Título de dos tragedias griegas de Eurípides y Sófocles. Sobre el regreso de Orestes (v.) a su patria y sobre su matricidio, Esquilo había escrito Las Coéforas (v.) donde el motivo dominante parte de una interioridad religiosa: la orden divina de cumplir una venganza. A este drama responde Eurípides (480-406 a. de C.), en la primavera del año 413, con una Electra, en la que el episodio se transfiere a una tonalidad familiar y doméstica: es el racionalista que contradice al creyente el derecho de la leyenda, introduciendo novedades no sólo en la interpretación del mito y en los caracteres, sino también en los datos del famoso relato tradicional. Electra (v.), después de la muerte de Agamenón (v.) y llegada a la edad de casarse, es dada por~ Clitemnestra (v.) y Egisto (v.) como esposa a un pobre campesino, para que de ella no nazcan hijos nobles capaces de vengar a Agamenón. El heredero de este héroe, su vengador natural, Orestes, ha sido ya en su niñez arrebatado por su pedagogo a Egisto (que quería darle muerte), y ahora se encuentra desterrado cerca de Estrofio, rey de la Fócida.
Egisto no ha dejado de desear su muerte y ha ofrecido un premio a quien lo mate. Electra, mientras tanto, vive en la casa del pobre labrador, el cual, modelo de delicadeza y de prudencia, como más de una vez son en Eurípides los personajes más humildes, ha respetado la pureza de su esposa. Todo esto lo narra en el prólogo el mismo campesino, ante su casa, donde tiene lugar la escena del drama. A Electra, que sale para ir a buscar agua y se lamenta de su suerte, el buen hombre le dice algunas palabras de consuelo y aliento. Después de marcharse los dos, llegan Orestes y Pilades (v.). Orestes viene por orden de Apolo Délfico a vengar a su padre. De momento se esconderá en aquel lugar solitario junto a la frontera para tener fácil huida en caso de ser descubierto.
Cuando vuelve Electra, Orestes, que la toma por una esclava al ver la pobreza de su traje y su cabeza rapada, se esconde y se queda al acecho. Electra canta una lamentación sobre la muerte de su padre y su miserable situación; el coro, compuesto por muchachas de la Argólida, continúa su lamento. Como es la fiesta de Hera en Argos, las muchachas querrían que Electra fuera con ellas a la ciudad, pero para Electra no hay posibilidad de alegría ni de fiesta. Se muestran Orestes y Pilades. Electra se asusta, pero Orestes, que la ha reconocido por sus palabras, le dice, ocultando todavía su nombre, que ha venido a traerle noticias de su hermano. Animada por una nueva alegría, Electra narra al extranjero su vida, sus humillantes bodas y la generosidad del excelente campesino. Manifiesta su odio contra su madre y su deseo de que muera, y declara sin vacilar que de buen grado le daría ella misma la muerte.
Encarga al extranjero que lleve a Orestes este mensaje; su hermana le está aguardando con toda su alma, como ejecutor de la venganza. Orestes, al oírla, contiene a duras penas su emoción. Invitado por el campesino, acepta su hospitalidad, haciendo un elogio de este hombre humilde y generoso. Para mejor recibir a sus huéspedes, Electra manda decir al viejo esclavo, que fue pedagogo de Agamenón y salvó a Orestes en su niñez, que venga, trayendo algunas provisiones. El hombre lo hará con gusto por quien ha venido a anunciar que Orestes vive. En un estásimo el coro canta la gloria y la desventura de Agamenón, el héroe espléndido, vencedor de Troya, que hubo de ser sacrificado al amor adúltero de Clitemnestra. Llega el anciano pedagogo, que apenas puede andar, pero que viene de buen grado a ofrecer lo poco que tiene. Al pasar junto a la tumba de Agamenón se ha detenido a ofrecerle libaciones y ha visto — y todavía le dura la emoción — señales de un sacrificio reciente y un rizo de cabellos rubios dejado en ofrenda encima del túmulo. Para él no cabe duda: Orestes ha vuelto.
