[De spectaculis]. Breve escrito en 30 capítulos de Tertuliano, apologista cristiano natural de Cartago y que vivió entre la segunda mitad del siglo II y principios del III. El autor se dirige a los cristianos para demostrar, con diversos argumentos, que no deben asistir a los espectáculos públicos, entonces tan en boga en África septentrional: tema ya insinuado, pero todavía no desarrollado, en una fase del Apologético (v.).
Las razones que aduce son de diverso género: al no encontrar en las Sagradas Escrituras prohibiciones directas y explícitas de asistir a los espectáculos, con extraordinaria sutileza crea casi razones indirectas; pero el argumento sobre el que se basa y la acusación más grave que dirige a los espectáculos, es que por su origen y desarrollo están ligados con la idolatría. Pasa revista a los diversos tipos de espectáculos, en el circo, en el teatro, en el anfiteatro, y recuerda su origen (basándose en una obra de Suetonio), sus características, el lugar en que se desarrollan, y Tertuliano demuestra que son manifestaciones del espíritu diabólico, aunque aparentemente puedan parecer inocuos, en algún caso, lo que los hace aún más peligrosos.
Consideraciones de origen moral prohíben, en fin, según él, asistir a los espectáculos, puesto que despiertan en el alma del hombre pasiones diversas según los géneros de la representación, pero siempre injustas e indignas de la naturaleza humana: los cristianos pueden disfrutar a placer de otras alegrías mucho más dignas, como la lectura de la Biblia (v.), la conciencia de estar en lo cierto, la victoria sobre el mal, y sobre todo pueden disfrutar ya con la espera de lo que Tertuliano llama el más grandioso espectáculo imaginable: el Juicio universal, con el castigo de los impíos- que en la tierra han disfrutado de la impunidad.
La obrita termina con una hermosísima descripción de la llegada triunfal del Salvador, del Juicio final y de la aparición de la Nueva Jerusalén, pasaje que es uno de los más hermosos de toda la obra de Tertuliano, dictado por una fantasía viva y ardiente, expresión de un alma vibrante de pasión y de entusiasmo por la causa cristiana. La obra de Tertuliano inspiró el apócrifo del mismo título de San Cipriano (v. Apócrifos ciprianeos).
E. Pasini

