciudad Antigua, Numa-Denis Fustel de Coulanges

[La Cité antique]. Obra acerca de las instituciones so­ciales de la antigüedad griega y romana, de Numa-Denis Fustel de Coulanges (1830- 1889), publicada en París en 1864. De ca­rácter interpretativo más que informativo, se propone referir las más antiguas institu­ciones civiles a la religión. Según las «anti­guas creencias» (a las cuales está dedicado el primero de los cinco libros), los difuntos sobrevivían en el sepulcro y ejercían in­fluencia propia sobre los vivos, lo cual dio lugar a la primera forma de religión, con ritos considerados indispensables para la fe­licidad de ultratumba. El culto de los muer­tos se torna de este modo fundamento de la cohesión y de la continuidad familiar, dada la importancia de asegurarse por medio de descendientes las honras necesarias para la paz del alma. Por eso eran únicamente ad­mitidos en él los descendientes en línea recta masculina, y sus ritos se desenvolvían en la tumba de los antepasados, que se levantaba junto a la casa, o al hogar, donde se tenía encendido el fuego sagrado. La «Familia» (Libro II) recibe las primeras reglas jurí­dicas y morales de esta religión; porque todo lo que interrumpe o altera la descen­dencia compromete la continuidad del culto y su eficacia. De este modo se explican la autoridad paterna (el «pater» era su sacer­dote), el matrimonio religioso y su indiso­lubilidad, la condena por adulterio, la con­dena del celibato, el repudio por esterilidad, y la institución de la «adopción».

La pro­piedad fue, por lo tanto, originariamente, nada más que la inviolabilidad de la tierra donde están las tumbas de los «antepasa­dos», y el término (límite, confín) fue sagrado. El derecho de sucesión se transmite con las mismas leyes de la transmisión del culto. Los siervos y los clientes están vincu­lados por admisión a los ritos familiares. La «gens» no era sino una familia en sus varias ramas, enlazadas por la religión común. De la familia, primera forma de sociedad humana, se pasa a la «Ciudad» (libro III). Cuando la asociación se extendió a com­prender varias familias (patrias, curias, tri­bus), siempre consistió el vínculo en un culto común, dedicado a un hombre divi­nizado (héroe epónimo). Pero al mismo tiempo se desarrolló, sin ninguna relación con la religión de los muertos, conservada en las familias, la adoración de las fuerzas de la naturaleza, la cual dio lugar a una más compleja elaboración religiosa. Tam­bién ésta tuvo al principio el carácter de culto doméstico, por el cual se multiplica­ron al infinito las divinidades; pero entre ellas predominaron algunas, haciéndose co­munes, y consagrando entre los hombres re­laciones que iban más allá del círculo fa­miliar. La ciudad antigua fue, pues, una confederación de asociaciones familiares in­dependientes entre sí, de donde se originó la necesidad de una religión común para consagrar reglas comunes. Análogo al fami­liar, este culto fue exclusivo de la ciudad y se ejerció en torno al hogar (pritaneo), ex­cluyendo a los extranjeros y a los desterra­dos. No existía acto de vida pública que no estuviese acompañado de un rito; sacerdo­tal fue el carácter de la monarquía primi­tiva; y de la autoridad religiosa del rey derivó su autoridad judiciaria y militar. Así la ley era considerada de carácter divino, más que fundada en un concepto de jus­ticia.

La sociedad así constituida excluye, por lo tanto, el concepto, típicamente mo­derno, de la libre «libertad individual» de los ciudadanos. El autor examina después, en el libro IV («Las revoluciones»), las cau­sas de la disolución de la ciudad antigua, reduciéndolas a dos: el debilitamiento de las antiguas creencias religiosas, por causa de una natural evolución espiritual, y la existencia de una clase de hombres, que sintiéndose por varias causas extraña a la or­ganización de la ciudad, tenía interés en destruirla. La filosofía griega refirió a la razón el fundamento de la ley; y la plebe penetró en la ciudad con las revueltas y con el ascendiente dado por la riqueza, no ya derivado de la sola propiedad territorial, sino de otras actividades económicas. Final­mente Roma (libro V, «La conquista roma­na»), al desacreditarse el régimen municipal, fundió en un solo organismo estatal las dis­tintas ciudades. El cristianismo dio el golpe definitivo a la sociedad antigua, destruyendo toda divinidad particular de Una familia o de un pueblo, y haciendo prevalecer universalmente el concepto, que ya se había afirmado en la filosofía griega, de un valor y de un fin individuales distintos de la vida del Estado. Esta obra de Coulanges, de im­portancia fundamental por la originalidad de su punto de vista, por la rara penetración de sus intuiciones, y por la novedad de sus conclusiones, fue considerada con justicia como una obra maestra. Sustrayéndose y en parte oponiéndose a los principios del Positivismo histórico, se nutre más bien de una investigación psicológica, para emparentarse con las más valiosas corrientes espiri­tuales de la primera mitad del siglo XIX, mientras su punto de partida recuerda las ideas fundamentales de Vico. Su visión de la ciudad antigua, sin embargo, resulta ver­dadera y sugestiva sólo desde un punto de vista particular, mientras quedan en la som­bra los elementos económicos y políticos que no se podrían encuadrar en ella. Gran parte de esta obra genial ha quedado como una adquisición importante para los estudios históricos y a cada momento se pueden re­ferir a ella algunas de las orientaciones más modernas en la interpretación de la ciudad antigua.

P. Onnis