Personaje de Noche de Epifanía (v.), comedia de William Shakespeare (1564- 1616). Es una de las más deliciosas creaciones del dramaturgo inglés, más etérea y lírica que la propia Rosalinda (v.), con la cual tiene en común el disfraz varonil: parece una figura diáfana del mundo de las hadas, ardiente y traslúcida, como una llama azulada. Es una quintaesencia de la más fascinadora femineidad; sabe amar en secreto y sabe imponerse el sacrificio mayor que puede pedirse a una mujer: servir de mensajera entre el amado y la rival; y triunfa de todas las pruebas que jalonan su camino hasta la infalible felicidad final.
Viola no halla un malicioso placer en su disfraz, como Rosalinda; por el contrario, su corazón sufre bajo aquellas mentirosas vestiduras, y toda la melancolía y toda la poesía de su papel se condensan en algunas frases entre ella y el duque, en la escena 4 del acto II, vv. 105 y siguientes: «Mi padre tenía una hija que amaba a un hombre del mismo modo que yo, si fuera mujer, amaría quizás a vuestra señoría. ¿Y cuál fue su historia? Una historia hecha de nada. Jamás confesó su amor y prefirió que su secreto, como un gusano en una fruta, se alimentara de sus rosadas mejillas.
Ella se consumía en el pensamiento y con lívida melancolía permanecía quieta como la estatua de la Resignación en un monumento fúnebre, sonriendo a su dolor. ¿No era aquél un amor verdadero? Nosotros los hombres podemos hablar más, jurar más, pero en realidad nuestras manifestaciones exteriores rebasan nuestra voluntad. De hecho, prodigamos los juramentos, pero no el amor».
M. Fraz

