Los Espectros, Henrik Ibsen

[Gengangere]. Drama del escritor noruego redactado en Sorrento y Roma du­rante el verano de 1881, es decir, poco des­pués de la Casa de Muñecas (V.). Es una de las obras más famosas de Ibsen, pero no de las mejores.

Elena Alving ha hecho construir un asilo para honrar la memoria de su marido y ayudada por su viejo ami­go el pastor Manders, se prepara para inaugurarlo con la asistencia de su único hijo, Osvaldo. Éste, que hace poco que ha vuelto de París, escandaliza al buen pas­tor elogiando la vida libre de artista que allí ha vivido. Pero no se escandaliza por ello su madre, que considera tenebrosa la vida fundamentada sobre la mentira y la sumisión a convencionalismos muertos. Ca­sada sin amor con el teniente Alving, lo abandonó durante los primeros años de su matrimonio para ofrecerse al único hom­bre de quien se sentía capaz de poder ser la verdadera compañera: el pastor Man­ders precisamente. En este gesto, el pastor no vio más que la rebelión hacia la Ley, y, dominando su propio corazón, devolvió la fugitiva al marido, convencido de que la discordia tendría solución.

Pero el te­niente Alving era ya hombre disoluto y continuó siéndolo. De esto se entera ahora el pastor Manders porque Elena, después del nacimiento de Osvaldo, se ha sacrifi­cado en silencio para presentar al padre de su hijo como un hombre respetable- El asilo que va a ser inaugurado es la última mentira para ocultar a Oswaldo para siem­pre la verdadera naturaleza de su padre. Pero lo que se construye sobre una men­tira está destinado a perecer. Osvaldo está minado por un mal secreto (los médicos le han dicho que paga los pecados de su pa­dre) y condenado a la inactividad, con la pesadilla del ataque, desgraciadamente in­minente, que va a privarle de la razón. Puede salvarlo, o, por lo menos, alegrar su ocaso, el amor de Regina, lozana jovencita que se ha criado en su casa. Elena con­templa horrorizada la atracción física y moral de Osvaldo hacia aquella muchacha, que es su hermana, puesto que es hija del mismo padre.

Más tarde, trastornado aún por el incendio del asilo dedicado al te­niente Alving, Osvaldo declara que quiere casarse con Regina. Elena no puede ya ocultarle la verdad respecto a la mujer que ama y a su padre. Regina abandona la casa de Osvaldo. ¿Quién va a poder prodigarle la asistencia que esperaba de ella? ¿Su madre? ¿Puede prometerle su madre que le dará el veneno que lleva en el bol­sillo cuando su mente sea presa de la lo­cura? Regina, con su ligereza de mujer se­dienta de una vida libre, lo habría hecho. Su madre hace la tremenda promesa, pero luego retrocede horrorizada cuando el hijo se abandona, idiotizado, sobre un sillón, invocando el sol. Espectros es uno de los dramas que más contribuyeron a hacer cé­lebre a Ibsen en toda Europa. En Noruega algunos actores se negaron a interpretar a Osvaldo y a Regina, y los libreros no qui­sieron vender el libro.

Por el contrario, el joven novelista danés Hermann Bang pisó las tablas para poder interpretar a Osvaldo. En Berlín el drama fue prohibido; en In­glaterra la crítica lo conceptuó inmoral y de una obscenidad repugnante; en París, representado en el Teatro Libre de Antoine bajo la égida espiritual de Zola, se en­cuadró dentro del vasto movimiento natu­ralista despertando violentos detractores y defensores apasionados. El drama, desde luego, fue visto bajo una luz, digámoslo así, de clínica. Y no se puede negar que las teorías de la herencia, llevadas a la no­vela por Zola, han tenido resonancia en Ibsen: habían ya hecho acto de presencia en el personaje del doctor Rank en Casa de muñecas. Pero los Espectros no es el drama de Osvaldo, sino el drama de Elena Alving, figura netamente ibseniana, en la que encuentra su más acabada expresión uno de los más típicos temas del dramatur­go. Elena paga el pecado de haberse casado sin amor, y el no haber sabido, después, rebelarse y de haber vivido en la mentira.

Incluso la culpa que al final se reconoce — la de no haber sabido dar a su marido la felicidad que le era necesaria y de haberle empujado de esta manera más y más hacia el vicio — incluso esta culpa depen­de del pecado inicial de haberse vendido a un hombre que no amaba. El drama de Elena adquiere en los primeros actos acen­tos enérgicos y poderosos, pero en el tercer acto queda superado por el de Osvaldo, cuyo significado es en cierto modo pobre y confiado al desenlace de una situación ajena al tema esencial. [La primera traduc­ción, anónima, con el título de Los apare­cidos, fue publicada en Madrid, hacia 1890. Posteriormente y siempre ya con el título de Los espectros: la trad. del alemán de Pompeyo Gener (Barcelona, 1903); las de Antonio de Vilasalba (Barcelona, 1904); A. López White (Valencia, 1904) y Agustín Mundet Álvarez (Barcelona, 1913), y por fin la de Pedro Pellicena Camacho, en Obras completas, tomo VIII (Madrid, 1918)].

G. Lanza

A este arte de valerosa y casta confesión, a este arte casi religioso, cuadra a maravi­lla el estilo y los ingenuos procedimientos de los primitivos. (B. Croce)