Joan Maragall i Gorina

Poeta y escritor catalán. Nació en Barcelona el 10 de octubre de 1860, murió en la misma ciudad el 20 de diciembre de 1911. Sus padres, Josep Maragall i Vilarosal y Rosa Gorina i Folch, tenían establecida una industria de tejidos en la casa n.° 4 de la calle de Jaume Giralt, en el viejo casco de la ciudad, cuyo primer piso era la vivienda de la familia; allí nació el futuro poeta. Estudió las primeras letras en una escuela privada del barrio y cursó el bachillerato en el colegio de San Isidoro; al mismo tiempo estudiaba el piano y leía novelas románticas «con voracidad». Al terminar los estudios secundarios, su padre trató de incorporarle a la industria familiar. Sin embargo, no era ésta su vo­cación. Aun en plena adolescencia revelóse en él, potente, absorbente, la pasión por la poesía. En las horas robadas al trabajo, escribía versos en libretas que escondía entre otras que sólo contenían cifras y datos referentes a su función de meritorio. Hacia 1876 publica su primera composición poé­tica.

También por este tiempo realizaba dos viajes, acompañado de su familia, de los que el autor nos habla con entusiasmo en sus Notas autobiográficas (v.): uno a Valen­cia, Granada, Córdoba, Madrid y Zaragoza, y otro a Marsella y París. En 1878 escribe sus primeras poesías significativas, en las que tal vez se adivina el futuro desenvol­vimiento de su vena lírica. En 1879 la vida del joven Maragall cambia de rumbo. Convencido de su inadaptabilidad a las tareas indus­triales, su padre consiente en dejarle cursar la carrera de abogado. En sus Notes, leemos una del día 8 de octubre de 1879: «Aquí em­pieza el tiempo dichoso de mi juventud». Se refiere a su primer día de clase en la Universidad de Barcelona. Es un alumno aplicado y juicioso, pero no abandona la poesía. Estudia las literaturas castellana y catalana; en 1881 nace su pasión por Goethe, que ya no le abandonará. Lee a Dickens y Dante, de quien escribe: «el mayor ejem­plo de poeta». En el mismo año gana la Flor Natural en los Juegos Florales de Badalona.

En 1884 obtiene el título de licenciado en Derecho. Entretanto ha estudiado el alemán y adquiere las obras completas de su ídolo, Goethe, en versión original. Frecuenta las tertulias del Ateneo Barcelonés y asiste a las funciones de ópera del Teatro del Liceo. Maragall es un joven entusiasta y meditativo, concentrado y cordial. Hacia 1888 experi­menta una crisis con dudas, desilusiones, incertidumbre ante el porvenir. Religión y literatura son los grandes temas de sus interminables y apasionadas discusiones con sus amigos. En 1888 publica en una revista L’oda infinita, en la que se reflejan las in­quietudes y esperanzas del poeta. Dos años después entra de pasante en el bufete del abogado Brugada y, según palabras propias, se va «encariñando con la carrera (como el campesino con el azadón)». Sigue culti­vando el piano y asiste a muchos conciertos: los «indiscutibles» son Beethoven, Haydn y Bach. Lee a San Juan de la Cruz y se entusiasma con su alta y docta pureza. Es­tudia el inglés.

El día 22 de octubre de 1890 entra en el Diario de Barcelona como secre­tario de redacción; al mismo tiempo ejerce de secretario particular del director del periódico Juan Mañé y Flaquer. Esta inicia­ción en el periodismo ha sido más bien ocasional; el nuevo empleo completa su sueldo de pasante y le da cierta indepen­dencia económica. En 1891 aparece su pri­mera traducción de Goethe. Veranea en Bilbao con su familia y allí conoce a Clara Noble, que pronto será su mujer. Poco des­pués, en efecto — el día 27 de diciembre del mismo año — se celebra el matrimonio; durante su fervoroso noviazgo Maragall ha escrito varias poesías amatorias, tiernas y serenas. En su viaje de bodas visita la Costa Azul, Génova, Pisa y Florencia. En 1892, el crítico Ixart señala a Maragall — al que llama «cuasi desconocido» — como uno de los jóvenes poetas que han roto los viejos y anticuados moldes de las composiciones de certamen y sienten y se expresan con vigor individual y moderno.

