Tristán

 [Tristrant, Tristram]. Es el pro­tagonista de una trágica aventura de amor y de muerte, que, en las representaciones de los troveros franceses del siglo XII, se sitúa dentro de un vasto marco de empre­sas de audacia y de cortesía, de míticas hazañas y de gestas caballerescas, de aven­turas prodigiosas, de encantos, sortilegios y pasiones generosas y feroces.

Pero la ma­teria heroica o maravillosa sólo constituye el marco; es sólo accesoria y episódica, pero no siempre es la misma en los diversos poemas o «romans» franceses cuyo prota­gonista es Tristán (v. Tristón e Isolda). Ello demuestra que la personalidad de Tris­tán como figura poética no puede definirse partiendo de los distintos mitos que dieron pie a los «romans» que a él se refieren : Tristán entra y se inmortaliza en el mun­do de la poesía únicamente como héroe de un amor fatal, independiente de todo víncu­lo y de toda obligación; un amor que no obedece a otra ley que a la ley misma del honor, y que lo vence y lo trasciende todo, incluso el derecho más sagrado, la mora­lidad, la religión y el honor mismo, que en la sociedad caballeresca, en la que el «ro­man» de Tristán nació, es la realidad más noble y más alta y la ley suprema, sagrada e inviolable. ¿Qué fantasía de poeta creó, pues, esta imagen tan grande, que parece renegar o repudiar los ideales universal­mente aceptados y sentidos en el siglo XII, y encarnar y traducir una noción de la vida y de la condición humanas que sólo por algún rasgo exterior y no esencial pa­recen coincidir con la noción cortés del mundo y de la vida?

La pregunta nos lleva a un terreno muy incierto, de graves pro­blemas, por cuanto muchos son los «ro­mans» y los «lais» episódicos que, en el siglo XII, se compusieron en Francia alre­dedor de la figura de Tristán (v. Lais de María de Francia); pero también es obs­cura la cronología de éstos y, por otra parte, es imposible determinar exactamente sus mutuas relaciones, y no pasa de mera hipótesis — y aun no bien fundada — la doctrina según la cual habría existido una fuente más antigua de la que podrían o deberían derivar todos los textos que co­nocemos. El problema se complica todavía más por el hecho de que los dos textos franceses más considerables relativos a Tristán se hallan en estado fragmentario; y de otros, hoy perdidos, nos han llegado testimonios cuyo valor y significación ofre­cen dudas, sin contar que tampoco es fácil establecer hasta qué punto las versiones alemanas o noruegas reflejan, ya en parte, ya íntegramente, textos franceses anterio­res.

Dos son los «romans» franceses de Tristán que parcialmente han llegado has­ta nosotros: el de Thomas (concebido en la corte inglesa de los Plantagenet, bajo la influencia de Leonor de Aquitania, here­dera y divulgadora, en Francia y en In­glaterra, de la tradición trovadoresca), com­puesto hacia 1170, del cual poseemos 3.144 versos, no consecutivos, sino por frag­mentos (entre los que por fortuna figura íntegra la parte final, con la catástrofe del tremendo drama); y el de Béroul, unos veinte años posterior, al que faltan el principio y el final. Thomas fue un artista fino y cultivado, buen intérprete de la so­ciedad aristocrática y experto conocedor de la literatura novelesca de gusto clásico: por ello Tristán aparece bajo su pluma como el «cumplido y leal enamorado» de la noción trovadoresca y cortés, y su vida interior está representada y descrita a través de los sutiles y agudos análisis psi­cológicos que habían introducido en la téc­nica narrativa los poetas clérigos del «ro­mán» de Eneas (v. Eneida) y del Román de Tebas (v.).

Sin embargo, Thomas no deja de ser poeta, y tiembla de emoción ante «el drama fatal de las almas invenciblemente enamoradas y combatidas, que no hallarán sosiego más que en la muerte» (Crescini). Béroul, menos culto y más pró­ximo al espíritu y al tono de los cantares de gesta (v. Ciclo corolingio) que a los del «román» cortés, nos dió un Tristán más pri­mitivo, menos refinado y elegante: visto con ojos a menudo crudamente realistas y pintado con colores populares y aun jugla­rescos. Según los críticos, el contenido de la parte perdida del Tristán de Béroul puede reconocerse en la libre refundición que de él hizo un poeta alemán contem­poráneo Eilhart von Oberg; mientras en el Tristán de otro poeta alemán, Gottfried von Strassburg (principios del siglo XIII), se halla, libremente recreada, la materia del Tristán de Thomas; pero precisamente porque no se trata tanto de una traducción como de una interpretación poética, toda tentativa de reconstruir aquellas dos obras a base de refundiciones ulteriores resulta poco convincente.

