Twardowski

Personaje de una balada de Adam Mickiewicz (1798-1855). Llamado también el «Fausto polaco», Twardowski existió realmente y a su alrededor se for­jó una leyenda paralela a la del Fausto (v.) alemán, del cual fue contemporáneo.

Sus sortilegios son casi tan famosos como los de aquél, y se dice que mostró al rey Segismundo, en un espejo mágico, la figura de la difunta reina Bárbara. Entre Fausto y Twardowski existen algunos rasgos ex­teriores comunes, pero, en el fondo, sus personalidades difieren profundamente. El Fausto polaco no es un sabio, a pesar de que, como el otro, ha estudiado en la uni­versidad de Cracovia, pasa por ser autor de un libro que luego resulta ser obra de otro, y conoce la magia negra. Twardowski es un brillante caballero que ha hecho un pacto con el Diablo (v.) para tenerlo a su servicio en su vida de amante del pla­cer. A cambio de ello ha prometido que, al cabo de dos años, irá a Roma, donde abandonará su alma al príncipe de los in­fiernos.

Han transcurrido siete años y Twar­dowski se ha guardado muy bien de ir a Roma; pero el Diablo comparece, dispuesto a llevarse su alma por medio de un engaño. El poeta describe una taberna rebosante de hombres que beben, gritan y bromean; el más alegre de todos es Twardowski, que se burla de uno y de otro, alardea de sus habilidades mágicas, y ríe a grandes car­cajadas. De pronto llega un mensajero del demonio, con la orden de detención: Twar­dowski no ha ido a Roma, pero la taberna en que se halla se llama «Roma»: allí le ha llevado su dueño para obligarle a cum­plir el pacto que firmara en Lysa Gora, habitual residencia de diablos y brujas. ¿Qué hacer? Ningún ángel intercede por él; ninguna buena acción ni ningún pensa­miento le justifican; pero Twardowski cuenta con la astucia, que lo prevé todo. En el pacto se estipuló que tendría dere­cho a imponer tres pruebas al mensajero que fuera a prenderle.

La primera es una prueba de magia: el Diablo transforma sin dificultad el caballo pintado en la puerta de la taberna en un velocísimo corcel, tuerce una fusta con sólo echarle los pol­vos y edifica en el bosque un maravilloso castillo. La segunda prueba es más difícil: hay que sumergirse en una herrada llena de agua bendita. El Diablo sale de ella estornudando, tosiendo y retorciéndose. Pe­ro la tercera prueba es concluyente. Twar­dowski, durante su vida, no buscó el amor de Margarita (v.) ni el de la mítica Elena (v.), pero posee una mujer cuya fealdad física y moral es célebre. La manda llamar y conmina al diablo a tomarla por esposa y cumplir fielmente con ella sus deberes conyugales durante un año. El poeta no describe a la mujer; pero la reacción del diablo nos basta para formarnos una idea de ella. En efecto, apenas le da una ojeada, y está ya escapando por el ojo de la cerra­dura… y todavía sigue huyendo.

Con este final, que recuerda la leyenda del diablo que toma esposa (v. Diablo), Mickiewicz cambia la tradición, según la cual Twar­dowski caía en manos del Diablo; pero el personaje resulta más lógico y más vivo, lo mismo que su mujer. El título de la balada de Mickiewicz, quizá por ello, no es el nombre del astuto caballero, sino el de su mujer, que se ha hecho proverbial: «La señora Twardowska».

M. B. Begey