Violena

[Violaine]. Personaje del «mis­terio» L’annonce fait á Marie [El anuncio a María] (v.), de Paul Claudel (1868-1955). Violena nació en 1892 en Combernon, al pie de la colina en cuya cumbre se halla Villeneuve-sur-Fére-en-Tardenois, el pueblo donde el propio Claudel vio la luz.

Nació cuando el poeta se disponía a dejar Francia por largos años, y su tierra sólo se le apa­recerá desde lejos, con «la vieja casa en medio de los pajares, parecida a un huevo roto», como escribirá más tarde en Conoci­miento del Este. Violena era la hija mayor de Anne Vercors, señor de Combernon, y de su esposa Elisabeth. Habían tenido otra hija, que en la primera versión se llama Bibiane, pero que más tarde se llamará Mara, esto es, «amarga». Dos hijas, y por primera vez no hay en la familia hijo va­rón. Combernon tendrá, pues, que pasar a otras manos. De los dos frutos nacidos del árbol de los Vercors, el uno es rubio y anhela volar hacia el cielo — Violena —, mientras el otro es negro y totalmente in­clinado hacia la tierra: es Mara.

Pero ten­drá que transcurrir mucho tiempo para que Violena encuentre en el drama de Clau­del su exacta fisonomía y su equilibrio. Aun así, ya desde la primera versión de 1892, Violena deja a su hermana todos los bienes terrenales, a pesar de que en derecho le corresponden como primogénita. Pero el reino del amor no es el reino de la jus­ticia. En recompensa de sus buenas accio­nes, Violena sólo recibe males. Todos la abandonan, empezando por su padre Anne Vercors, que en la primera versión se marcha a navegar, en la segunda va a América, y en la tercera, o sea en El anun­cio a María, va en peregrinación al Santo Sepulcro. En El anuncio, Violena encuen­tra su propio clima. El arquitecto Pedro de Craon la ama, y ello no es ningún delito. Además, Violena no ama a Pedro, sin con­tar con que ella es, en la familia Vercors, la parte que Dios se había reservado.

Y así, sólo por haber llevado su mano a ella, Pedro contrae la lepra, como en un tiempo eran castigados con la muerte los israelitas que tenían la osadía de tocar el Arca santa. Así, el castigo, de Pedro enseña a Violena que no está llamada a ser en este mundo la esposa de ningún hombre, ni siquiera de Jaime Hury, a quien ama, porque Dios la quiere para otror camino, el del sacrificio. Violena no rehúsa: entrega su anillo de novia a Pedro para la construcción de la iglesia de Santa Justicia, en Reims, y le da un beso de piedad, con el que contrae la lepra. Siguiendo el ejemplo de María, pronuncia el «Fiat mihi secundum verbum tuum», que fue necesario para la Reden­ción. Paul Claudel no cesó jamás de llevar en su corazón y de contemplar constante­mente la imagen de esa virgen de sacrificio, nacida en su propia tierra; puede creerse que representa un aspecto de su propia alma, no sin algún parentesco secreto con aquella «Anima», cuyas relaciones con su grosero esposo, «Animus», nos expone en otras páginas.

Virgen leprosa y ciega, Violena es, a pesar de todo, madre en Noche­buena, cuando por su gracia resucita la niña de Mara, que había muerto. Cuando Violena abre su manto, a las primeras luces del alba invernal, la criatura tiene una gota de leche en los labios, y sus ojos que eran negros como los de Mara, ahora son azules como los de Violena. Y a Violena ya no le queda más que morir a manos de Mara, mientras en la alta forre de Monsanvierge, por última vez, se oyen las notas del Angelus. Santa Justicia está construi­da; Anne Vercors ha cumplido su misión en esta tierra, y la misión de Jaime Hury y de Mara continúa, como proseguirán las generaciones humanas hasta el día del Jui­cio Final.

J. Madaule