[La faute de l’abbé Mouret]. Novela de Émile Zola (1840-1902), publicada en París en 1875. Forma parte del ciclo de Rougon Macquart (v.) y su puesto está entre La Conquista de Plassans del 1874 y Su Excelencia Eugenio Rougon [Son Excellence Eugéne Rougon], aparecida en 1874. El joven abate Sergio Mouret vive en una apartada parroquia, con su hermana Desiderata. Humilde y bondadoso, afirma que no hay que desesperar de los pecadores y por ello va al encuentro de su debilidad para encaminarlos hacia su salvación. En el mismo pueblo vive su hermano, Archangias, de moral rígida y carácter terrible y violento, que vitupera al joven sacerdote por su mansedumbre: es preciso exterminar al pecado en todas sus formas, dice, o si no, seremos vencidos por el Maligno. Un día, el tío del abate, el doctor Pascual Rougon, pasa por la comarca para ir a visitar a un enfermo, el misántropo o materialista Jeanbernat, llamado el Filósofo, guardián de un inmenso parque abandonado, el «Paradou». Con él vive una joven sobrina, Albina, que crece en aquel mundo libre y virgen de la naturaleza. Al acompañar al doctor para convertir al viejo, el abate ve a la muchacha, salvaje y toda instinto, y queda preocupado, sin comprender la causa de su turbación. Algún tiempo después, el joven, que había tenido ya crisis y enfermedades, es presa de una fiebre mortal; su tío lo lleva al Paradou para curarlo de su místico aislamiento.
En aquel mundo, que le recuerda el origen del hombre, tiene lugar «la falta» del abate. Inconscientemente se abandona al esplendor del enorme jardín, a su perfume embriagador; poco a poco, curado por Albina, siente hacia ella una ternura cada vez más viva, hasta que, entre las dos criaturas, estalla el amor con fuerza incontenible. En la inocencia de la naturaleza halla Sergio una fuerza nueva, que da paz a su espíritu. En el jardín misterioso, los dos jóvenes viven días felices, olvidados del mundo. Pero el implacable Archangias vela por la salvación del abate; le confunde con el severo recuerdo de su pasado y le saca fuera del Paradou. Vuelve Sergio a su vida de sacerdote, entre nuevos tormentos y nuevos impulsos hacia Dios. Quiere redimirse del pecado y lucha con todas sus fuerzas para purificar a su alma del recuerdo. Y así pasa sus horas entre sacrificios, orando y sufriendo. Y hasta cuando Albina acude a la casa rectoral para llamarle a sí, resiste y vuelve su corazón a Dios. Si vuelve al Paradou en un momento de debilidad, es para dejar definitivamente a la mujer y volverse por completo a Dios. Cumple así sus deberes, pero Albina, dolida de su abandono, ya no siente la belleza de la vida, ni el encanto del jardín. Llena su cuarto con flores de perfume embriagador y muere asfixiada mientras duerme. Con ella se extingue la vida que palpitaba en su seno maternal; vano es ahora el amor del joven que la abandonó por la cruel piedad de su Dios. Destrozado, pero sereno, Sergio arroja la primera paletada de tierra sobre el túmulo de Albina, y termina así sus sufrimientos en la suprema prueba del sacrificio.
La novela quiere poner de relieve el contraste entre la vida de la naturaleza, llena de encanto y de alegría, y la ascesis religiosa: sólo la muerte puede terminar un drama tan sutil, de una psicología al margen de la realidad, que se eleva a las alturas de la ansiosa contemplación de lo divino. Es notable en la obra la parte que describe los amores ingenuos y primitivos de ambos jóvenes: el jardín resulta una vasta sinfonía, en su complejidad maravillosa, como un personaje que vibra con la vida de los seres: es una de las páginas más merecidamente famosas de Zola.
C. Cordié
Libro de intención perversa, bajo la aparente sencillez de sus descripciones. Es sencillamente la vieja idea pagana, vencida por el cristianismo, que vuelve a la carga. Es el naturalismo de la bestia, puesto, sin vergüenza y sin pudor, por encima del noble espiritualismo cristiano. (Barbey d’Aurevilly)