Intenta convencer a Electra, pero ésta se niega a creer sus argumentos que son, con artificio de tendencia polémica netamente euripídeo, los mismos que bastan a la Electra de Esquilo para reconocer a su hermano en Las Coéforas: la semejanza de los cabellos, las huellas de los pies sobre el terreno, análogas a las de Electra; la posibilidad de reconocerle por un vestido tejido precisamente por ella. Pero si el viejo no tiene suerte con sus argumentos él es en cambio el autor del reconocimiento (es más: Eurípides le introduce en el drama únicamente con este objeto). En efecto, seguramente movido por un presentimiento, al llegar delante del extranjero lo observa largo rato y descubre la cicatriz de una herida que Orestes, en su niñez, se había causado en una caída. Ahora también Electra queda convencida. Los dos hermanos se abrazan, impulsados por un mismo sentimiento: la venganza. Después de unas pocas palabras de gozo del coro, Electra y Orestes se ponen de acuerdo para realizar su propósito.
El plan para dar muerte a Egisto es sugerido por el anciano que le ha visto no lejos de allí, preparándose para ofrecer un sacrificio a las Ninfas. Orestes deberá presentársele y seguramente será invitado a tomar parte en el sacrificio. Deberá elegir un momento a propósito y matarle. Luego Electra procurará atraer a su madre a su casa, enviándole la falsa noticia de su parto. Electra no duda de que Clitemnestra acudirá. Siniestramente, Electra cuenta con los restos de sentimiento maternal de Clitemnestra y se sirve de ellos para atraerla a la muerte. Después de una plegaria al alma del padre y a las potencias infernales para que asistan a la venganza, Orestes se aleja. En un estásimo el coro evoca, con escasa relación con la acción, los orígenes del reino de Atreo. Luego se oyen a lo lejos gritos y gemidos. Electra se estremece, pero llega un mensajero lleno de alegría y anuncia la victoria de Orestes.
Egisto, viéndole pasar por sus tierras, le ha invitado a sacrificar con él y le ha ofrecido un arma para descuartizar al toro inmolado. Con esta arma Orestes ha dado muerte a Egisto. La gente del palacio ha reconocido en el vengador a su señor legítimo. En medio de la alegría del coro y de Electra, llega Orestes llevando el cadáver de su enemigo. Ante éste, Electra prorrumpe en una larga retahíla de insultos y acusaciones. Luego, cuando el cadáver ha sido llevado a la cabaña de Electra, se ve llegar en un carro a Clitemnestra. Orestes, ante el parricidio que le espera, está indeciso y angustiado. Electra le alienta y él entra en la cabaña para aguardar a su madre, obedeciendo, con el alma oprimida, a la orden divina. Llega Clitemnestra, todavía ignorante de la muerte de Egisto, y tiene lugar un largo debate entre madre e hija. Clitemnestra se defiende de las acusaciones que le hace Electra, pero ésta insiste. Con todo, su actitud parece menos implacable, por lo que su madre acepta su invitación y entra en su casa a cumplir el sacrificio de purificación necesario después de un nacimiento.
El coro entona un breve canto en que deplora la culpa de Clitemnestra, y luego se oyen los gritos desesperados de ésta dentro de la casa. Salen los dos hermanos, manchados de sangre de su madre. La venganza no les da ni un instante de alegría, sino que se deshacen en llanto, atormentados por el remordimiento súbito y la visión de su madre que invocaba piedad en medio de un lago de sangre. Pone fin al drama la aparición de los Dioscuros, hermanos de Elena (v.) y de Clitemnestra, los cuales ordenan a Orestes que’ se refugie en Atenas, donde será purificado por los votos del Areópago, y que deje a Pilades, que se casará con Electra. Las Furias van a llegar y sólo se alejarán de Orestes después de la sentencia de los jueces y por la protección que le otorgará Atena. Orestes huye llorando, acosado por las Furias. Si Esquilo, con fe religiosa, había representado la inmensa y casi insostenible gravedad de un acto de justicia querido por el dios de Delfos haciendo de Orestes un héroe, Eurípides le convierte en la víctima de una feroz superstición, a. la cual él, de un modo casi explícito, rehúsa su fe.
