[Monsieur Verdurin]. Personaje de En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871-1922). Su principal misión en la vida es la de ser el marido de Madame Verdurin (v.), dueña del célebre salón burgués y tirana de sus fieles frecuentadores.
Verdurin parece totalmente sometido a su esposa, entre cuyos hábitos de mundana amabilidad hay que subrayar la risa al servicio de los más variados sentimientos : desde la coquetería de fingir ofendido el pudor de sus castos oídos, hasta la burla de los «latosos», o sea generalmente, los nobles encerrados en sus torres de marfil, y hasta la admiración ante alguna profunda opinión acerca de arte, música o amor, más o menos animadamente expresada. Pero como en una de tales risotadas madame Verdurin llegó una vez a desencajarse la mandíbula, hasta el punto de que para volvérsela a su sitio tuvo que intervenir el doctor Cottard (v.), más tarde aprendió a reír en falsete, cosa imposible para su marido, que, cuando reía, reía de veras, y, en algunos casos, al no poder ponerse al mismo ficticio diapasón de su consorte, tenía que contentarse con fumar tristemente su pipa en un rincón.
Cuando, en las sucesivas ocasiones de dos fallecimientos entre los «fieles», madame Verdurin se niega a aplazar una de sus recepciones, él se esfuerza en fingir ignorancia, o incluso a poner en duda la noticia como si fuera una exageración del informador, o a recomendar a todos que no la mencionen ante ella por cuanto, la pobre, con lo sensible que es, padecería demasiado al enterarse. Generalmente carente de iniciativas, que podrían estorbar a los programas de su esposa, Verdurin desahoga sus viriles acentos de barítono o de bajo profundo, dentro de unos límites fijos y consentidos, como por ejemplo, el abrumar de reprimendas y sarcasmos al pobre escritor Saniette.
Sin embargo, Verdurin no acaba aquí; está dotado de una generosa bondad, que en una circunstancia grave se manifiesta precisamente en favor de Saniette, y en el secreto de su estudio es también un fino «connaisseur» de arte, cosa que nunca se atreve a dejar adivinar en el salón de su esposa. Por ello, cuando muere, una de las personas que más lo sienten es el grande e inteligentísimo pintor Elstir (v.), para quien Verdurin, que le había seguido y comprendido desde su juventud, representaba el testigo seguro de una época ya desaparecida y la conciencia de un determinado tipo de belleza.
R. Franchi

