Itinerario Siríaco, Francesco Petrarca

[Itinerarium Syriacum]. Obra geográfica en latín de Francesco Petrarca (1304-1374), escrita en 1358 a instancia de Giovanni di Mandello, caba­llero milanés, que iba a partir para Tierra Santa. Está comprendida en la edición de las obras completas de Petrarca (Opera quae exstant omnia) publicada en Basilea en 1581.

En forma de carta, el poeta expone cuanto se sabía en su época sobre el tema: con informaciones geográficas, históricas y eruditas, ilustra los lugares de peregrina­ción. Las noticias recogidas por Petrarca, sacadas de libros y manuales, tanto clásicos como medievales, indican la segura erudi­ción del autor, pero también limitan el inte­rés científico de la obra en cuanto sólo al­gunas están sugeridas por una visión perso­nal de los lugares. De ahí que, por lo que se refiere a las tierras de Italia, Petrarca es elocuente y vivaz, tanto al evocar los tiempos de su juventud como al mencionar personas y acontecimientos históricos más recientes. Son notables las páginas sobre Génova, señora del mar, «virisque et moenibus superbam», y sobre lugares admirables y estupendos como Rapallo y Sestri, Portovenere, las bocas de la Magra, la Lunigiana, Pietrasanta, Lucca, Pisa, Livorno, La Capraia y la Gorgona, Grosseto, Civitavecehia, y la grande e inmensa Roma.

Se hallan luego las tierras del Lacio y de la Campania, densas de recuerdos históricos y literarios, desde las guerras de Roma hasta el testimonio de la Eneida (v.); Calabria y Sicilia, llenas de lugares encantadores y de severos recuer­dos. Grecia y las islas de su archipiélago, así como Chipre, Trípoli de Siria, Cesárea, Jaffa y Ascalón, llevan la mente a meditar sobre los hechos de los siglos lejanos: y por fin — meta sublime — Jerusalén presenta el escenario de la vida de Jesucristo hasta su último sacrificio. En la Ciudad Santa hallan consuelo todas las fatigas del peregrino, ya que sólo en la mística tierra que vio a Cristo hombre y Dios, el alma se exalta en la meditación y aspira a las supremas certi­dumbres. Ante los signos de la gracia divina desaparecen los males de la tierra, los desas­tres y los sufrimientos: no quedan más que la espera del cielo y las meditaciones de las profundas verdades que Dios ha revelado al hombre, con la grandiosidad de los acon­tecimientos históricos y la santidad de la palabra mesiánica. En medio de tanta bea­titud, ¿qué es la gloria humana? Recuérdese la muerte de Pompeyo, lastimosa y triste: «O fortunae fides, rerum finis humanarum!» concluye pensativamente Petrarca. En vir­tud de esta mezcla de noticias eruditas, des­cripciones geográficas y meditaciones reli­giosas y filosóficas, la obra conserva un ca­rácter singular, aunque no figure entre las más originales del gran poeta.

C. Cordié