[Ulysses, Ulixes]. Figura de la mitología griega, Odiseo, a quien los latinos llamaron Ulises, es el personaje más fascinador que nos ha legado la antigüedad clásica, e indudablemente el más complejo y versátil.
Aunque los trágicos recurrieron más de una vez a su mito, que se halla también presente en las fantasías de los líricos, Ulises es ante todo un héroe homérico. Hijo de Laertes (v.) y de Anticlea (v.), su nombre evoca inmediatamente aquel modelo de paciencia tenaz que llena toda la acción de la Odisea (v.); pero, si bien se mira, en la Ilíada (v.) su personalidad es muy distinta de la de aquel carácter ideal y genérico que luego le dieron poetas más tardíos, abstrayendo del personaje vivo de la poesía un mero «tipo» de hombre astuto por excelencia, y convirtiéndole en el primero de los «ulísidas». La poesía homérica no posee «tipos» siempre iguales a sí mismos, y el propio Ulises, en la Riada, rige sus actos más de acuerdo con la situación en que se halla que según un carácter prefijado e impuesto por el poeta. Cuando Príamo (v.) y Elena (v.), desde las murallas de Troya, contemplan a los ejércitos desplegados en la llanura (canto III), Ulises atrae sus miradas por su porte, que le distingue entre todos, como el pastor de un rebaño descuella entre los animales que pace.
Elena le retrata como un hombre hábil y de sutil pensamiento, y el anciano Antenor (v.) recuerda que una vez, en ocasión de una embajada, oyó hablar a Ulises con seductora elocuencia y compara la suavidad de sus palabras a la caída de la nieve invernal. En la Riada, Ulises es un hombre sensato y activo, pero por encima de todo un guerrero valeroso; los hombres y los dioses le eligen para delicadas misiones: él es quien devuelve Criseida (v.) a su padre (canto I); quien por sí solo detiene la fuga del ejército que, cansado de la guerra, pretendía volverse a las naves; impone enérgicamente silencio al arrogante Tersites (v.) y finalmente restablece la situación con palabras equilibradas y hábiles (canto II); enviado con Ayax (v.) y Fénix (v.) en embajada a Aquiles (v.), pronuncia un discurso tan delicado como conmovedor para disuadirle de su irritada actitud (canto IX); y por diversas veces, en unión con Diomedes (v.), lleva a cabo brillantes golpes de mano entre los cuales destaca el asalto nocturno al campamento de Reso (canto X); finalmente, se distingue como ágil corredor en los juegos en honor de Patroclo (v.) (canto XXIII).
También en la Odisea es hombre de múltiples aptitudes, pero el espíritu con que el poeta le ve es otro, y por ello se acentúan ciertos aspectos de su carácter en los que la Ilíada no había particularmente insistido. En el poema de su regreso, en efecto, Ulises se erige en protagonista exclusivo de toda la aventura, como declara ya el primer verso («Cántame, oh musa, al hombre…»), mientras que en la Ilíada ni siquiera Aquiles destaca tanto sobre los demás, y el argumento (la ira y sus consecuencias) resulta menos ceñido al personaje. Todos los episodios de la Odisea están llenos de Ulises, incluso cuando él no aparece: hacia él se vuelven la atención humana y la divina, los dioses hablan de él en sus asambleas, y Atena está siempre a su lado. Ningún héroe de la Ilíada cuenta con un dios que le asista con tanta constancia y familiaridad. Atena es, por así decirlo, el homólogo olímpico de Ulises; la diosa de múltiples artes, batalladora pero no feroz, inspiradora ideal de la Odisea, que a diferencia de la Ilíada manifiesta una preferencia por las artes del ingenio antes que por el puro valor militar.
La prudencia y la inventiva, juntamente con la audacia, curiosa de verlo y saberlo todo, hacen de Ulises el primer personaje deliberadamente ejemplar y típico en sus constantes psicológicas; mientras la coherencia interna de los hombres de la Ilíada sólo deriva de la coherencia general de su representación poética y de su desinteresado realismo, la proteica actuación de Ulises viene siempre referida, por medio de notas psicológicas, al ideal del cual debe ser héroe. Los epítetos que constantemente acompañan su nombre («astuto», «ingenioso», «rico en recursos», etc.) constituyen una especie de programa para el poeta de la Odisea. En las relaciones de Ulises con la divinidad, esta persistencia de sus caracteres determina, por una parte, la asistencia ininterrumpida de Atena, patrona de aquellas virtudes que distinguen a su protegido, pero mientras tanto la fijación de las relaciones entre el hombre y el Olimpo empieza también a hacer pensar en los problemas de la libertad y del destino, acerca de los cuales habrían de especular más tarde los trágicos griegos.
Ulises no está abrumado por ninguna decisión irrevocable del destino, sino que es el héroe de un ideal más sumiso. En la Ilíada, el destino interviene con pesada mano sólo para imponer el tiempo y las condiciones de la muerte (Aquiles, Héctor), mientras que la suerte de Ulises en la Odisea es la de ser desde el principio «ilustre por su fama y su desventura». Así, el interés del relato reside constantemente en el interior de su drama personal, y en todo el poema sólo se habla de él: incluso los primeros cuatro cantos, o Telemaquia, están enteramente dedicados al héroe misteriosamente lejano, pero siempre presente en los pensamientos de su esposa, de su hijo y de los procos. Ulises comparece en persona en el canto V, y tras el amable paréntesis de su encuentro con Nausica (v.), inicia personalmente el relato de sus propias aventuras anteriores. Así la narración de sus variadas travesías (IX-XII) adquiere el tono del recuerdo interesado de quien las vivió, pero a la vez se entrevera con la nostalgia del hogar siempre lejano.
