Verónica Cybo

Protagonista de la no­vela de su nombre (v.) del escritor italiano Francesco Domenico Guerrazzi (1804-1873), compuesta sobre la narración de la Crónica de las cosas florentinas, de Cario Morbio. La historia nos narra cómo la familia Cybo, originaria de Grecia, se trasladó a Génova, con Odoardo, en 1385, y cómo en 1637 Verónica, esposa de Jacopo Salviati, se ven­gó terriblemente de una tal Caterina Canacci, de quien su marido se había enamo­rado locamente.

El tema, enriquecido con aquellas notas de hórrido pavor, de intri­gas, emboscadas y crueldades que no de­bían ser raras en el siglo XVII, pero en las que la encendida fantasía romántica del XIX se complace con exceso, se re­suelve en el arrepentimiento y la peniten­cia que, según el gusto de la época, debían hermanar lo horrible con lo romántico y la culpa con la piedad. Ello sedujo la fan­tasía de Guerrazzi, el cual, a pesar de todo, alejándose del énfasis declamatorio de sus otras novelas, en ésta se contuvo dentro de unas líneas sobrias y mesuradas. Ello permite que la luz se concentre en la figura de la protagonista, mientras el autor se mantiene totalmente ajeno a la representa­ción, en la que no interviene en lo más mí­nimo. Presa primero de vagas dudas, sub­siguientes a tenues indicios, y luego cada vez más torturada por unos celos atroces, Verónica, esposa enamorada, mujer orgullosa, que ante su honor herido llega a olvidarse incluso de sus hijos, no es más que un miserable instrumento de su volcánica pasión.

Todo en ella tiende, con su vil perfidia y tenaz persistencia, a la an­helada venganza. Matará a Caterina, y le parece ya gozar de la visión de sus tiernas ‘carnes bajo el hierro, pero antes la humi­llará con sus injurias; y sin arrepentirse en lo más mínimo de su atroz crimen, no se sentirá totalmente vengada hasta que haya gozado del tremendo dolor de Salvia- ti, a quien anunciará la muerte de su ama­da enviándole su cabeza escondida en una cesta de finísimos lienzos. Sólo entonces, horrorizada por su acto, que sólo le deja un espantoso vacío en el corazón, se reti­rará a una vida de soledad y de peniten­cia, seguida por su cómplice Margutte, y se entregará a obras piadosas hasta el pun­to de que la gente la creerá santa. Si se dejan de lado algunos amaneramientos, el •carácter de Verónica es rico en vida, es­pecialmente por el contraste entre sus sen­timientos de mujer engañada y de madre, cuando pasa del delirio de amor y de ce­los, que la lleva a acariciar a su hijo, a la más cruel severidad para con. éste, la cual a su vez se resuelve en seguida en arre­pentimiento y en amargas lágrimas.

M. Maggi