La Ciudad de la Niebla, Pío Baroja

Obra del gran novelista español Pío Baroja (1872- 1956), publicada en 1909. Con La dama errante (v.) y El árbol de la ciencia (v.), constituye esta novela la trilogía de La raza. Responde al criterio, enunciado en otra oca­sión por Baroja, de novelar una serie de episodios coherentes de la España contem­poránea. Tenemos aquí los mismos perso­najes^— me refiero a los protagonistas — que ocuparon las páginas de La dama erran­te (el doctor Aracil y su hija María), insta­lados ya en Londres, después de las tenta­tivas revolucionarias narradas en la novela precedente. Dos partes forman la estructura de la novela: en la primera, los Aracil son todavía la unidad indivisa, mientras que en la segunda, María, independizada por la boda de su padre, lucha en soledad por abrirse camino en la dureza de la vida lon­dinense. Al final, las personas vuelven a unirse; el doctor Aracil regresa tras el fra­caso de su segundo matrimonio en tierras de ultramar, y Maria, casada con un pa­riente suyo, es «una señora sedentaria y tranquila», madre de un hijo. La novela tiene una precisa arquitectura en torno a la evolución espiritual de los personajes y a su deambular por la amargura del exilio. Pero esa unidad, rara vez alterada, es como la lanzadera que fuera urdiendo el vivir sereno o el fugaz tránsito de tantas cosas como Baroja va poniendo ante nuestros ojos. En ambas partes hay logradas descripciones de paisajes londinenses, visiones impresio­nistas, tamizadas por el suave velo de una neblina o de una lluvia cernida, que hace pensar en alguno de los más bellos cuadros de su hermano Ricardo (¿cómo no recordar El muelle de los orfebres parisino?).

Sin embargo, la galería de tipos varía mucho en una y otra parte. En la primera, el hotel sirve — como tantas veces en la obra de Baroja — de cita a una serie de tipos y ti­pejos en los que abunda sobre todo la mesocracia, con brillos y tristezas, pero con el relativo fulgor que da la vida de sociedad, por modesta que sea. En el vórtice de esa vida se pierde el doctor Aracil, casado con la señora Rinaldi, una viuda sudamericana a quien María no quiso servir. La gente que pulula por la segunda parte es muy otra. Es una colección de personajes movidos en la dura necesidad de un vivir nada agradable. Son los tipos exóticos, como la rusa y su hijita, el polaco, los judíos, etc. Gentes para quienes la vida tiene mucho de áspera exi­gencia y de angustiosa desazón. Es lógico que en este mundo, como evasión de la ac­tualidad hostil, haya cierta huida hacia un Londres visto a través del pasado: llámense consideraciones arqueológicas, valoraciones artísticas, crítica literaria o como queramos. Porque de todo esto hay abundantemente en la novela. Todo visto — por supuesto — con las pinceladas sueltas y precisas de un cua­dro impresionista, pero, también, como era de esperar, con un atroz pesimismo y con unas notas agrias y duras que hacen pensar en lo que Solana significó para la pintura española contemporánea; válganos un solo botón de muestra, aquel en que se describe la presencia de unos mendigos por las ca­llejuelas de Whitechapel Road. Los dos ti­pos principales de la novela ofrecen una acabada evolución psicológica. El doctor Ara­cil, lentamente ganado por la abulia, acaba cayendo en un absurdo egoísmo, en el que impensadamente pretendía sacrificar a su hija. Ésta, María, es la mujer fuerte y abne­gada para quien no existe la palabra clau­dicación.

Ella sola — contra todos — apoya­da por el consejo de su pariente Venancio o por la escasa ayuda de Natalia, la amiga rusa con la que vive, va sobreponiéndose a los ramalazos adversos hasta hacerse dueña de su propia libertad. Natalia, fatalista, sa­crificada, podría ser una criatura sacada de la novelística eslava (tan finamente estudia­da nos parece), como Vladimir, el fácil ena­morado, fracasado — también esto podría ser doctoievskiano — en una hondura de cobar­días. Vidas y gentes movidas en sombras y tristezas; para ellas, los barrios sórdidos de Londres y la hostilidad de una ciudad, ciega, a las criaturas que entre sus garras se de­baten.

M. Alvar