Su drama está casi totalmente informado por esta actitud polémica, que no le permite alcanzar, a pesar de la hábil estructura escénica y de muchos méritos poéticos de detalle en los coros y en las escenas habladas, un resultado artístico grande y puro. Los motivos religiosos, Tínicos que pueden hacer necesario el horror del parricidio, como no tienen vida en el poeta, no pueden tampoco tenerla en los personajes, los cuales permanecen, en su odio y en sus propósitos, injustificados. Y la más injustificada de todos es precisamente la que debería ser la heroína de la tragedia, Electra, tan ardiente contra su madre por razones humanas mezquinas, inmensamente inadecuadas a la monstruosidad de su acto, y luego, de súbito, sumida en el remordimiento, al que nada parecía prepararla. Y sin embargo, a esta actitud negativa ante la religión apolínea de la sangre se debe también la parte más poética de esta tragedia: la evocación horrorizada del delito apenas cometido. [Trad. española por Eduardo Mier y Barbery en Obras dramáticas, tomo II (Madrid, 1909) traducción reimpresa en Obras completas (Buenos Aires, 1946)].
A. Setti
* Posteriormente a Esquilo y a Eurípides (esto, sin embargo, no es seguro, pero hay buenas razones para creerlo)’, Sófocles (496- 406 a. de C.) escribió una Electra,, en la cual no se puede decir si intenta polemizar con el viejo Esquilo o con el joven Eurípides, o, como es lo más probable, con ninguno de los dos. La Electra de Sófocles contiene caracteres tanto de las Coéforas como de la otra Electra; es profundamente respetuosa con el mito (esto es, con el relato en cuanto tiene de sacro) y, sin embargo, está envuelta en una tonalidad menor, de carácter doméstico. Sófocles, en realidad, tenía presentes una y otra tragedia; pero para él el dios, la razón, la fe y la ciencia quedan, por decirlo así, fuera del drama, como espectadores más que actores de lo que él siente dentro de sí: el dolor de los hombres, sus esperanzas e ilusiones, sus engaños y desengaños (que son la forma de toda vida humana, cualquiera que sea su substancia y su fin); aquí vive el tono en el que quiere verse cantar toda su poesía, como en un cierto ritmo se quiere solfear una determinada música.
Y hay que penetrar en ella y cantarla y hacerla resonar por dentro, de modo que el drama resulte totalmente claro y sensible; sólo así esta poesía adquiere el relieve que le es propio y que es su total y única razón. El mito de Orestes está considerado por Sófocles sólo desde un punto de vista: el de Electra que espera a su hermano. El poeta construye sus escenas únicamente según lo que parecen a Electra y sin otros criterios que los que pueden interesar a ésta. En otras palabras, los motivos religiosos y «humanos, que el poeta respeta íntegramente en sus exigencias míticas, sólo están coloreados por el efecto que causan en el ánimo de la joven: la orden del dios, el sacrificio de Orestes sobre la tumba de su padre, el matricidio, viven sólo de las esperas largas y ansiosas de Electra, de su alegría feroz cuando, al oír el grito de su madre caída bajo el puñal de su hijo, exclama: «¡Hiérela otra vez!».
La tragedia se inicia con un lamento de Electra; Orestes no viene; ¿acaso no existe ya piedad por parte de los dioses ni gratitud por parte de los hombres? Electra ha dado toda su vida por la salvación de Orestes, cuando su madre, no contenta con haber dado muerte a Agamenón para poderse unir a su amante Egisto, quería suprimir también a aquél, y Electra le salvó enviándole lejos, de donde después, una vez hombre, pudiera regresar para llevar a cabo la venganza. Ahora su vida es ingrata; constantemente es maltratada por su madre, y su hermana, la tímida Crisotemide, no la comprende. Mientras tiene lugar entre Electra y su madre uno de sus acostumbrados y violentos altercados, llega un mensajero, que anuncia en un ampuloso relato la muerte de Orestes, en una de las competiciones de los juegos píticos. Fiesta en la casa y luto profundo en el corazón de Electra.
Para aumentar su amargura, la inconsciente Crisotemide le refiere que ha encontrado encima de la tumba de su padre un rizo de cabellos: ¿de quién podían ser, sino de Orestes? Por lo tanto, Orestes ha llegado. Aparece, en efecto el joven, pero en cenizas recogidas en una breve urna, sobre la cual Electra derrama abundantes e ininterrumpidas lágrimas. Al oír sus desesperados gemidos, el hombre que lleva la urna, prorrumpe en sollozos y exclama llorando: Orestes vive; es él mismo: ha debida fingir su propia muerte para poder entrar sin despertar sospechas en el palacio. El reconocimiento de los dos hermanos está deliciosamente entreverado de sentimentalismo, al cual sigue, en eficacísimo contraste, la sangrienta escena de la venganza. Orestes entra en la casa y da muerte a su madre; Electra, en el umbral, acoge con ultrajante escarnio a Egisto, que vuelve del campo, ignorante de todo, y todos juntos desaparecen en el palacio.
