Este personaje, que constituye una de las más vigorosas creaciones de Honoré de Balzac (1799-1850), aparece por primera vez, bajo aquel nombre, en la novela Papá Goriot (v.).
Vautrin habita una pensión menos que modesta y es hombre de apariencia cordial y benigna, aunque algo misterioso; para proteger a Rastignac (v.) le ofrece hacer matar en duelo al hermano de Victorina, a fin de que aquél pueda casarse con ésta, convertida en rica heredera a consecuencia de aquel homicidio. Finalmente se descubre que Vautrin es en realidad Jacques Colin, presidiario evadido: la policía logra apoderarse de él y enviarle de nuevo a trabajos forzados. Más tarde, Vautrin reaparece bajo el disfraz de Carlos Herrera, prelado español, y como tal protege al joven poeta Luciano de Rubempré (v.), cuya aventura, tras sus amores con Ester Gobseck, termina trágicamente (v. Ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas).
Entonces el antiguo forzado se transforma en jefe de la policía secreta (v. La última encamación de Vautrin), transformación que Balzac toma de la historia de un personaje real, Vidocq, en la que también se inspirará más tarde Víctor Hugo. Otras aventuras, así como la muerte de Jacques Colín a manos de un monedero falso, tienen en el conjunto de La comedia humana (v.) un relieve menor; pero la figura de Vautrin, aparte su obscura sombra y una secreta perversión que Balzac da a entender con bastante claridad, conserva cierta grandeza, propia de un ‘espíritu rebelde que, reaccionando ante las iniquidades del abismo en que vivía, intenta luchar con energía titánica, o demoníaca, contra todas las fuerzas sociales y someterlas a un plan de dominio que acaba coincidiendo con la propia misión de la policía, hasta entonces enemiga mortal de Vautrin, pero que termina por representar a los ojos de éste — de acuerdo con un pensamiento constante de Balzac — el poder necesario, vigilante y a menudo engañado, que constituye el último puntal de una moral social puesta en peligro por la violencia y la corrupción.
En Vautrin y en Rastignac, Balzac parece ver las únicas expresiones positivas y, en cierto modo, triunfantes de la sociedad que representa y en la cual vive: triunfo personal y transitorio, empero, y no conclusivo ni pacificador. Rastignac supera una época nueva y corrompida desenmascarando todo falso halago y demostrando ser lo bastante fuerte para descollar y lo bastante independiente para imponer al mundo que le rodea una forma de señoril y sutilmente escéptica elegancia. Vautrin, por su parte, arremete decididamente contra la sociedad, primero como bandido y luego como policía, pero siempre fuera de la ley.
En el fondo, ambos son solitarios sin sonrisa, que, de un juicio pesimista sobre el mundo y de la natural necesidad de imponerse a éste, sacan las fuerzas y la justificación de una ambición sin escrúpulos, que a toda costa pretenden conciliar con cierto afán de hacer el bien, aunque sea a despecho de la sociedad y como burlándose de ella, como si obedecieran a una exigencia de nobleza jamás totalmente adormecida. Y en este romántico contraste reside todo su valor sugestivo.
F. Neri