Un fundamento más se­guro ofrece quizá la versión noruega del monje Roberto (hacia 1226), compilador diligente y nada poeta, y tal vez sean tam­bién útiles las tardías compilaciones en pro­sa, en las que, no obstante, la materia tristaniana aparece, por así decirlo, «trivializada», y Tristán se convierte en un héroe cualquiera del mundo artúrico que, en al­guna de las redacciones, está incluso aso­ciado al motivo de la «búsqueda del Graal» (v. Historia del Graal). Además de los dos «romans» más importantes, Tristán inspiró también algunos relatos o lais en los que se narran episodios de su drama; notable es entre todos el Lai de la madreselva [Lai du chevrefeuille], donde se representa a Tristán, que, separado de su amada, le hace llegar un mensaje grabado en una varita de avellano envuelta en una guirnalda de madreselvas, mensaje que límpidamente traduce la esencia del inquebrantable víncu­lo que ata a los dos amantes: «Ma belle amie, ainsi est de nous: / ni vous sans moi, ni moi sans vous…» [«Amada mía, así so­mos nosotros: / ni yo sin vos, ni vos sin mí»].

También nos han llegado dos redac­ciones distintas de un breve poema sobre la Locura de Tristán, conservadas en dos manuscritos respectivamente en Oxford y en Berna, en la que Tristán, para darse a conocer a Isolda, recuerda las fases y anéc­dotas de su amor con una serie de alusio­nes que en una versión corresponden al relato de Thomas y en la otra al de Béroul. Además de estos textos conservados por lo menos en parte, contamos con el testimonio de Chrétien de Troyes, quien, al principio de su Cliges (v.), al mencionar las obras que ha escrito hasta aquel mo­mento, declara haber compuesto un «ro­man» Du roi Marc et d’Iseut la blonde, acerca del cual los críticos discuten si se trata, verdaderamente, de Tristán e Isolda y, en caso afirmativo, por qué razón Chré­tien no nombra explícitamente a Tristán. También en el Roman de Renart (v.) se alude a otro autor de quien se dice que rimó la historia de Tristán: un tal La Chèvre, de quien no se tiene otra noticia.

Y finalmente, hacia 1300, la materia, al pa­recer, del «roman» de Thomas fue libre­mente refundida y elaborada de nuevo por un anónimo autor inglés, que la convirtió en un poema de tono lírico, Sir Tristrem. Según la crítica de inspiración romántica, todos los textos referidos se remontarían a una Leyenda de Tristán cuyos orígenes — según Gaston París, por ejemplo — de­berían buscarse en la antigüedad celta, y que, sea como fuere, traducirían los íntimos sentimientos de los antiguos pueblos de la Galia; sólo se discutía si los autores de los textos que conocemos habrían o no cono­cido directamente la tradición celta, su­puestamente conservada y difundida por cantores o bardos galeses o bretones, o bien si se habrían inspirado simplemente en un «román» francés algo anterior a los de Thomas y de Béroul.

El autor de este «román» sería aquel mismo Bleri a quien Thomas se refiere explícitamente, y podría también identificarse con el «famosus ille fabulator Bledhericus» citado por Raoul de Cambrai. En todo caso, se admite común­mente la existencia de una Leyenda tristaniana que estaría ya totalmente definida antes de la redacción de los «romans» que han llegado hasta nosotros, y de la que cada uno de ellos reflejaría algunos as­pectos y motivos; de tal modo que, par­tiendo de los textos conservados y reunien­do todas las indicaciones que ofrecen, sería posible reconstruir un «román» unitario de Tristán, como efectivamente lo hizo Joseph Bédier, en cuya obra figuran todos los mo­tivos y todos los temas presentes en los distintos textos conservados. Oigamos aho­ra, en sus líneas principales, la fascinadora historia. Un joven príncipe de Leonois, Tristán, vive en la corte de su tío Mark (v. Marco), rey de Cornualles; y, en un te­rrible combate, vence al feroz Maroldo de Irlanda, a quien debía pagarse anualmente un tributo de inocentes doncellas.

Pero, a consecuencia del combate, Tristán queda incurablemente herido por una flecha en­venenada. Abandona a su tío, y en una nave sin remos ni velas- ni timón es pro­digiosamente llevado a Irlanda, donde Isol­da la Rubia (v.), hermana de Maroldo, ex­perta en artes médicas y mágicas, como lo fuera su madre, logra curar su herida. Tristán regresa entonces a la corte de su tío y hallándose en ella, una golondrina deja caer a los pies de Mark un rubio cabello de mujer. El rey encarga a Tristán que busque a la mujer a quien pertenece aquel dorado cabello, pues quiere hacerla su esposa. Tristán la descubre: no es otra que Isolda la Rubia; y a través de admi­rables hazañas y aventuras, la conquista para su tío, y se la lleva por mar a Cor­nualles.