Crece, entretanto, su afición por el periodismo y decrece, en cambio, su actividad como abogado. Sus artículos en castellano en el Diario de Barcelona co­mienzan a remover las aguas estancadas de la vida burguesa catalana y cada día son más leídos y obtienen mayor resonancia. También su figura de poeta se perfila y cobra relieve. En 1893 es elegido miembro de la Academia de Buenas Letras de su ciu­dad. En este mismo año escribe y publica «La vaca cega», tal vez su composición lírica más lograda y sin duda una de las obras maestras de la poesía catalana de todos los tiempos. Insensiblemente alcanza Maragall una posición destacadísima en el naciente movi­miento modernista, del que sería bandera el estreno en Sitges de La intrusa de Maeterlinck; fue precisamente nuestro autor quien escribió en el Diario de Barcelona la crítica de la obra del dramaturgo belga. En aque­llos momentos hace su aparición en la vida catalana el terrorismo anarquista, producto turbio del malestar del proletariado indus­trial.

En la noche del 7 de noviembre esta­llan unas bombas en el Teatro del Liceo, durante la representación de Guillermo Tell. Han habido muertos y heridos y la conmoción es enorme; Maragall ocupa su palco al lado de su esposa. Aquella misma noche escribe la poesía «Paternal»: «…regalen sang les colltorgades testes / i cal anar a les festes / amb el pit esforcat, com a la guerra». Por estos años su actividad de periodista va en aumento; también su obra poética se va afirmando y depurando. Comenta también los grandes acontecimientos teatrales y mu­sicales, gana premios en los Juegos Flora­les, veranea en San Juan de las Abadesas y hace excursiones por el Pirineo: los «Go­zos de la Virgen de Nuria» son de 1894. El año siguiente aparece su primer libro de poesías; la crítica lo acoge con grandes elogios y el poeta es considerado como un innovador. Nombrado secretario del Ateneo Barcelonés actúa como tal en la tumultuosa sesión en que Angel Guimerá, nuevo presi­dente de la institución, pronuncia su dis­curso inaugural en catalán.

Prosigue su tra­ducción de la Ifigénia de Goethe, empezada tiempo antes y termina la de Hánsel und Gretel del mismo autor. Es mantenedor de los Juegos Florales de Barcelona (1897). Estamos en los años del desastre colonial de Cuba y Filipinas. Maragall siente en el alma los tristes acontecimientos y se manifiesta con dureza contra la política centralista y miope del gobierno en artículos que causan sensación. Sobre el mismo tema, escribe en catalán la famosa «Oda a España», que ter­mina con el entrañable y tajante apostrofe: «¡Adiós, España!». En octubre del año 1898 se estrena en los jardines del Laberinto de Horta su traducción de la Ifigénia de Goethe; a propósito de este estreno escribe el poeta: «Para la high life que asistió al Laberinto, aquello fue como una especie de revelación: el catalán aplicado a cosas grandes, no era una lengua ordinaria». El éxito creciente de sus artículos en el Diario hacen que La Renaixenca y La Veu de Ca­talunya soliciten la colaboración de Maragall, que a partir de aquel momento (1899) alter­na el catalán con el castellano en su pro­ducción periodística. Nuestro autor se ha convertido en el intérprete de la conciencia ciudadana; sus artículos son el evangelio ético y estético de la nueva burguesía que ya presiente, no sin timidez, las inquietudes del siglo que alborea.

