[Gaspard de la nuit]. Volumen de baladas en prosa de Aloysius (Louis) Bertrand (1807-1841), publicado en 1842, a cargo de los amigos del autor. Si bien apreciado por algunos entendidos y honrado con un prólogo de Sainte-Beuve, el libro permaneció largo tiempo en la obscuridad. Cerca de veinte años después, Baudelaire, en el prólogo de su Spleen de Paris (v.), hacía alusión a él, considerándolo como la obra de un precursor de la poesía moderna; y desde entonces la fama y la influencia de estas páginas han ido en aumento.
Se trata de una colección de breves y pintorescos fragmentos poéticos en prosa, verdaderos «pequeños poemas en prosa», nuevo género literario del cual Bertrand puede considerarse el iniciador. Comienza con una larga introducción, que tiene por epígrafe cuatro versos de las Consolaciones (v.) de Sainte-Beuve, y se abre con una serie de pentasílabos que celebran los fastos medievales de la ciudad de Dijon. El autor narra después el encuentro con un extraño tipo de poeta maniático, que le cuenta largamente sus experiencias en una mística búsqueda del Arte y desaparece dejándole en las manos un manuscrito: «Gaspar de la Noche, Fantasías a la manera de Rembrandt y de Callot».
Sigue una introducción, firmada por el mismo Gaspar, donde el autor se limita a justificar el extraño carácter de la obra apelando a la memoria de numerosos pintores, especialmente flamencos; después, una «Dedicatoria» a Víctor Hugo, en la cual el poeta se manifiesta en trance de decir adiós a la vida dejando como único testimonio de sus sueños este pequeño libro. Finalmente las «Fantasías de Gaspar de la Noche»: una serie no muy numerosa de narraciones en prosa, divididas en seis «libros» («Escuela flamenca», «El viejo París», «La noche y sus encantos», «Las Crónicas», «España e Italia», «Silvas»), con un apéndice de otras pocas composiciones de asuntos varios. Los recursos románticos tienen brillante representación, como puede advertirse incluso en los títulos («El alquimista», «Partida hacia Saba», «Vagabundos nocturnos», «La sala gótica», etc.); ventanales góticos, obeliscos, torreones, torres y campanarios, sílfides, gnomos y hadas, espíritus, íncubos y súcubos, soldados mercenarios, maleantes, vagabundos, ahorcados y suicidas giran vertiginosamente en estas páginas, evocados con innegable fuerza.
El autor reconoce evidente como maestros a Hugo, Chateaubriand, Byron, y tiene por hermanos mayores a Gautier y Nodier; pero por encima de las huellas de este último, y al igual que Nerval, injerta en la colorida truculencia de la escuela francesa las místicas fantasías del romanticismo germánico. Su librito puede ser, pues, considerado como un pequeño compendio del Romanticismo. Tiene, no obstante, una característica muy suya, que lo emparenta con las obras más originales, y le hace precursor de las modernas audacias de la poesía francesa, desde el simbolismo al surrealismo. Bertrand usa el acostumbrado material arqueológico con plena libertad de espíritu, revive estas pintorescas visiones de un pasado libremente reconstruido con irónica y arbitraria independencia. Su subjetivismo, si bien es capaz de cuadros de sorprendente seguridad, todo lo remite a la íntima realidad sentimental, a aquel momento determinado de la vida interior del poeta que sabe encontrar, en esta atmósfera verdaderamente mágica, trazos resolutivos.
M. Bonfantini
Bertrand ha señalado un camino, una tierra de promisión, el poema en prosa de Baudelaire y de Mallarmé. (Thibaudet)
* Siguiendo la línea de tres baladas del Gaspard, Maurice Ravel (1875-1937) compuso tres piezas para piano: «Ondina», «Le Gibet», «Scarbo», ejecutadas en París en 1909. La «Ondine» es la gota que se forma por condensación encima del cristal de una ventana y que se desliza después caprichosamente, brillando a la luz de la luna. «Gibet» es un cuadro macabro donde aparece un ahorcado iluminado por los rayos del sol poniente; «Scarbo» es el escarabajo diabólico que gira por la habitación «como un pequeño huso despeñado de la roca de una bruja». Éstos son los temas literarios de la composición; pero Ravel, al concebir los tres poemas, se proponía especialmente (como puede verse por una carta dirigida a Maurice Delage) realizar «páginas para piano de virtuosismo trascendente, más difíciles de ejecutar que el Islamey de Balakirew». Y la solución de un problema de «oficio musical» puede dar, como en este caso, una obra de arte; puesto que, precisamente superando los límites del puro virtuosismo, el músico ha dado vida a una de sus obras más expresivas. Nos encontramos frente a un Ravel que del impresionismo ha conservado los procedimientos técnicos y no su espíritu introspectivo: él «mira hacia fuera», describe y se deja impresionar por el mundo exterior. Además Ravel ha pasado ya de la «mancha» impresionista a un dibujo más preciso; trabajando con dibujos musicales de líneas en contrapunto bien definidas.
E. M. Dufflocq

