Ulises

En el siglo XIX la figura de Ulises vuel­ve a ser tema de poesía; y si el Ulises de Graf y de Pascoli parece cansado y me­lancólico (un Ulises más o menos dulce­mente crepuscular), el Otro Ulises, desde Tennyson a D’Annunzio, incansablemente citado y recordado en toda clase de escritos y de discursos, ha sido casi vulgarizado, convirtiéndose en una especie de santo protector de los exploradores, de los via­jeros infatigables y de los descubridores.

Ello puede tal vez parecer un empobreci­miento y una limitación; pero quizá sólo a quien no piense en la riqueza ideal que el siglo XIX concentró en el «tipo del explo­rador». Por otra parte, la prueba de que ni siquiera ello es suficiente a los moder­nos se encuentra en el título de Ulises (v.) que el novelista irlandés James Joyce quiso dar al más audaz y al más modernamente elaborado de sus libros: aquella informe y enorme epopeya en prosa en la que un pobre hombre cualquiera, Leopoldo Bloom (v.), pasa a ser teatro de las más arries­gadas aventuras de la modernísima psico­logía, perdido en un vagabundeo sin des­canso entre las innumerables y centelleantes oleadas de la conciencia y las tinieblas abismales del subconsciente (según decla­ración del autor, su Ulises traduce en términos modernos los distintos episodios de la Odisea).