En enero de 1900 apa­rece en la revista Catalónia el primer frag­mento de El conde Ama/u (v.), inspirado en la canción popular; Maragall transfigura el legendario conde en un héroe entre goethiano y nietzcheano; el «alma condenada» es finalmente redimida por la piadosa pureza y la «voz viva» de una ingenua pastora de la montaña catalana — redención por la poesía, idea inspirada en Novalis —. El mis­mo año muere el padre del poeta y aparece su segunda colección lírica: Visions i cants. Visita Madrid, Toledo y El Escorial. En la capital de España se ha relacionado con Martínez Ruiz (Azorín), Giner de los Ríos, Ortega y Munilla, Canalejas, el embajador de Inglaterra y otros. No acepta el banquete de homenaje que quieren ofrecerle los inte­lectuales castellanos. En 1901 inicia Maragall una intensa relación epistolar con relevantes escritores de lengua castellana. Por razones de salud veranea en Caldetes, donde nacen sus «Vistes al mar». En julio de aquel año muere Mañé y Flaquer, director del Diario, amigo y protector de Maragall. Veranea en Canprodón y Cauterets, donde termina la poesía «Les muntanyes». En una carta al escritor y político de izquierdas Pere Coromines, escribe: «Me repugna toda negación que no esté inspirada en una afirmación más pode­rosa; y creo punible socialmente toda des­trucción que no sea capaz de construir en seguida algo más fuerte que lo que ha des­truido.

Por esta razón soy reposado, opti­mista y conservador» (1902). Un artículo, «Patria Nueva», aparecido en el Diario, es considerado delictuoso por el fiscal y le cuesta a Maragall un procesamiento sin ulteriores consecuencias. En 1903 se separa del Diario de Barcelona por discrepancias políticas con la nueva dirección; su colaboración ininte­rrumpida en el periódico había durado trece años. En mayo del mismo año habla por primera vez de su teoría novalisiana de la «palabra viva» y creadora: «esta irresistible propensión mía a sugerir un mundo con una sola palabra intensa». El mismo año es ele­gido presidente del Ateneo Barcelonés y como tal asiste al traslado de los restos de Jacint Verdaguer a su tumba definitiva, en Montjuich. El matrimonio es fecundo y la esposa da a luz hijos y más hijos. Viaje a Galicia y paso por Madrid. Confirma la fuerte impresión que le produjo el Museo del Prado en un viaje anterior: «Velázquez, el pintor més gran del món». Lee el discurso reglamentario de inauguración de curso como presidente del Ateneo, titulado Elogio de la palabra (v.); es un magnífico ensayo que alcanza gran resonancia en los medios literarios de Cataluña y Madrid.

En sesión de «Teatre íntim» dirigido por Adriá Gual, estrena La Marcurideta, traducción refun­dida de unas escenas del Faust de Goethe. En 1904 obtiene la Flor Natural en los Jue­gos Florales de Barcelona y es proclamado Maestro en Gay Saber. El actor Enric Bo­rras leyó la poesía premiada. El mismo año publica otra colección de poesías: Les dis­perses, que contiene poemas originales y traducciones de Goethe. Reanuda su colabo­ración en el Diario de Barcelona, a petición de su amigo el poeta y publicista mallorquín Miquel deis S. Oliver, nuevo director del periódico. En 1906 abandona otra vez el Diario por solidaridad con Oliver, el cual dimite su cargo ante las constantes intromi­siones de la empresa en la dirección. Vera­nea en Blanes, donde trabaja en la traduc­ción de Enric d’Ojter dingen de Novalis. Traba fuerte amistad con Miguel de Unamuno, con ocasión de una estancia de éste en Barcelona. El poeta y filósofo vasco- castellano traduce «La vaca cega» y dedica a Maragall su «Oda a la Catedral de Barcelona»; después sostendrá con nuestro autor una in­teresante correspondencia.

En abril de 1907 publica en La Veu de Catalunya el artículo «L’algament» con motivo y en favor del movimiento de «Solidarität Catalana», en defensa de las libertades públicas de Cata­luña. En 1909 estalla en Barcelona y otros puntos de Cataluña la revolución anarquis­ta conocida por «Semana trágica». Ante la extraña pasividad de la fuerza pública y del ejército, el populacho se apodera de la calle e incendia iglesias y conventos. Maragall alzó su voz contra los bárbaros estragos en sus artículos «L’església cremada» y «La ciutat del perdó», éste último no publicado hasta años después. Participa en el homenaje al poeta y dramaturgo Angel Guimerá con un prólogo al libro de éste, Glorioses, y un dis­curso en el acto público del homenaje. En febrero de 1910 publica en La Veu de Cata­lunya su «Oda nova a Barcelona». Termina la traducción de los Pensamientos de Goethe y de la Olímpica I de Píndaro. Termina asi­mismo Nausica (v.), escenificación de un episodio de la Odisea. Dicha obra constituye la única incursión de Maragall en el campo tea­tral, si descontamos sus versiones de obras escénicas de Goethe.