Ello hace más aceptable y verosímil el fabuloso material esparcido a lo largo de la historia de tan azaroso viaje, en el que el elemento maravilloso de las antiguas fábulas se compagina con la agudeza y el realismo de la visión. La nostalgia del hogar y la nostalgia de Troya se confunden: Ulises se revela al rey de los feacios después que todos le han visto llorar mientras escuchaba al aedo Demódoco cantar la caída de Troya, obra suya, que había ya penetrado como materia poética en las cortes de los reyezuelos griegos. El regreso a Ítaca y la venganza (XIII-XXIV) vuelven a adquirir tonos más cotidianos: el astuto héroe llega sin darse a conocer y aún se confunde con los más humildes de sus súbditos, con cuyo auxilio se prepara a manifestarse como justiciero, padre y marido. Las demás historias que alrededor de la figura de Ulises tejieron los escritores griegos y romanos ulteriores no pueden compararse a la ilimitada riqueza de motivos del Ulises homérico. En el Ayax (v.) de Sófocles (496-406 a. de C.) se dramatiza la hostilidad entre Ulises y Ayax Telamón.
Una leyenda antigua había ya comparado a ambos héroes, destacando la astucia del uno y el valor del otro. Para decidir a quién pertenecerán las armas de Aquiles, se preguntó a los troyanos cuál de los dos les había causado más daños, y ellos indicaron a Ulises. De aquí la locura de Ayax. De ella y de su suicidio, Ulises, en la tragedia de Sófocles, es puramente el testigo; una vez más, se nos muestra como hombre de criterio seguro y de prudencia ejemplar, aunque abrumado ante el drama de la locura en que sucumbe su rival. Pero también esta vez Atena está a su lado y le invita a mirar hasta el fondo en el alma de Ayax y a hacerse plenamente cargo del verdadero estado de éste. A partir de aquí la tragedia de Ayax marcha hacia su epílogo. Y cuando, al final, hay quien pretende ensañarse en el cadáver del suicida, Ulises comparece para defenderle en nombre de la justicia y solicitar para su enemigo los honores de la sepultura. Ulises, que odiaba cuando era justo odiar, ha recobrado el sentido del más sereno equilibrio, y obra como un justiciero iluminado. El mismo Sófocles, en su Filoctetes (v.), subraya la astucia y la elocuencia persuasiva de Ulises.
El oráculo que había impuesto a los griegos la obligación de llevar a Filoctetes a Troya, les había también dictado, como condición necesaria, la de que la reincorporación de aquél se hiciera por la persuasión y no a la fuerza. Ello brinda a Ulises ocasión para desplegar todas sus artes. Filoctetes es un hombre sencillo y sin rodeos, y Ulises, que le envuelve en una red de mentiras y engaños, actúa como verdadero técnico de la astucia, siquiera ésta se halle justificada por el interés común al que debe servir. Pero esta vez, Ulises crea a su alrededor insuperables desconfianzas, y sólo la aparición de Heracles (v.) puede resolver favorablemente la situación. En el Cíclope (v.), drama satírico de Eurípides (480-406 a. de C.), Ulises no se aparta sustancialmente de su tradicional dignidad, a pesar de verse envuelto en la bufonesca historia del monstruo y de los sátiros. Sileno le trata de charlatán, porque la parodia festiva era esencial en el drama satírico, pero por otra parte Ulises manifiesta su audacia al hacer frente a Polifemo (v.) que regresa, demuestra su elocuencia en el discurso que hace al Cíclope, y su valor y su ingenio en los episodios de la ceguera y de la fuga, saliendo así vencedor en aquel combate entre el talento y la violencia brutal.
Este Ulises, fiel al modelo homérico, pero referido a actitudes más cotidianas, sigue dando tema a los escritores griegos posteriores. Generalmente tiende a especializarse en alguna de sus cualidades tradicionales, como la astucia o la elocuencia, y cada vez con más frecuencia se convierte en un pretexto de humorismo en intrigas cómicas y paródicas. Ya en el Reso, tragedia atribuida a Eurípides pero generalmente considerada no auténtica, cuyo asunto son los acontecimientos del décimo canto de la llamada, es perceptible el humorismo en algunas de las réplicas de Ulises. Mientras la comedia y el drama satírico contribuyeron a la crítica y a la parodia de los mitos, y Epicarmo, por ejemplo, escribió una comedia con el título de Ulises desertor, la más alta poesía renovó la comparación entre Ayax y Ulises, afirmando la superior nobleza del primero (Píndaro, Nemeas VII y VIII). La filosofía sometió a los héroes míticos a una valoración moral y Ulises quedó rebajado al rango de perfecto mentiroso (Platón, Hipias Menor). En la poesía latina, Ulises entra sobre todo a través de la sátira, y por consiguiente permanece fiel a su fama de mentiroso intrigante (Horacio, Sátiras II, 5). En cambio, el otro aspecto de su carácter, es decir, el homérico, fue recogido por los filósofos, especialmente estoicos. Entre los romanos creyeron en esta tradición Cicerón, el propio Horacio, Séneca y otros, que continuaron elaborando la leyenda que Dante, siglos después, había de llevar de nuevo a la gran poesía.
F. Codino

