[De keine Johannes]. Narración del holandés Frederik Willem van Eeden (1850-1932), publicada en 1886 en la revista «La nueva guía» [«De nieuwe Gids»], que fue el órgano dé las corrientes estéticas que después de 1880 produjeron un arte y un gusto menos convencionales y conformistas.
El pequeño Juan se hace amigo de un duende, Windekind, es transformado él mismo en duende y en la viva comunión con la naturaleza aprende la lengua de las plantas y de los animales. Su vida de criatura entre las criaturas fluye tranquila hasta que se encuentra con un gnomo que lleva el simbólico nombre de Wistik («Si supieras»). Turbado, el pequeño Juan pregunta al gnomo por el libro que contiene el misterio de la vida; pero apenas hace esta pregunta se halla convertido en muchacho, en tanto que Windekind desaparece. Se pone entonces a buscar a su amigo perdido, transparente símbolo de la armonía natural, y cree hallarlo en una niña de la que se enamora. Pregunta a la niña, a instigación de Wistik, por el libro de los libros, y los padres de ella le dan la Biblia. Juan la rechaza, y lo arrojan de casa.
Se le aparece entonces una caricatura de hombre, Pluizer («El cavilador»), que, prometiendo ayudarlo, lo lleva a la ciudad y lo conduce a la escuela del doctor Cijfer («Cifra»). Pluizer y Cijfer, personificaciones de la inteligencia abstracta, tratan de destruir al soñador, al enamorado, al amigo de la naturaleza que hay en Juan. Él, por el contrario, cuanto más estudia buscando la luz, tanto más se da cuenta de que las tinieblas aumentan a su alrededor. Por fin, un día que se halla junto al lecho de muerte de su padre, viendo a Pluizer que se dispone a hacer la autopsia de aquel cuerpo amado, Juan se rebela, lucha con Pluizer y lo vence. Desaparecido Pluizer, Juan se halla en compañía de la muerte, que, insensible a la súplica de llevárselo con ella, le incita a ser bueno. Una vez en el campo, cree oír la voz de Windekind. En tanto lo sigue, le sale al encuentro el Hombre, que le dice que escoja entre Windekind y la Muerte por un lado, y la Humanidad, a la que está dispuesto a llevarlo, de otro. Juan se decide por la Humanidad, y así se prepara para su largo y fatigoso camino.
El pequeño Juan trata, por tanto, de mostrar por medio de símbolos y de signos los diversos estados del alma: la comunión inmediata con los elementos y los seres naturales, la aparición, con la duda, de la reflexión intelectual y, por fin, la superación del intelecto abstracto por la vía virilmente seria. Para este fin sirven las escenas caricaturescas y satíricas que aparecen con frecuencia en la narración, y este elemento de sátira social se acentúa sobre todo en la segunda y tercera parte, añadidas en 1905 y 1906. Pero como el autor era poeta, la parte descriptiva y fabulosa prevalece netamente sobre la filosófica. Es la vida de las criaturas, son los jardines abandonados, las dunas, entre la campiña holandesa y el mar, las que, reflejándose de manera bastante personal y nítida, hacen del Pequeño Juan uno de los libros mejores y más admirados de la literatura holandesa, una obra ya clásica del último medio siglo.
F. Bramanti

