El personaje dantesco de Ulises se presta a varias interpretaciones. Sin embargo, si nos fijamos en la línea seguida por los más atentos comentaristas, observaremos que coincide con el esfuerzo de integrar a aquel personaje en el ámbito de la Comedia.
Las interpretaciones más importantes pueden resumirse a los estudios de tres críticos: B. Nardi, A. Momigliano y M. Fubini. 1) Tesis de Nardi: Ulises es un rebelde como Adán, y aun como Lucifer y como tal se enfrenta con la divinidad («Y semejante a un dios rebelde nos aparece verdaderamente Ulises erguido en la proa de la nave… y en su triste destino percibimos la audacia castigada de un Prometeo»); 2) Tesis de Momigliano: el espíritu del canto se halla en el «sentido a la vez de grandiosidad y de tristeza que se desprende de toda la empresa»; y el crítico insiste varias veces en los conceptos de «tristeza» y aun de «melancolía» («En el relato de Ulises todo es triste»); 3) Tesis de Fubini: para Fubini «el ímpetu heroico» es la inspiración primera y esencial del episodio de Ulises. Por ello se opone por igual a la primera y a la segunda interpretaciones («La nota melancólica queda totalmente absorbida, suponiendo que exista, por la inspiración heroica»; «Nada hay en el episodio que distraiga del sentimiento predominante de admiración»; «Conmovida evocación de la grandeza antigua»; «El Ulises de Dante no se asemeja ni a un dios rebelde ni a un superhombre»; «El héroe, en su oración, no dice ni una palabra de la ley que parece disponerse a violar.
Pero, ¿qué valor tenía para él aquella ley, si verdaderamente era tal?», «La gracia faltó a Ulises, como le faltó la fe, pero no la virtud»). Argumentaciones, como se ve, convincentes; pero la caracterización de Fubini es a su vez errónea, por lo menos en parte. Hay en ella un exceso de descripción psicológica. Fubini centra el episodio en el personaje, pero acaba olvidando el paisaje (esto es, el conjunto, el contexto); Ulises adquiere así una especie de «autonomía» respecto al mundo poético circunstante, con lo cual se desprende del marco del Infierno para pasar a una especie de Limbo de la grandeza antigua («…el lector es gradualmente llevado a un mundo que no es el infernal»). La conclusión es que, por un lado, Ulises acaba por adoptar, en la mente del crítico, una actitud análoga a la de un personaje de Giotto («Ulives, que habla tan serenamente, con tal ‘honradez’, ya no nos hace pensar en una figura miguelangelesca, sino en una figura de Giotto»); por otro lado, la solemnidad del tema del misterio y de la presencia de Dios, o sea el tema de la tragedia, resulta menoscabada por esa reconstrucción crítica.
Sin las referencias al paisaje, la aventura de Ulises no tendría la extraordinaria tensión y el significado que tiene. La reducida comitiva se adentra por un paisaje que posee la longitud y la latitud de un país celeste, ultraterreno; por encima de todas las cosas, por encima del silencio y de las playas, de la noche y de la nave, late la secreta presencia de Dios. A esa misma altura, que constituye el fondo de la escena, se eleva la grandeza de Ulises. Ya al principio, el paisaje, desplegado sobre el misterio de la vida nocturna («Quante al villan, etc.»), prenuncia aquel otro misterio que rodea la tragedia. «Perduto a morir gissi» [«Perdido, me acosté para morir» ]: así empieza una página de soledad oceánica, arcana, sin relieves, en la que las palabras son pocas, pero donde el aire abierto y el silencio, y la infinita línea del mar desconocido entran entre verso y verso, y todo queda rodeado por aquel desconocido océano. Ilimitado es el mar e ilimitada el alma: el mar y el personaje de Ulises son igualmente vastos y en este episodio son inseparables: un alma grande y una extensión impenetrable.En la última parte el paisaje es más secreto, más amenazador, más remoto.
Superados los «recelos», Ulises sólo ve cielo y mar. ¿Qué experiencia es ésta? El mar, las mutaciones del cielo, la luna que vuelve regularmente a encenderse: el espanto reside en el sentido de eternidad que ello crea: primero señalaban las etapas, los lugares, pertenecían al círculo humano, al reino del hombre; pero ahora marcan el viaje con el movimiento de los astros, porque han entrado en el reino de Dios. El cielo, con sus movimientos regulares, da la sensación de eternidad, y sus movimientos se cumplen aunque el hombre esté ausente; pasan al reino de Dios, donde no hay ningún eco de orillas humanas. El escenario, solemnemente, se amplía. Aparece la montaña: la pequeña comitiva ha llegado ya, pero es el principio y el final del gran conocimiento: la muerte.
El mar, la materia arcana y obediente a Dios, sepulta la audacia que avanza desprovista de la gracia sobrenatural. A esos hombres que pretendían caminar «tras el sol», esto es, equipararse a lo más alto, Dios les concede una muerte definitiva pero solemne: saliendo del mundo de los hombres, mueren bajo los ojos de Dios (de otro modo que Lucifer, por lo tanto, pero también de otro modo que Giotto); con la nave se agita el océano entero, «todas las aguas»; casi todo un hemisferio asiste al fin de Ulises y de la pequeña comitiva. Todo ello es extraordinariamente religioso y trágico; en ningún otro pasaje se puede encontrar un fondo tan vasto ni tan remoto.
P. Baldelli