Verdaderamente Sófocles se apresura a advertir antes a los espectadores de la estratagema que Orestes y los suyos piensan emplear; para ello se vale de un prólogo en el que se ve a Orestes que llega con sus compañeros a Micenas. Es un error gravísimo de poesía, debido a un excesivo escrúpulo realista por parte del poeta, pues en efecto, todo el drama se desarrolla como si este prólogo no hubiera existido y nosotros, lo mismo que Electra, no ignoramos nada de cuanto verdaderamente acontece y no se revela hasta el final. [La primera versión castellana de la Electra de Sófocles es la traducción libre o adaptación en prosa del gran humanista cordobés Fernán Pérez de Oliva publicada con el título de La Venganza de Agamenón. Tragedia… cuyo argumento es de Sóphocles, poeta griego (Burgos, 1528). Sobre este arreglo en prosa, que presenta numerosas mutilaciones e interpolaciones originales hizo, a fines del siglo XVIII, don Vicente García de la Huerta su traducción en verso de la Electra de Sófocles bajo el título de Agamenón vengado (Madrid, 1768). Existe una edición revisada con texto griego y traducción castellana por José Alemany, García de la Huerta y Franquesa y Gomis (Barcelona, 1912). La más reciente es la traducción en verso de José María Aguado (Buenos Aires, 1948)
J. L. Polacco
* En 1558 el húngaro Pedro Bornemisza (1535-1585) publicó una versión de la Electra de Sófocles: la Tragedia en lengua húngara, situando la protagonista y el asunto en pleno ambiente magiar. Bornemisza, que fue estudiante en Padua y más tarde preceptor de Valentino Balassa, el creador de la lírica artística húngara, debió sin duda el impulso de su versión a la traducción que de la obra griega había hecho el napolitano Coriolano Martirano. La tragedia de Bornemisza ha mantenido su vitalidad hasta nuestros días y ha podido resistir con éxito una representación moderna.
G. Hankiss
* Con el renacimiento de la tragedia en Francia en tiempos de Corneille y Racine, surgieron también muchas imitaciones de la Electra. La mejor quizá la Électre de Prosper Jolyot de Crébillon (1674-1762), representada en 1708. Dotado de un profundo sentido del horror trágico (se le atribuye la frase: “Corneille se ha quedado la tierra, Racine el cielo, a mi me queda el infierno”), Crebillón imprime a la acción y a las situaciones una grandeza casi salvaje, con un estilo violento y robusto, aunque alguna vez pesado y oscuro; sobre todo en los dos últimos actos, Crébillon alcanza una potencia dramática que sólo se encuentra en Corneille. A principios de nuestro siglo apareció la Electra de Benito Pérez Galdós, (1843-1920), representada en 1901 (v.), la Elektra de Hugo von Hofmannsthal (1874- 1929), representada en 1905, y posteriormente (1932) el tema ha sido tratado de nuevo por el americano Eugene Gladstone O’Neill (1888-1953) en la trilogía Electra (v.) [Mourning becomes Electra], que integra el mito tradicional de la tragedia clásica con elementos psicoanalíticos.
* La Elektra de Hofmannsthal es sobre todo conocida por haber sido musicada por Richard Strauss (1864-1949). La ópera, representada en Dresde en 1909, es considerada como una de las grandes expresiones del teatro straussiano, quizás superior a Salomé (v.) por un sentido de épica tragicidad que trasciende plenamente al ímpetu virtuosístico mediante una cálida inspiración poética. El sinfonismo de Strauss alcanza en esta obra una prodigiosa riqueza orquestal que sin duda domina las voces, pero por su solidez estilística, donde más que en ninguna otra obra es reconocible el «titanismo» wagneriano, se incluye entre las pruebas más valiosas de la música post- romántica alemana * Merecen recordarse además: Électre, ópera en tres actos de Jean-Baptiste Lemoyne (1751-1796), París, 1782, que se resiente de la influencia de Gluck; Électre, tragedia con coros de Rochefort, música de François- Joseph Gossec (1734-1829), París, 1783: Électre, ópera en tres actos de André-Ernest- Modeste Grétry (1741-1813), nunca representada; y Elektra de Johann Christian Friedrich Haeffner (1759-1833), Estocolmo, 1785.

