Tirano Banderas

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Ramón María del Valle Inclán (1869-1936). Su figura des­taca espléndidamente sobre el fondo tro­pical de una república sudamericana cual­quiera.

Por las venas de Tirano Banderas corre sangre india. Sus ojos, semejantes a los de un búho, se cubren con gafas oscuras. Mastica coca y la saliva rezuma por las comisuras de sus labios mientras habla. Inteligente, cruel y astuto, mientras juega a la «rana» con sus amigos, se oyen cre­pitar los tiros con que se libera de sus adversarios. No pretende, naturalmente, que todos sean partidarios suyos y aún dice admirar el patriotismo de sus contrarios, a quienes acepta dentro de los límites de la legalidad. Pero en cuanto se salen de ella, por mucho que le duela, tiene que castigarlos. Y pasan noches enteras — di­ce— velando y ayunando. Quisiera retirar­se, pues también tiene sus veleidades lite­rarias y clasicizantes, a algún lugar apar­tado donde no se le impusiera el duro deber de gobernar, «pero mientras no llegue la hora…».

Tirano Banderas es un «déspota ilustrado», y si lo considera necesario dará la razón a una anciana contra un coronel, aun sabiendo que con ello se ha ganado un enemigo. Incluso en una ocasión regala un observatorio astronómico a la ciudad y al país. Ama las artes y la cultura y conoce la historia. Pero no cree en las capacidades del pueblo. «Usted, que es un criollo — dice a un ingenuo interlocutor—, ama a los in­dios; yo, que soy indio, no tengo la menor confianza en la capacidad de mi raza». Sobrio, cruel, astuto, político cuando la po­lítica no le impone ser clemente, Tirano Banderas tiene empero un sentimiento: el amor paterno. Sentimiento tanto más in­tenso y delicado cuanto que su hija es una pobre desequilibrada. Por ella el tirano suspira y lucha.

Cuando la violencia res­ponde a la violencia y Banderas, abando­nado por sus amigos de un tiempo y sitia­do en su propia casa, grita a su hija la des­esperación de sus ambiciones, fracasadas primero por culpa de la enfermedad de aquélla, y luego burladas por la política, sentimos que esas ambiciones, por sí solas, han podido dar sentido a toda la vida del tirano y humanidad a su carácter: «Hija mía, no serás ni la gran señora ni la es­posa que yo hubiera querido… Tengo que matarte, no quiero que después de mi muerte te insulten llamándote hija del mal­dito Banderas». Y la mata — refieren las crónicas —• con quince puñaladas. Exacta­mente como en la historia verdadera hizo otro ambicioso tirano, Lope de Aguirre, el héroe de la aventura de los Marañones.

F. Díaz-Plaja