Víctor Alfieri

[Vittorio Alfieri]. Nos referimos aquí a Alfieri (1749-1803) en cuanto a personaje de la Vida (v.) que terminó de escribir el año mismo en que murió.

Es, pues, un personaje autobiográ­fico que merecería ser retratado no en la objetividad de la crónica confesada, sino más bien en aquella zona de disparidad en­tre crónica y memoria donde — en este caso como en tantos otros — el autobiógrafo se revela a nuestros ojos mucho mejor que en los escrúpulos de la «relación» más exacta. (En el fondo, Cellini y Casanova, como personajes autobiográficos, viven pre­cisamente en cuanto resultados de humores y de fantasías, más que como cronistas de sí mismos). No hay, pues, razón para bus­car y para esforzarse en coordinar los pun­tos, por lo demás bastante raros, de una fácil y ya conocida historia anecdótica, sino para detenerse en tal o cual comen­tario, y a menudo para destacar un auto­rretrato «feroz y generoso».

Lo que más cuenta, para describir la figura de Alfie­ri, es el tono de la confesión, precisamen­te en los puntos en que se advierte su esfuerzo por interpretar un acontecimiento o un recuerdo y exprimir sus últimos signi­ficados psicológicos y aun — si se nos per­mite la anticipación — psicoanalíticos. Léan­se, para ello, las páginas sobre la niñez y la adolescencia, donde tal esfuerzo es más sensible, por cuanto continuamente obede­ce a los principios de una significativa declaración: «en los pechos muy jóvenes, si bien se estudian, se acaba descubriendo manifiestamente las distintas semillas de las virtudes y de los vicios». En este sen­tido el. personaje Alfieri es el hombre nuevo en una época que — libre de polé­micas todavía por algún tiempo — lleva ya maduros en sí todos los gérmenes de la re­novación y, más aún, los del descontento ante la situación presente: Alfieri es, en realidad — incluso en esta, su transposición literaria—, uno de los padres del Roman­ticismo italiano, y su figura debería hacer meditar a todos cuantos intentan adherirse a la sofística opinión que niega la exis­tencia de tal Romanticismo.

Es, en suma, una figura interior: el poeta nos había dejado ya en otras páginas su «retrato» — 9 de junio de 1786 — inaugurando un procedimiento que luego hubieron de se­guir fielmente otros autores, desde Manzoni en su juventud y desde Foscolo en adelante: allí pueden encontrarse, en los catorce versos del soneto, todos los deta­lles físicos que se quiera. Pero indudable­mente, la imagen más sugestiva de Alfieri es la que se halla en los Sepulcros (v.) foscolianos: aquella visión de un hombre airado, pálido y taciturno, viene a com­pletar, confiriéndole una evidencia emble­mática, el incorpóreo personaje de la Vida.

F. Giannessi