En la historia, Albrecht von Wallenstein (1583-1634) es el general que en la guerra de los Treinta Años logró acumular una inmensa fortuna y reunir en Bohemia extensos dominios, con los que forma un principado casi independiente.
Contratando por su propia cuenta un ejército de mercenarios que maniobraba con gran pericia militar, Wallenstein representaba en la caótica alemania de mediados del siglo XVII el único poder sólido y verdadero. Ello le emparenta con los «condottieros» italianos del siglo XV, cuya posición era muy semejante a la suya. Pero Wallenstein se sublevó contra el poder tradicional del emperador y éste le mandó asesinar. Su fin fue, por lo tanto, análogo al de César Borgia. En ciertos aspectos se parece también a los «condottieros» venecianos, vigilados por la autoridad civil, que siempre los veía con malos ojos. Por lo demás, Wallenstein, a escondidas del emperador, recibió — según ha demostrado el historiador Zweidineck von Südenhorst — subsidios secretos de Venecia para mantener en jaque a Austria.
Su ambición era llegar a ser príncipe elector y aun quizás ocupar el solio imperial. Su personalidad política es propia de la época en que el Renacimiento y la Reforma coincidían en Alemania; Schiller hizo de él el héroe de una trilogía: El campamento de Wallenstein, Los Piccolomini y La muerte de Wallenstein (v. Wallenstein), en la que el caudillo aparece lleno de escrúpulos morales y en continua lucha con su conciencia, manifestada por largos monólogos en los que se desvanece toda su energía. El espíritu del siglo XVIII ha penetrado demasiado en el personaje de Schiller, minándole interiormente, en tal forma que su caída exterior no hace más que completar la tragedia íntima de su conciencia. En cambio, el Wallenstein de la novela que titulada con su nombre escribió en 1920 Alfred Doeblin (1878-1957), ignora las vacilaciones.
Según el mismo método que empleara ya en su Wang-Lund, Doeblin contrapone la intensa actividad de Wallenstein a la actitud totalmente pasiva del emperador; pero, mientras la figura de este personaje pasivo está maravillosamente lograda, la del «condottiero» carece de finura, inteligencia y sentido racional de la acción, según lo poseían los diplomáticos de aquella época. Doeblin acentúa demasiado su aspecto demoníaco e inconsciente, y añade además algunos toques freudianos en la relación de Wallenstein con su primo Slavata, que acelera su caída. Más próximo a la verdad histórica se halla el Wallenstein de la crónica de Ricarda Huch La guerra de los Treinta Años (1912-1914), escrita con homérica placidez y completada en 1915 con un estudio titulado precisamente con el nombre de aquel personaje. Sea como fuere, la figura de Wallenstein no ha sido totalmente descifrada y continúa atrayéndonos precisamente por su penumbra.
F. Lion

