Personaje de la «commedia dell’arte» que Carlo Gozzi (1720- 1806) introdujo en sus Fiabe teatrali, caracterizándolo siempre como criado, unas veces necio, otras astuto, según conviniera a los efectos de la comicidad.
Por ese camino, Truffaldino vive en la gran familia de otras tantas figuras semejantes a la suya, presentes casi en todas las zonas de la literatura narrativa o dramática: desde el Chichibio de Boccaccio al Sganarelle (v.) de Molière, por no citar — como sería aún más fácil — los distintos personajes de la comedia goldoniana, tan estrechamente emparentados con él. Aparece ya en El amor de las tres naranjas (v.), la primera farsa escrita por Cario Gozzi, y como la finalidad de la obra es francamente polémica — Truffaldino, precisamente, simboliza la «commedia dell’arte» y es el único que logra distraer y alegrar al príncipe Tartaglia, en quien se encarna el público veneciano —, debe estimarse como gran mérito de Gozzi el hecho de que conserve un tono desinteresado de vivacidad, perceptible en ciertas sugestiones del cañamazo (esta farsa es la única de Gozzi escrita por entero, a excepción de algunos pasajes, en forma genérica e indirecta, según el uso anterior a Goldoni); así vemos a Truffaldino en ciertas situaciones o actitudes que pueden dar a nuestra fantasía una imagen precisa: «temblaba fuertemente», «expresaba sus grandísimas manías»,, «formulaba ridículas peticiones», «atareado en ensartar un asado».
Evidentemente, es imposible referirse a un rasgo preciso, a una frase que condense la humanidad de Truffaldino según las trazas del texto gozziano: hay que recordar que las Fiabe se compusieran todas para una sola compañía teatral dirigida por un tal Sacchi, que siempre desempeñó el papel de Truffaldino, y como suele ocurrir en tales casos, este bufo personaje debió sus aspectos más vistosos e incisivos a las facultades de improvisación del actor. La prueba está en que, al escribir otras obras, Gozzi eliminó casi completamente el discurso indirecto— señalando a cada personaje el texto exacto de sus réplicas—, pero dejó siempre la máxima libertad a Sacchi, sugiriéndole sólo ciertos límites y pretextos para que su papel se ligase en algún modo al de sus compañeros de escena. Ello, naturalmente, nos impide precisar la figura de Truffaldino más allá de unos límites ampliamente genéricos: ya se ha dicho que Truffaldino es un criado gracioso, y tal vez ésta es la única característica constante de su personalidad. Toda precisión ulterior, repetimos, sería azarosa: contentémonos con reconocer a Gozzi una gran discreción para con el actor; discreción que no disminuye ni siquiera cuando el tema del chiste parece más perentorio.
Así, por ejemplo, en El rey ciervo, donde en la escena XIV del acto II Truffaldino tiene un divertido encuentro con un papagayo hablador. En tal pasaje, indudablemente, el texto es menos genérico que en otros, pero siempre se trata de una situación creada desde fuera y que, tomada según se halla en el papel, en nada contribuye a dar profundidad al personaje; lo que en él hubiera de interior, no lo hallaremos en la lectura por mucho que busquemos: procedía de la inspiración de quien interpretaba el papel. Por ello Truffaldino puede ser considerado como el último personaje de la «commedia dell’arte», felizmente vital — y malicioso desde el punto de vista de la polémica literaria— a pesar de haber nacido, por su época y por su tierra, al lado de los grandes personajes de Goldoni, quien le hizo protagonista de su comedia El servidor de dos señores (v.).
F. Giannessi

