[Poor Richard’s Almanac]. Almanaque publicado por primera vez en el año 1732 (y continuado durante veinticinco años) por Benjamín Franklin (1706-1790) bajo el seudónimo de Richard Saunders, nombre de un conocido autor inglés de almanaques. En el prólogo a la primera edición el autor presenta al «pobre Ricardo» (v.) bajo el aspecto de un yanqui, ingenioso pero no rico, y a su mujer Brígida. Éste y los siguientes prólogos, agudos e instructivos al mismo tiempo, derivando con toda probabilidad de los ejemplos ofrecidos por el «Spectator» (v.), pertenecen de derecho a la literatura, pero la fama duradera del Almanaque (que durante años fue la única lectura profana de millares de americanos de todas las clases sociales) hay que buscarla en la abundancia de proverbios, sentencias y máximas que el autor distribuía profusamente en la publicación.
No todas las máximas son originales, y sus fuentes son las más dispares, desde Rabelais y Bacon hasta Swift y La Rochefoucauld, pero muchas, ciertamente, fueron inventadas por él y, en general, todas contienen la sustancia de la que fue norma ética de su vida, es decir un llamamiento a las virtudes medias, como la economía, el ahorro y la sobriedad. Las mejores fueron recopiladas por el mismo Franklin en un curioso discurso con el título de El camino de la riqueza [The Way to Wealth], que fingió que encontró en una subasta un viejo llamado Padre Abraham. He aquí una muestra: «Si de todas las cosas el tiempo es la más preciosa, perder el tiempo debe ser — como dice el pobre Ricardo — la mayor prodigalidad; porque, como dice también, el tiempo perdido no se encuentra nunca más y eso que nosotros llamamos «tiempo», por adelantado se nos revela siempre como «tiempo demasiado escaso». La pereza lo hace todo difícil y la actividad todo fácil, como dice el pobre Ricardo; y «quien se levanta tarde debe correr todo el día y conseguirá con grandes esfuerzos acabar su trabajo en plena noche, etc.». En aquellos tiempos, cuando la costumbre de citar proverbios y máximas estaba muy difundida, las sentencias del pobre Ricardo andaban en labios y en la pluma de todos, tanto en América como en Inglaterra, y no pocas de ellas, traducidas, han entrado a formar parte del patrimonio gnómico de toda Europa.
L. Krasnik