En febrero de 1911 aparece su colección lírica Sequéncies, en la que figuran, entre otras composiciones, la tercera y última parte de El comte Arnau, su poema más ambicioso, y el «Cant espi­ritual», pieza esencial de su obra lírica, en el que el poeta, enamorado de la vida terre­na y sensual, pide a Dios una inmortalidad a la medida humana. La muerte está pró­xima, pero él no la teme ni la presiente. Colabora nuevamente en el Diario de Bar­celona, es nombrado miembro del «Institut d’Estudis Catalans», trabaja en su versión de los Himnos homéricos, interviene en las gestiones encaminadas a la creación de la Biblioteca de Cataluña. En noviembre se siente enfermo; con todo, cree que se trata de un achaque propio de la edad: cumplió ya, hace meses, los cincuenta años. Inespe­radamente su estado se agrava. Y muere en la madrugada del día 20 de diciembre. Ha recibido los auxilios de la religión, lo rodean su esposa y sus trece hijos; a todos los ben­dice. Sus últimas palabras son: «Vull la pau, la pau… Quina mort tan dolga, Déu meu!… Amunt, amunt!». En los últimos años de su vida, Maragall era un hombre de mirada franca y dulce. Su voz sonaba pausada y suave, más bien profunda. De estatura mediana, delgado y bien proporcionado, la nobleza de su aspecto impresionaba gratamente. En sus ojos había una expresión de ensueño o de lejanía.

Hoy, a los cien años de su naci­miento, la obra y la vida de Maragall resplandecen con luz cada vez más nítida. Fue un ciuda­dano ejemplar que sintió y expresó con genuina nobleza una viva y eficaz solida­ridad con su tiempo y con su tierra. Fue periodista en el sentido más alto de la pa­labra, casi un profeta. Nacido y encasillado en una sociedad estrechamente burguesa, trató de superar la mezquindad del medio en que vivía y señaló, a veces con singular valentía, caminos de mayor justicia y mejor comprensión. Como poeta, sobre todo, su figura cobre medidas gigantescas dentro de la relatividad de sus circunstancias. Quiso llevar la sinceridad literaria hasta un grado de extrema pureza; cree que la inspiración es como un estado de gracia que el poeta suscita con su total sometimiento a unas leyes divinas cuya acción siente en su pro­funda intimidad, sin entenderlas, sin tratar de modificarlas. Así el poeta canta el amor de la esposa y los hijos, la amistad, la na­turaleza, los movimientos de la propia alma. Lírico puro, pues; pero lírico que vive y piensa en función de cuanto le rodea y le afecta.

Por otra parte Maragall ha sido el gran civilizador de la poesía catalana — casi di­ríamos el gran «urbanizador» — tanto por no pocos aspectos de su temática como por su lenguaje, que fue en buena parte una esti­lización del dialecto barcelonés de la clase media. Padre espiritual de las nuevas gene­raciones de poetas, su influencia ha sido más intensa y más vasta de lo que muchos creen al juzgar los últimos modos y estilos por sus manifestaciones de superficie. Maragall es un hito, un nuevo punto de partida: es, en suma, un hombre providencial. Con Ramón Llull, Ausiás March, Jacint Verdaguer y Caries Riba, nuestro poeta señorea en las cumbres de la más substancial y significa­tiva expresión lírica en catalán, esa lengua de raíz antigua, poco afortunada historia y presente heroico y a pesar de todo prome­tedor (v. Artículos y Poesías).

J. Oliver