[Ubu]. Protagonista de las obras Ubú rey (v.) y Ubú encadenado, del escritor francés Alfred Jarry (1873-1907). Grosera marioneta simbólica, surgida de la fantasía genial de un poeta, Ubú es mucho menos y mucho más que un personaje.
Su lenguaje absurdo y grosero que refleja su incontinencia, su crueldad y su brutalidad, encierra la parodia de todas las instituciones y de todos los regímenes, en una anárquica y despiadada negación. Rey de Polonia a consecuencia de un homicidio, cometido, como el de Macbeth (v.), a instigación de su esposa, Ubú es, a la vez, sanguinario y demagogo: desposee y da muerte a los nobles, arroja dinero a la plebe y abruma a campesinos y propietarios con rapaces impuestos que él mismo percibe, identificándose con el Estado. Pero este vanidoso monarca de palo se muestra cobarde en la guerra y huye: nada retrata mejor su carácter que la escena en que, acurrucado en un refugio, reza el Padrenuestro, mientras sus compañeros de destierro pelean con un oso.
Sin embargo, aquel mismo hombre que, con sanguinario y codicioso ímpetu, torturara al prójimo, en la república democrática se presta voluntariamente a ser esclavo, e incluso llega a cometer crímenes para poder ser, en un país donde la esclavitud no existe, un siervo íntegro y ejemplar. Los supremos ideales de aquella larga vida de atropellos son a última hora la cárcel, la deportación y los grilletes, que Ubú anhela con toda su alma, como realización de aquella esclavitud que constituye el polo opuesto a su anterior poder sin límites. Así Ubú, en sus distintos aspectos, se convierte en un símbolo de los contrapuestos elementos que componen el alma humana: vileza y cobardía, orgullo y aborregada sumisión.
A la vez complejo y sencillo, Ubú, con su gran corpachón y su peculiar estilo de vida y de expresión, que sólo refleja innobles instintos, agrada a las masas: «¡Viva el rey de Polonia!», gritan, cuando es un verdadero déspota; «¡Viva el rey!», gritan una vez más, cuando sólo es el soberano de los forzados. Marioneta maravillosa, Ubú se desprende de los hilos que le ataban y asume un cuerpo y un lenguaje propios, gigantescos, blande su sable sobre las curvadas espaldas de los mortales y proclama solemhemente el triunfal advenimiento de la estupidez en el monótono escenario del mundo.
G. Falco

