Teniente de Buddinge

Personaje có­mico y vivísimo, a pesar de su función aparentemente incidental, de la comedia musical danesa Los vecinos (v.), de Jens Christian Hostrup (1818-1892). El teniente de Buddinge es un moderno «miles gloriosus» (v. Pirgopolinices), que deriva no sólo de Plauto, sino de un personaje incor­porado a la tradición danesa, Jacob von ‘Thyboe de Holberg.

En una escena extra­ordinariamente divertida, comparece por primera vez en una hostería, donde el ma­licioso estudiante Klint le escucha con aire burlón y los dos aprendices del calderero con cierta admiración desconfiada. El te­niente no regatea las exageraciones: ade­más de un guerrero, es un eminente lite­rato; primero afirma que colabora en un diario — «¿Cómo se llama, aquel que sale por la tarde? ¿No es el ‘Aftenposten’?» — (Klint, ex profeso, al interrogarle cambia siempre el nombre del redactor: unas veces en Brun, otras Bjórn, otras Birk, y el te­niente ni siquiera se da cuenta); luego da a entender que, en el fondo, él es quien escribe el diario entero. Luego, relata un hecho de armas que parece entresacado de las aventuras de Münchhausen (v.): «En­tre nosotros y los rusos había un río de cuatro o cinco brazas de anchura, pero yo había enseñado a mis soldados a saltar, y les invité a seguirme.

Nos arrojamos, pues, y yo el primero, pero en el mismo mo­mento salta un oficial ruso desde la ribera opuesta: chocamos en medio de la corrien­te y caemos los dos en el agua. Mis sol­dados, que se hallaban en el aire, chocan del mismo modo con los soldados rusos, y así fila tras fila, hasta que las dos com­pañías, la mía y la rusa, hubieron caído en el río sobre sus oficiales». Intenta con­quistar a la hija del calderero, y Klint organiza contra él una burla colosal. Fi­nalmente, el teniente de Buddinge desapa­rece de la escena corrido y asustado. Su clásico carácter se modifica felizmente gra­cias a su campechanía danesa; su figura, aunque ridícula, acaba siéndonos casi sim­pática, por cuanto es lamentablemente hu­mana en su pobre soberbia. Al fin y al cabo, el teniente de Buddinge es capaz, al final, de reconocer sus errores y poco le falta para que no pida perdón a todos por sus fanfarronadas.

G. Puccini