Doña Violante

La protagonista de La villana de Vallecas (v.), de Tirso de Molina (Gabriel Téllez, 1584?-1648), cum­ple una de esas metamorfosis predilectas del autor, por las cuales una mujer es he­roína de una peripecia triunfante.

Pero aquí no hay aparente cambio de sexo, como en tantas otras ocasiones, sino sólo disfraz de clase: la dama valenciana que llega a la Corte buscando a su fugitivo burlador, asume la apariencia de una villana de Va­llecas para vender pan por las calles ma­drileñas, en una persecución animada por las confusiones de personalidad entre su burlador y un caballero «indiano». La es­cena «madre» es la final, en que el villano a quien ella ha hecho pasar por su marido cree que realmente ha de casarse con ella, para ser substituido magistralmente por el contrito seductor, dispuesto a reparar con el matrimonio su falta, y admirado de la sagacidad de la que él despreció.

Quizá, para el modo actual de ver, hay un con­traste anacrónico entre la hábil astucia de la dama — capaz de representar su papel de panadera con tan burlona gracia — y su esfuerzo por no dejar escapar a aquel ga­lán que tan inferior a ella — e incluso tan vil — se ha mostrado. Su triunfo más bien nos parece una caída, ante la perspectiva de tal matrimonio. Pero hay que poner el personaje en su tiempo y en su sociedad, y verle como encarnación de una sutil ven­ganza de la mujer, sentimiento tantas veces escenificado por aquel gran feminista que fue Tirso.

J. M.a Valverde