Epístolas de San Agustín

[Epistolae]. Colección de las cartas que han llegado has­ta nosotros de la correspondencia del obis­po de Hipona Aurelio Agustín (354-430), en número de 230 (a más de 53 correspon­sales), así distribuidas en la edición bene­dictina reproducida por Migne en la Patro­logía latina (tomo XXII entero): anterio­res al episcopado (386-395), treinta cartas; desde comienzos del episcopado hasta la famosa controversia con los donatistas y la lucha contra Pelagio (396-410), noventa y dos; desde el 411 hasta su muerte (430), ciento siete, además de treinta cartas de fe­cha incierta.

Esta correspondencia es de gran ayuda para penetrar en los meandros de la vida y del espíritu y como docu­mento de la influencia y confirmación de las doctrinas de esta gran personalidad. La mera amistad ocupa en las cartas una par­te mínima, pero siempre el mismo ardor en la investigación de la verdad y en el estímulo por la perfección campea en las cartas, algunas de las cuales constituyen microscópicos tratados; ya cuando en la primera serie trata de la cuestión de los sueños, en una carta a Nebridio, y encuen­tra natural que, «entidades que se sirven de un cuerpo aéreo o eterno», tengan pode­res superiores; ya cuando exhorta cálida­mente al noble joven Licencio, su discí­pulo, para que abandone «la mortífera voluptuosidad que miente, muere y mata» y ofrezca a Dios y a su Iglesia el áureo y espiritual ingenio que ahora es presa de Satanás y de la lujuria; o bien cuando en la segunda serie, exhorta a Edoxio, abad de un monasterio de la isla Capraria, para que la tranquilidad que allá goza la apro­veche en obras de piedad y no se deje llevar por la pereza; o bien cuando en dos cartas de veintisiete capítulos trata de las ceremonias de la Iglesia, o disuade a San Jerónimo de la traducción del hebreo del «Antiguo Testamento», aconsejándole en su lugar que vea la versión de los «Setenta»; bien en la carta a Donato, procónsul de África, exhortándole sí, a frenar a los donatistas, pero no a matarlos, «debiendo corregir y vencer con el bien»; o bien cuando en la tercera serie, la más amplia, y en la que abundan las cartas tratados (hasta de 23 capítulos), escribe a Inocencio «Papa de Roma» (también Jerónimo escri­biendo a Agustín le ha dado ya el título de «Papa») rogando a «Su Santidad» que se digne condenar los errores de Pelagio; o bien cuando asegura al guerrero Boni­facio que «no todos los que militan en la guerra disgustan a Dios», «cuando la vo­luntad quiere la paz y sólo la necesidad impone la guerra»; o discute sobre el ori­gen del alma; o en una interesante expo­sición a Evodio, sobre la aparición de un joven muy amado secretario suyo ya di­funto, contesta exponiendo que sus ideas son bastante cautas respecto a semejantes apariciones y previsiones, comentando tam­bién las experiencias de un famoso médico, Genadio, que «dudaba de que existiese una vida después de la muerte».

«En ningún lugar, como en estas cartas», escribe Ebert, «aparece la considerable importancia de que gozaba Agustín entre sus contemporá­neos». Le consultan como a un oráculo obispos y doctores. A él recurre la monjita que había preparado una túnica para su hermano diácono, ahora difunto, rogándole que la consuele poniéndosela él; tam­bién una piadosa muchacha para que la instruya; él dirige la resistencia contra donatistas y pelagianos, y también aconseja en la inminente invasión vandálica: «Soücitudo omnium ecclesiarum», como había, dicho San Pablo (2 Corintios, 11, 28). Los benedictinos han clasificado las cartas en: teológicas, polémicas, exegéticas, eclesiásti­cas, morales, filosóficas, históricas y fami­liares; pero puede decirse que en cada una de ellas, Agustín reúne todos estos géne­ros literarios, enlazados y fundidos uno en otro, gracias especialmente al tejido conec­tivo, que penetra en cada período, de las citas de la Sagrada Escritura. Las Epísto­las han dado origen a estudios especiales (por ejemplo, la correspondencia entre San Agustín y San Jerónimo), y hay sobre ellas una extensa bibliografía.

G. Pioli