Yago

Personaje de Otelo (v.), tragedia de William Shakespeare (1564-1616). Según algunos es la más completa figura maquia­vélica de la escena inglesa; pero el origen de este personaje debe buscarse mejor en Los Hecatónmitos (v.) de Giraldi Cintio que en la leyenda maquiavélica, según se había difundido en Inglaterra gracias a la siniestra luz que sobre las doctrinas del político florentino había proyectado el Contre-Machiavel (1576) del hugonote Innocent Gentillet.

El alférez de Cintio, en cierto modo, es mucho más maquiavélico que su correspondiente imagen inglesa, Yago: atro­pellando la fidelidad que debe a su esposa (definida en el relato como «bella y hon­rada joven») y la amistad y el agradeci­miento que le ligan a Otelo (v.), se enamo­ra de Desdémona (v.), y cuando ve que sus galanteos son inútiles, no piensa más que en vengarse. El alférez de Cintio no puede invocar en favor suyo ninguna provocación ni ofensa de Otelo: es el puro bribón, que, al hallar obstáculos en el camino de sus malvados deseos, busca vengarse por medio del engaño y la traición. Semejante tipo fue ulteriormente desarrollado por Giraldi Cintio en su tragedia Altile, en la que Astano corresponde al alférez de la novela del Moro de Venecia y anuncia en algunos aspectos al Yago shakespeariano.

Pero este último puede parecemos mucho menos cul­pable si admitimos que se halla bajo la impresión del rumor público, según el cual Otelo ha seducido a su propia esposa. La aparente intriga del drama, como hace no­tar un crítico, es realmente la venganza de un inferior contra su superior por el ultraje que éste ha inferido a su vanidad sexual: una venganza que consiste en ha­cer sentir al superior aquellos mismos tor­mentos de los celos y de la vanidad ofen­dida .que él experimentara a su vez. Pero la mayoría de los críticos parecen dudar de la realidad de los celos de Yago. Los versos 46-48 de la escena I del acto IV, en que Yago dice: «Así se hace burla de los crédulos necios, y muchas esposas dig­nas y castas, aun sin culpa, son así vitupe­radas», parecen demostrar a algunos autores la irrealidad de los motivos con que Yago intentaba al principio tranquilizar su conciencia: demostraría que puede arruinar la felicidad de personas inocentes, sin causa alguna, y que se gozaría en ello.

Pero aquellos versos son casi un eco literal de la moraleja de la novela de Cintio: «Ocu­rre a veces que sin culpa una mujer fiel y enamorada, por insidias que contra ella ha tejido alguna alma malvada, y por lige­reza de quien cree más de lo que debería, recibe la muerte de manos de un fiel ma­rido». Para los más, Yago es un monstruo que obra el mal por el mal, un artista de la maldad; pero ello equivaldría a una ma­nifestación de decadentismo anticipada en algunos siglos. En realidad, Yago es un carácter más complejo: lo que le impulsa a obrar no es tanto el afán de venganza como el de afirmar su superioridad sobre los hombres que el destino o la ciega for­tuna ha situado por encima de él. Er Yago halla su más completa expresión el tipo de malvado astuto y traidor que había na­cido en la Edad Media con Ganelón de Múyanse (v.), a semejanza de éste, pero mu­cho más netamente, Yago representa una humanidad limitada en su inteligencia ra­ciocinante y en su heroísmo, incapaz de comprender todo valor que rebase ese círculo, y llena de rencor por cuantos vi­ven y triunfan fuera de sus límites.

Y si Ganelón, todavía primitivo, actúa en la sombra incluso frente a sí mismo, sin lo­grar siquiera reconocerse, Yago tiene per­fecta conciencia de su ser y afirma audaz­mente la superioridad de su razón que le habrá de llevar al triunfo a través de sutiles intrigas. Precisamente porque por este ca­mino podrá llegar a la victoria, se siente digno de ésta: en tal sentido coincide con el Edmundo (v.) del Rey Lear (v.). Yago se cree más inteligente y más hábil que Otelo y que Casio, de quienes depende, y de ahí nace su deseo de vengarse de la adversidad, demostrando que puede domi­nar y destruir cuando y como quiera a aquellos superiores suyos. Adquiere su con­fianza y se convierte en «el honrado Yago», para poder después tenerlos en sus manos como dóciles instrumentos; y en esta fuerza suya halla un goce casi comparable al de la creación artística de aquel que plasma a su placer una materia viva.

Yago sigue con ansia de jugador el desarrollo de su plan, y lo calcula todo con precisión casi matemática a excepción de una cosa: la reacción de Emilia; porque su cerebro de egocéntrico no imagina que ésta se halle dispuesta a sacrificar su vida para defender el honor de su señora tan bárbaramente sa­crificada. Por ello se ha dicho que Yago es finalmente vencido por aquella misma fuerza que intentó destruir, o sea la fuerza del amor y del bien.

M. Praz