La madre de Isolda da a ésta un maravilloso filtro mágico para que lo beba juntamente con su esposo: así el amor de ambos durará eternamente. Pero por error de la camarera Brangel (v.) durante la travesía, beben el filtro Isolda y Tristán, y quedan ligados para siempre por una pasión invencible. Se celebran las bodas de Isolda y de Mark, pero Isolda y Tristán, entre angustias y torturas, siguen viviendo su ardiente amor, hasta que el rey lo des­cubre y los expulsa de la corte, e Isolda es abandonada a la triste compañía de unos leprosos, de la que la arranca Tristán. Y ambos viven solitarios en el bosque, y un día Mark los sorprende dormidos, mientras entre los dos yace, en prenda de inocencia y de castidad, la espada de Tristán.

Mark perdona y se lleva consigo a Isolda; Tris­tán, desterrado a Armórica, se casa con la hija del duque, Isolda de las Blancas Ma­nos (v.), que por su nombre y sus rasgos le recuerda a su dulce amiga. Pero preci­samente ese recuerdo le tortura y le man­tiene alejado de su esposa. Gravemente he­rido, envía a buscar a su verdadera ama­da, única que podrá curarle. Si la mujer invocada viene, la nave que la traiga izará velas blancas; de lo contrario, las llevará negras. Aparece en el horizonte la nave, e Isolda de las Blancas Manos, impulsada por los celos, dice a su marido que las velas son negras. Y se apaga el último aliento de vida que Tristán había logrado conservar en su espera, e Isolda la Rubia, al desembarcar, no halla más que un frío cadáver, se tiende a su lado y muere.

Pero precisamente esta recomposición de la le­yenda de Tristán mediante la suma de to­dos los temas que aparecen en las versiones conservadas, demuestra que jamás existió una historia unitaria de Tristán anterior a aquéllos, ni elaborada a través de una secular tradición, ni creada por aquel au­tor genial que hubiera debido ser la fuente de Thomas, de Béroul, de Chrétien y de todos los demás. La historia de Tristán es, por el contrario, la que poco a poco todos ellos han ido creando, reuniendo motivos diversos derivados de distintas fuentes, pe­ro en general de la tradición clásica, todos los novelistas y poetas que durante más de un siglo estuvieron desarrollando y co­loreando una imagen que, en un momento prodigioso, vislumbró la fantasía de un gran poeta.

Pero, como decíamos al prin­cipio, la historia, el complejo «roman» bio­gráfico, no cuenta: nada añade a la imagen primigenia de Tristán arrebatado por el invencible ímpetu de un amor fatal. Es inesencial y accesoria la imagen de Tristán joven (que se identifica con la figura de Teseo, v., en el mito griego, y que, como aquél venció al Minotauro, vence a Ma­roldo), semidiós casi, expresión de una hu­manidad primitiva y heroica, formidable en la guerra y en la caza, pero a la vez dulce cantor y exquisito arpista; inesen­cial y accesoria es también la figuración de Isolda como médico y maga, que a su vez puede remontarse a los mitos griegos de Medea (v.) y de Ariadna; inesencial y acce­soria es la aventura final, con el tema de los celos de Isolda de las Blancas Manos, fácil de referir al mito de Enone seducida por Paris (v.) en la cumbre del Ida, del mismo modo que puede referirse — apenas es necesario decirlo — al mito griego el motivo de las velas blancas y de las velas negras, que los autores franceses tomaron sin duda del comentario de Servio a la Eneida; tampoco es esencial el motivo del «morir juntos», igualmente reducible a un mito clásico, la historia de Píramo y Tisbe (v.), que precisamente por los años en que se creaba el Tristán era traducido de las Metamorfosis (v.) ovidianas y se in­corporaba a un «lai» francés… Todos ellos son temas que los distintos intérpretes aña­den a la primitiva imagen, con el intento de ofrecer una biografía completa del hé­roe que, imaginado por un poeta insigne, había conmovido la fantasía de los hombres del siglo XII.

Y la imagen primitiva es la de Tristán «sorprendido de golpe a lo largo de un camino fulgurante de épicas hazañas por una fuerza poderosísima e insuperable, que lo avasalla y lo secuestra, destrozando inexorablemente su gloria y su vida» (Crescini); la imagen de un Tristán abrumado por un cruel destino, amante a pesar suyo, y a pesar suyo infiel y traidor a quien para él fue más que un padre; la imagen de un Tristán que se casa con la segunda Isolda por amor a la primera y que consume toda su vida en el tormento de una quimera alucinante. ¿Fue tal vez Bildhericus el creador de aquella gran imagen? A. Viscardi