Tío Vania

[Djddja Vanja]. Héroe del drama de su nombre (v.), de Antón Chejov (Antón Pavlovič Čechov, 1860-1904). En la rica galería de personajes que represen­tan la que se ha dado en llamar «impoten­cia de vivir» pintada por Chejov, tío Vania (o Iván Petrovich Vojnicki) es uno de los más característicos, ya sea porque no llega a una solución violenta como Ivanov en el drama de su nombre (v.) o como Treplev en La gaviota (v.), ya porque, con su re­signación ante una existencia sin interés ni dignidad, que es peor que la muerte, viene a hacer una afirmación de deber mo­ral, que puede también interpretarse como un rayo de luz a través de la obscura mu­ralla de la fatalidad, contra la que en vano disparó simbólicamente su pistoletazo.

Para comprender la génesis de su figura, con­viene recordar que en el drama Liesi, pri­mer esbozo del futuro tío Vania, Chejov hacía que el héroe se suicidase. En el nue­vo drama, si no nos conmueve la fe de tío Vania, nos conmueve al menos la de su sobrina Sonia, como una nueva nota de conciliación, más allá de las vanas ilusio­nes. Tío Vania reivindica su personalidad, aunque tal reivindicación resulte ilusoria, cuando grita a su cuñado, el profesor Serebriakov, por cuya gloria ha trabajado silenciosa y humildemente: «Has arruinado mi vida. Yo no he vivido, no, no he vivido. Por ti he destruido y aniquilado los mejo­res años de mi vida… toda una vida estro­peada. Tenía talento, ingenio y valor. Si hubiese vivido normalmente, tal vez hu­biera llegado a ser un Schopenhauer o un Dostoievski». Y aunque al fin y al cabo se resigne, la resignación no es la nota do­minante del carácter de tío Vania, el cual llegó incluso a concebir la ilusión del amor hacia su cuñada, segunda esposa del pro­fesor.

Su figura es, pues, mucho más com­pleja de lo que cabe bajo la designación «impotencia de vivir»: más compleja porque por una parte responde a los múltiples sentimientos y situaciones de la realidad en general y por otra a las de la vida rusa del período que Chejov pintó mejor que nadie, período de depresión, de desespera­ciones sin horizontes, y sobre todo de as­piraciones y esperanzas contradictorias, en­tre las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del XX.

E. Lo Gatto